miércoles, 22 de julio de 2020

MI VIAJE A PATONES


Patones es un pequeño pueblecito de la provincia de Madrid. Está situado entre dos cordilleras, por lo que al contemplarlo desde la lejanía, da la impresión de estar en un barranco. A los lados tienen las eras, los olivos, las higueras y otros árboles; todo en calzadas, pues el terreno es muy desigual. En la parte baja hay una explanada y en ella la iglesia.


Las casas están construidas con piedra pequeña y oscura. Yo vi una hecha en una roca. La cocina estaba en la entrada, la lumbre frente a la puerta de la calle, el horno a un metro de altura del fuego. Esto era así en todas las casas y cada familia se hacía su pan. A los lados de la cocina tenía un nicho que usaban de dormitorio; vivían en ella el señor Anastasio, ya viejito, con su hija Fermina que estaba viuda y un hijo de esta que se llamaba Ceferino. Tenía nueve años, era monaguillo. No había más luz en la casa que la que entraba por la chimenea y la puerta de la calle. Su propietario era este señor y la hizo él mismo.
Frente a esta casa, más bien gruta, tenían los lavaderos; dos pilas de piedra muy grandes a las que iban a parar las aguas de un arroyo que bajaba de la sierra y  allí lavaban la ropa las mujeres de este lugar. La salida del pueblo era muy incómoda, el piso estaba lleno de guijarros y se caminaba muy mal por él, pero pasado esto, tiene una vega en la que estás las huertas que riegan con agua del canal de Isabel II que pasa por allí. Las tierras de labor, donde siembran los cereales están a seis kilómetros del pueblo. Allí iban a recoger la cosecha que traían en burros para trillar en las eras que tenían en el pueblo.

Tuve una amiga que se llamaba Aurelia, tenía quince años como yo, era la hija del alcalde. Por las tardes iba a buscarme y me marchaba con ella a echar de comer a los corderillos que, porque eran muy pequeños, no salían con las madres al campo. Los tenían en unas naves que llamaban “tinaos”, próximas al pueblo.

Celebran la fiesta principal el 2 de febrero, día de la Candelaria, que es su patrona. Con este motivo conocí a la gente del pueblo, porque a diario no veía mas que a los niños que iban a la escuela; los demás, lo mismo hombres que mujeres, cuando nosotros nos levantábamos ya se habían marchado al campo y regresaban de noche. Ese día, como era fiesta no trabajaron y nos vimos en la parroquia. Hubo misa y procesión. Después, los jóvenes salieron por las calles cantando y bailando al compás de una guitarra.

Yo fui a este pueblo porque mis tíos Pablo y Aurora vivían allí. Él era maestro y ejercía en aquella escuela. Tuvieron un niño y fui a asistir a mi tía. Las gentes se portaban muy bien con nosotros. El día de la fiesta visitamos a unas cuantas familias; hacían unas tortas muy ricas y nos invitaron a comerlas. También ese día inauguraron la luz eléctrica, pues no tenían.

La casa de la escuela, donde mis tíos vivían, estaba en la parte alta del pueblo, aún existe, pues la he visto por televisión. A la entrada hay una explanada sostenida por un pequeño mazo de piedra. Es tanta la pendiente en que está el pueblo, que en algunas calles se puede tocar con las manos el tejado de las casas. La fachada tiene dos puertas, una es la escuela, la otra es la vivienda con una ventana a cada lado. Dentro hay portal, cocina, comedor y dos dormitorios.

No había de nada, ni tiendas, ni servicios de ninguna clase, cada cual se las tenía que arreglar como podía. Si necesitaban médico tenían que ir a buscar a un pueblo próximo que se llama Uceda. Donde más iban era a Torrelaguna, que está a tres kilómetros. Había mujeres que llevaban leña a vender y al regreso se traían comestibles para ellas y para quien se los encargara. Total, que a diario no se encontraba allí mas que al señor cura y al maestro.

Vi algo que me gustó mucho. A tres kilómetros del pueblo está el salto de aguas del pantano, que surtía de agua por medio del canal de Isabel II a Madrid. Nos fuimos un buen día de sol de mediados de febrero montados en burro, mi tío, el señor Anastasio, mi amiga Aurelia y yo. Lo pasamos muy bien. Un chorro de agua que rebosaba, y caían las aguas al río Lozoya, que al dar sobre los riscos que había abajo y lucir el arco iris a todo lo ancho del río, era un espectáculo digno de verse. A un kilómetro de aquí estaba el límite de provincias entre Madrid y Guadalajara, que dividen estos dos ríos. Hay un puente con dos ojos: Por uno pasa el Lozoya, por el otro el Jarama; allí se unen y entran juntos en la provincia de Madrid.


Ángeles
1926 (Ángeles en brazos de su padre, Manuel Moreno Ambós con su madre y hermanos)
El niño que tuvo mi tía Aurora se le puso por nombre Julián, le bautizó D. Baldomero, cura párroco del pueblo y yo fui su madrina. También tenía otra niña que se llama Pilar. Fui a este pueblo el doce de enero de 1924 y regresé a casa el 24 de febrero. Encontré la novedad de que mi tía Felisa, otra hermana de mi madre, dos días antes de llegar yo, dio a luz una niña. Una primita más, que se llama Ángeles.

Hacía mucho frío en este pueblo, en el tiempo que estuve yo allí nevó muchas veces. El piso de las calles era de arcillones muy duros y desiguales, se caminaba con dificultad. Ahora le tienen como museo. Construyeron otro en la parte baja del pueblo y allí se trasladaron.

Este fue mi viaje a Patones.

Sagrario Pedraza Silván (9-09-1989)

21-02-2024 (Ángeles cumple cien años)



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