martes, 19 de noviembre de 2024

EL HIJO DEL PIELERO (Capítulo 7 - Madrid)

 

Me dio la noticia mi madre. Estaba en el patio, a primeros de septiembre de mil novecientos ochenta y cuatro, cuando mi padre y yo entramos por la puerta falsa para hacer el descanso de la comida.

La verdad, ya estaba resignado a mi suerte y esta, en el fondo, no me parecía tan mala. «Compra venta menor de pieles sin curtir» eso era lo que rezaba en la licencia fiscal, eso era lo que había mamado desde que tenía uso de razón y en los últimos años le había cogido el tranquillo. He de reconocer que había una cosa en la que estaba más verde que los lirios. En los tratos siempre he sido un desastre, se me da mal el regateo, «los faroles para la noche», como decía Emilio, el matarife. Yo, ni por la noche ni por el día, se me ve venir de lejos. Hay verdaderos maestros que ponen cara de póker y nunca sabes sus verdaderas intenciones. Lo malo es que era una parte primordial en el oficio. La gente cuando te veía dubitativo o apurado no tenía compasión. La idiosincrasia de cada uno es difícil de modificar y, aunque mi padre se desgañitaba conmigo, en esa parcela avanzaba más bien poco.

Además, teníamos cierto paralelismo con los agricultores, dependíamos mucho de los caprichos del cielo. En invierno, cuando más pieles teníamos almacenadas, sobre todo en época navideña, si el ambiente estaba húmedo, se estropeaban. Pasaba como con la ropa, no se secaban, se les pudría el casco y había que tirarlas o, en el mejor de los casos, venderlas a precios ínfimos. Y en verano había que tener mucho cuidado con las polillas. Una vez secas, había que apilarlas por capas y echarles unos puñados de naftalina en polvo. Si las pieles se apolillaban, echabas por tierra todo el trabajo. Lo de la naftalina era un coñazo. Venía en sacos, compactada. Se trataba de machacarla con una piedra contra el suelo, dejarla lo más molida posible. Acababas dolorido en la palma de la mano, en la muñeca y en las rodillas. Aparte de que, si te tocabas inconscientemente en la ceja o en los párpados para quitarte el sudor, aunque fuera superficialmente, picaba a rabiar.

Mi madre había recibido una llamada de la secretaría de la universidad que anunció que yo había aprobado el examen de acceso a magisterio. Suspendí selectividad y esto, que era más complicado, porque nos presentábamos un montón de aspirantes en relación con las pocas plazas ofertadas, lo había aprobado. Entonces, para cursar ciertas diplomaturas, no se exigía superar la selectividad, pero sí pasar unas pruebas de ingreso. La novedad me dejó sorprendido, no me lo esperaba, aparte de que tampoco soy muy elocuente en exteriorizar mis reacciones, ni para lo bueno ni para lo malo. Comimos en silencio, roto por mi padre a los postres:

 —Hortensia, me parece que esto ya es pasarse de castaño oscuro, me tienes engañado desde el primer día.

  —¿A qué te refieres?

  —Demasiado lo sabes, pero tú callas y obras. Dejé que fuera al instituto, que saliera del pueblo, aunque fuese para el día, en contra de mi voluntad. Se puede ganar el pan de sobra en el negocio o ¿es que todos tienen que ser ingenieros? Me dijiste que un año sólo para probar, que se relacionara con otra gente. Al año siguiente me contaste que el bachiller era necesario para casi todo, el saber no ocupa lugar y nunca se sabe lo que puede pasar. Me he tenido que apañar sólo todos estos años y ahora soy el último en enterarme de que se había presentado a un examen para maestro. ¿Qué necesidad hay? ¿Por qué me ocultáis las cosas?

 —¿Para qué te lo íbamos a decir si era muy complicado de superar? ¿Para que te llevases

Libro de COU

un sofoco gratuito? Ahora resulta que ha aprobado. Al final va a valer para estudiar, tú que decías que no.

