sábado, 21 de septiembre de 2024

LA COSTURERA GALLEGA

 

Sentada en su banco preferido, frente al puerto bonaerense, Esmeralda —con los ojos entrecerrados—, rememora el capítulo trascendental de su dilatada vida. El instante en que todo cambió. Lo anterior se difuminó sin transición.

Atilio resultó ser un embaucador de verbo fácil. Ella era muy joven, tenía tan poco mundo… Le contaba maravillas de su país. Su mágica labia, aderezada con giros originales, historias inverosímiles y acento meloso —exótico para ella—, desactivaron sus escasas reservas. Cuando descubrió que sólo era un charlatán embustero ya era demasiado tarde.

 

Corría el año cincuenta y dos. Conoció a un marino bien parecido una tarde que estaba paseando con sus amigas por el parque Genovés en Cádiz, su ciudad natal. Las abordó con el pretexto de localizar la dirección de la fonda donde iba a pernoctar. En cuanto trabaron conversación se quedó hechizada.

Mantuvieron una relación de un año, más o menos. Aparecía una vez al mes con permiso de una semana. Con la inestimable complicidad de sus amigas se dedicaba intensamente a disfrutarla junto a él. En su compañía sentía lo más parecido a levitar. La clandestinidad de su relación, el temor a ser descubierta, lejos de frenarla, despertaban en su interior sensaciones estimulantes.

En una de estas visitas —ojerosa y sombría—, lo recibió en su nido de amor. Él se percató de inmediato:

— ¿Qué te pasa, flaca? ¿Acaso tus viejos descubrieron lo nuestro?

—Espero que no, pero ha surgido un grave contratiempo —le contestó—. Estoy embarazada.

— ¿Confirmado?

—Sin duda alguna.

Encajó bien el golpe. Casi no se inmutó. Encendió un pitillo, dio una larga calada y expulsó el humo con sutileza. Se mantuvo pensativo unos minutos y —con semblante tranquilo—, comenzó su perorata:

—Si vienes conmigo a Buenos Aires comenzaremos una nueva vida. Tengo unos ahorros reunidos tras años de sacrificios recorriendo mares y océanos. Mi madre regenta un taller de confección y composturas. Con mi inversión ampliaremos el negocio. Tú serás la coordinadora de todo. Me has referido en varias ocasiones que te encanta el corte y patronaje de prendas de vestir. Podrás poner en práctica tus bocetos. La ciudad se encuentra en plena expansión. Veremos crecer a nuestros hijos. No nos faltará de nada.

  —Atilio, sabes que te amo, que lo dejaría todo por ti, pero en mi situación no veo la forma de llegar hasta allí. Sabes que todavía soy menor de edad. Mis padres se opondrán. El escándalo estallará sin remedio.

—Te diré mi plan, princesa. Si lo sigues, vadearemos todos los obstáculos que ahora te parecen infranqueables. El tiempo apremia, hay que obrar con rapidez y disimulo para que no se huelan nada. El principal escollo es la autorización paterna, pero seguro que te las ingenias para imitar su letra y su firma. Practica un rato hasta que te aproximes al original. En cuanto al precio del pasaje, me has contado que tienes plata ahorrada y mejor ocasión para emplearla no se me ocurre. La mía la reservaremos para establecernos una vez lleguemos a la Argentina. Lo que sucede es que no va a alcanzar para lo que te he comentado. Nos vendría de perlas que hurtaras un pellizco de lo que guardan tus padres.

— Además de abandonar mi hogar y mi familia a traición ¿Pretendes que les robe? Eso ya es demasiado. No puedo hacer lo que me pides. No seré capaz.

— Cariño, tenemos que mirar por nuestro futuro en común. Si quieres que esta historia se perpetúe es la única manera. Tu padre es un comerciante acomodado. No los vas a dejar en la indigencia.

— ¿De cuánto tiempo dispongo?

— En dos días zarpa el trasatlántico donde estoy empleado. Mañana puedes dedicar la jornada a comprar el billete y hacer la maleta. Podemos quedar para que me pases el dinero. Nunca sospecharían de ti, pero si se dieran cuenta de la falta, que no lo encuentren en tu poder. Se iría todo al garete. Tienes que ingeniártelas para dar esquinazo a tus viejos. Abandona la casa treinta minutos antes de la hora, con el máximo sigilo. Cuando subas al barco te acomodas en un sitio discreto. No podemos levantar sospechas hasta que estemos en alta mar. Yo te buscaré. Verás como todo sale según lo planeado. Todos estos sofocos serán compensados por el apasionante porvenir que nos espera. Juntos para siempre. Confía en mí.

Y confió. Siguió sus instrucciones al pie de la letra. Embarcó. Conforme iba pasando el tiempo, la inquietud aumentaba. Su amado no aparecía. Comenzó a pasear por la cubierta a ver si así aliviaba la tensión, buscándolo con la mirada atenta. Ocho horas después de zarpar, hecha un manojo de nervios, se armó de valor y preguntó a un miembro de la tripulación por Atilio Lupo. «No he oído ese nombre en mi vida, señorita», fue su respuesta. El corazón le dio un vuelco. Pasó varias jornadas tendida como una alfombra, sin ánimo de nada. Algunos pasajeros, al verla en semejante estado, la auxiliaron en esos primeros momentos. El bebé que llevaba en sus entrañas le hizo sacar fuerzas de flaqueza. Hasta ella, evocándolo en perspectiva, estaba sorprendida de la determinación con la que actuó.

 

Buenos Aires le había dado todo. Tras unos primeros años caóticos, difíciles y repletos de penurias, consiguió abrirse camino. Primero zurciendo y remendando a domicilio, sin horario. Después haciendo arreglos y vendiendo fornituras. Finalmente logró hacerse con un modesto local en el que despachaba sus propias prendas. Traspasó el negocio cuando llegó la hora de su retiro. A pesar de ser gaditana los porteños la conocían como la costurera gallega.

El mazazo sufrido en su juventud le había vuelto recelosa en el trato con los hombres. Alejó a sus pretendientes con una brusquedad impropia. No quería sufrir más desengaños. Pero cada vez acusaba más la soledad. Su hija Graciela abandonó el nido hacía ya varios años. Vivía en el centro con unas amigas. Se veían los domingos, comían juntas.

Ahora estaba esperando a su amigo Fabio. Parco en palabras, de aspecto bobalicón, un poco patoso bailando, pero galante y de carácter noblote. En su compañía se sentía reconfortada. En ese momento abrió los ojos, lo vio acercarse entre los transeúntes y la invadió un hormigueo placentero, una sensación casi olvidada. Quería vivir con él lo que le quedara de vida. Tras su insistencia, hoy le daría el sí ¿Locura? No lo creía. Era una decisión sopesada. A estas alturas le daba igual la mofa que pudiesen originar dos viejitos enamorados. Después de purgar con creces su error de juventud había aprendido a buscar el lado bueno de las cosas.