Patones
es un pequeño pueblecito de la provincia de Madrid. Está situado entre dos
cordilleras, por lo que al contemplarlo desde la lejanía, da la impresión de
estar en un barranco. A los lados tienen las eras, los olivos, las higueras y
otros árboles; todo en calzadas, pues el terreno es muy desigual. En la parte
baja hay una explanada y en ella la iglesia.
Las casas están construidas con piedra pequeña y oscura. Yo vi una hecha en una roca. La cocina estaba en la entrada, la lumbre frente a la puerta de la calle, el horno a un metro de altura del fuego. Esto era así en todas las casas y cada familia se hacía su pan. A los lados de la cocina tenía un nicho que usaban de dormitorio; vivían en ella el señor Anastasio, ya viejito, con su hija Fermina que estaba viuda y un hijo de esta que se llamaba Ceferino. Tenía nueve años, era monaguillo. No había más luz en la casa que la que entraba por la chimenea y la puerta de la calle. Su propietario era este señor y la hizo él mismo.
Frente
a esta casa, más bien gruta, tenían los lavaderos; dos pilas de piedra muy
grandes a las que iban a parar las aguas de un arroyo que bajaba de la sierra
y allí lavaban la ropa las mujeres de
este lugar. La salida del pueblo era muy incómoda, el piso estaba lleno de
guijarros y se caminaba muy mal por él, pero pasado esto, tiene una vega en la
que estás las huertas que riegan con agua del canal de Isabel II que pasa por
allí. Las tierras de labor, donde siembran los cereales están a seis kilómetros
del pueblo. Allí iban a recoger la cosecha que traían en burros para trillar en
las eras que tenían en el pueblo.
Tuve
una amiga que se llamaba Aurelia, tenía quince años como yo, era la hija del
alcalde. Por las tardes iba a buscarme y me marchaba con ella a echar de comer
a los corderillos que, porque eran muy pequeños, no salían con las madres al
campo. Los tenían en unas naves que llamaban “tinaos”, próximas al pueblo.
Celebran
la fiesta principal el 2 de febrero, día de la Candelaria , que es su
patrona. Con este motivo conocí a la gente del pueblo, porque a diario no veía
mas que a los niños que iban a la escuela; los demás, lo mismo hombres que
mujeres, cuando nosotros nos levantábamos ya se habían marchado al campo y
regresaban de noche. Ese día, como era fiesta no trabajaron y nos vimos en la
parroquia. Hubo misa y procesión. Después, los jóvenes salieron por las calles
cantando y bailando al compás de una guitarra.
Yo
fui a este pueblo porque mis tíos Pablo y Aurora vivían allí. Él era maestro y
ejercía en aquella escuela. Tuvieron un niño y fui a asistir a mi tía. Las
gentes se portaban muy bien con nosotros. El día de la fiesta visitamos a unas
cuantas familias; hacían unas tortas muy ricas y nos invitaron a comerlas.
También ese día inauguraron la luz eléctrica, pues no tenían.
La
casa de la escuela, donde mis tíos vivían, estaba en la parte alta del pueblo,
aún existe, pues la he visto por televisión. A la entrada hay una explanada
sostenida por un pequeño mazo de piedra. Es tanta la pendiente en que está el
pueblo, que en algunas calles se puede tocar con las manos el tejado de las
casas. La fachada tiene dos puertas, una es la escuela, la otra es la vivienda
con una ventana a cada lado. Dentro hay portal, cocina, comedor y dos
dormitorios.
No
había de nada, ni tiendas, ni servicios de ninguna clase, cada cual se las
tenía que arreglar como podía. Si necesitaban médico tenían que ir a buscar a
un pueblo próximo que se llama Uceda. Donde más iban era a Torrelaguna, que
está a tres kilómetros. Había mujeres que llevaban leña a vender y al regreso
se traían comestibles para ellas y para quien se los encargara. Total, que a
diario no se encontraba allí mas que al señor cura y al maestro.
Vi
algo que me gustó mucho. A tres kilómetros del pueblo está el salto de aguas
del pantano, que surtía de agua por medio del canal de Isabel II a Madrid. Nos
fuimos un buen día de sol de mediados de febrero montados en burro, mi tío, el
señor Anastasio, mi amiga Aurelia y yo. Lo pasamos muy bien. Un chorro de agua
que rebosaba, y caían las aguas al río Lozoya, que al dar sobre los riscos que
había abajo y lucir el arco iris a todo lo ancho del río, era un espectáculo
digno de verse. A un kilómetro de aquí estaba el límite de provincias entre
Madrid y Guadalajara, que dividen estos dos ríos. Hay un puente con dos ojos:
Por uno pasa el Lozoya, por el otro el Jarama; allí se unen y entran juntos en
la provincia de Madrid.
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| 1926 (Ángeles en brazos de su padre, Manuel Moreno Ambós con su madre y hermanos) |
Hacía
mucho frío en este pueblo, en el tiempo que estuve yo allí nevó muchas veces.
El piso de las calles era de arcillones muy duros y desiguales, se caminaba con
dificultad. Ahora le tienen como museo. Construyeron otro en la parte baja del
pueblo y allí se trasladaron.
Este
fue mi viaje a Patones.
Sagrario
Pedraza Silván (9-09-1989)


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