  —Pues claro que no. En las cuentas le doy mil vueltas y eso que fui poco a la escuela. La letruja que se gasta no hay quien la entienda. No sé qué les enseñan ahora. La vida les viene grande, pero aquí se va a quedar y yo le haré un pielero en condiciones, que pueda vivir del oficio y pueda sacar adelante a su familia, como yo, mi padre y el padre de mi padre.

—Los tiempos cambian, Domingo, y hay ciertos oficios que van a desaparecer más pronto que tarde, pero desengáñate por ti mismo.

A menudo recuerdo esta conversación, antesala de mi marcha a Madrid. Al final, mi madre ganó el pulso y le tengo que estar agradecido.

 

Apuré en el pueblo el mes de septiembre. Me fui a matricular a finales y en octubre comencé la carrera. La ciudad me resultó inabarcable, laberíntica, bulliciosa. Me estresaba sólo con observar cómo correteaban los transeúntes, con una prisa inusitada porque perdían el metro, el autobús o, simplemente, porque la rutina incitaba a ir de un lado para otro a paso vivo. Para mí supuso un gran cambio, acostumbrado a la vida pausada del pueblo. Vivíamos en un piso de estudiantes en el barrio de Orcasitas. Era de unos tíos míos que trabajaban fuera y nos dejaban el uso y disfrute a los sobrinos que emigrábamos a la gran urbe. Estaba situado justo encima del cruce de la avenida de los Poblados con la carretera de Villaverde. Cuando empezaba el buen tiempo era imposible conciliar el sueño. Abríamos las ventanas y el ruido del tráfico nos desvelaba, por lo menos en los primeros meses, después se acostumbra uno, como a casi todo.

Estaba en el piso once, la torre más alta de los contornos. Desde su terraza acristalada se divisaba el hospital Doce de Octubre, el colegio Ciudad de Jaén y el de sordomudos Ponce de León. Era curiosa cuando se juntaban en la bodega de los bajos a tomar algo, regentada precisamente por otro sordomudo, la escandalera que formaban. Ellos no se oían, tenían el volumen al máximo, acompañando a su lenguaje de signos. Si seguías el giro hacia el lado derecho, se avistaban solares con manchas negruzcas, herederas de aceites de motor, que evidenciaban que poco tiempo antes había sido zona de desguaces. La gran nave de productos Nido (cortinas, alfombras, edredones…) completaba la estampa.

Otra cosa que me llamaba la atención, cuando me quedaba a estudiar, aprovechando el silencio de la noche porque tenía la sensación de que mi rendimiento aumentaba, era que el tráfico en la carretera de Andalucía no paraba, aunque fuesen las tres o las cuatro de la madrugaba. A esas intempestivas horas disminuía, pero siempre circulaba algún vehículo, sobre todo camiones, «La ciudad que nunca duerme» había oído decir de Nueva York en algunas películas, pues a mí me pareció que Madrid tampoco dormía.            


Había quedado con los compañeros de instituto en la Mallorquina, pastelería centenaria, de la que era la primera vez que oía el nombre. Estaba situada en la Puerta del Sol, centro neurálgico de «las Españas». No era un lugar original para citarse, por lo que deduje después. «No tiene pérdida», me dijo mi primo Jacobo: «Cruzas la carretera de Andalucía por encima, utilizando el puente peatonal, y coges cualquier autobús que pase. Te apeas en Legazpi, pillas el metro y te bajas en Sol, salida Mayor». Ascendía las escaleras que llevaban al exterior más encogido que un gazapo. Al fin, percibí claridad, luz natural, pero no distinguía a mis amigos entre la gente que divisaba al asomar y eso, por mi bisoñez capitalina, me ponía nervioso. Hasta que oí una voz familiar. Estaban todos apoyados en la barandilla, viéndome las espaldas conforme iba saliendo.


Había sido el último en llegar. Se desató la algarabía, pues no nos habíamos visto en todo el verano. Cada uno quería contar su aterrizaje en la capital y los estudios elegidos. Era un salto exponencial en nuestras vidas. La universidad imponía y vivir fuera de nuestro hogar familiar por primera vez, más aún. Hicimos la típica ruta, dirigiéndonos a la plaza Mayor por la calle Postas y parando a comernos un bocata de calamares en La Campana. Estaba más despistado que una cabra en un garaje, pero me sentía arropado por el grupo. De vez en cuando, pensaba en la vuelta, qué tal me las compondría, sin embargo, «ya cruzaremos ese puente cuando lleguemos a ese río», medité mientras deglutía el grasiento bocadillo.

No sé quién fue el que cayó en la cuenta, pero la verdad es que de los bares salía griterío y alboroto y todos miraban hacia el televisor. Estaban retransmitiendo el partido España-Malta, clasificatorio para la Eurocopa de Francia. Aunque la mayoría éramos futboleros, no teníamos gran interés en ver el partido porque había que meter un chorro de goles para clasificarnos y encima, según nos dijo mi amiga Rocío, que entró un momento en el bar El Pulpito, en la plaza Mayor, íbamos perdiendo.

Así que continuamos nuestra ruta por la zona. Lo más típico de la capital y que yo desconocía por completo. Había venido a veces para el día, por temas médicos o a visitar algún familiar, pero, como siempre que voy acompañado, no me fijo en nada y mi sentido de la orientación es pésimo. No retengo localizaciones y si me preguntan cómo se va a un sitio, aunque haya estado en él esa misma tarde, soy incapaz de indicarlo. Habría estado por allí, pero lo recordaba muy vagamente.

Hicimos parada en alguno de los mesones típicos de la calle Cuchilleros, visitamos Puerta Cerrada, la calle del Codo y la Plaza de la Villa. Yo iba como un corderito al que tirasen del ramal, integrado en el grupo y con cuidado de no despistarme. Llegamos al Mercado de San Miguel y entramos en un bar que hay enfrente a tomar unas cañas, Cerveriz creo que se llamaba. Había mucha gente viendo el partido y nos comentaron que la cosa había cambiado radicalmente en el segundo tiempo y que España iba ganando por siete a uno. Como ellos marcaron un gol, necesitábamos llegar a doce. Misión que se antojaba casi imposible de todas formas.

A José Ángel se le despertó el gusanillo, le entró interés repentino y propuso que nos quedásemos a verlo hasta el final al abrigo de unas cañas. Tras unos tira y afloja nos quedamos sólo los chicos. Eso me causó desazón, porque sabía que ellas estaban pendientes de mí, se ponían en mi lugar, pero los efluvios alcohólicos hicieron que la preocupación pasase a segundo plano. Decidí quedarme y, cuando la selección consiguió la proeza, nos reenganchamos aún más presa del entusiasmo y fervor popular que envolvía la noche madrileña. Continuamos en el local, tomando rondas, cada vez más alegres y achispados hasta que, a pesar de tener la mente nublada, se me encendió una lucecita y recordé que necesitaba coger un autobús para llegar hasta el piso y los últimos salían a las once y media. Abandoné a mis compañeros, que no lo encajaron muy bien. «Rajao, que eres un rajao». Había oído a mi primo decir que el autobús veintitrés, que me dejaba relativamente cerca, en el barrio de San Fermín, tenía la primera parada próxima a donde nos encontrábamos. Pregunté a un quiosquero, hablándole con la lengua gorda y me encaminé a la parada de la calle de Toledo con la cabeza cargada y el cuerpo zigzagueando.


No recuerdo cuándo, pero debió de ser al poco de sentarme en el autobús, me quedé profundamente dormido. Al abrir los ojos, el conductor me estaba zarandeando de mala manera e informándome a voces que habíamos llegado al final de parada y que me fuera a mi casa a dormir la mona. «Qué tipejo más desagradable», pensé y me bajé en cuanto recuperé un poco la consciencia.

Comencé a tiritar, era noche cerrada y el frío iba a más. No sabía dónde estaba. Se veían luces a cien metros, pero allí solo había una farola que iluminaba la parada y cuando me dirigí hacía la civilización, casi en tinieblas, sentí como las suelas de mis zapatos se llenaban de un barro pegajoso que aumentaba con la marcha.

Recorrí un periplo andando por una carretera, pasé por debajo de algunos puentes, hasta que, cuando más desesperado estaba, vi acercarse a un taxi libre. Le hice la seña y paró. Respiré. No tenía para pagarle, así que le di referencias de mi dirección, pues no sabía el número y calle exactos y, cuando llegamos, se quedó esperándome con mi carné de identidad hasta que le llevase el dinero. Oí a mis espaldas sus voces amortiguadas cuando me alejaba del vehículo. Intuí que había encendido la luz interior y montó en cólera al comprobar que le había puesto el coche perdido de lodo. Tuve que llamar a casa y decirle a mi prima Elena, que fue la que me descolgó el telefonillo, que bajase con dinero para pagar el taxi.  Por la voz, deduje que la había sacado de la cama.

Después de esto, me quité los zapatos y eliminé todo el barro que pude, restregando contra las aceras. Ella me miraba extrañada, pero a mí no me apetecía nada dar explicaciones, así que subimos en silencio y me tiré encima de la cama, porque estaba reventado. Me despertó un olor agrio y pestilente. Había vomitado. Mi cabeza estaba a punto de reventar. Resacón inmenso y vergüenza absoluta. Metí las sábanas en la lavadora y la puse. Sentía puñaladas en las sienes. Hecho unos zorros, hice la cama con sábanas limpias y estuve durmiendo hasta mediodía. Pospuse la matrícula en la Escuela Universitaria para el día siguiente.

 

Meses después, una madrugada de las que me quedaba a estudiar, en un receso, me acerqué a la terraza acristalada. Me gustaba estar un rato contemplando las luces de la ciudad, los altos edificios, la tranquilidad que desprendía la estampa después del jaleo del tráfico y el hormiguero que formaban los transeúntes durante el día. Su visión panorámica me relajaba. Pero en aquella ocasión fue distinto, muy fuerte. Desde allí arriba contemplé el asesinato que trastocó mi vida. Aunque siempre me lo he guardado, aún hoy me sigue atormentando de manera periódica no haber colaborado con la policía. Me quedé en shock. «Poco podía esclarecer mi declaración y muchos eran los problemas que me podía acarrear», me autoconvencí. Debería haberles llamado, pero no lo hice y, conforme iban pasando los minutos y las horas, más temor me producía descolgar el teléfono. Al principio, no sabía lo que pasaba ahí abajo, sin embargo, se me hizo raro que hubiese un grupo haciendo corro a esas horas. Afiné la vista. Por la noche era complicado distinguir, pero había una farola en las proximidades. Me quedé helado cuando bajaron a un individuo maniatado de la caja de un camión isotermo. Lo hicieron dos hombres, cada uno lo agarraba de un brazo. Arrastraba los pies. Lo lanzaron contra la reja del colegio y quedó en el suelo, hecho un ovillo. No se movió. El que dirigía las operaciones tenía algo agarrado en la mano, el filo de la hoja brilló al sacarlo de la funda, parecía un machete. Se colocó al lado del yacente, se dobló sobre la cintura y le asestó ocho o diez puñaladas. Se metieron todos en dos vehículos aparcados al lado y salieron zumbando. Allí quedó el cuerpo del infeliz, en medio de un charco de sangre. Me retiré de la terraza lleno de estupor. Entré en el salón y agarré con fuerza los bordes de la mesa camilla. Después, me dejé caer en el sofá. Mi cabeza daba vueltas sin tregua, me empezó a doler y, poco a poco, se me hizo casi insoportable. Tiritaba, las sienes se me llenaron de sudor y al final me quedé dormido.


Por la mañana, cuando abrí los ojos, pensé que todo había sido un sueño, pero, al acercarme otra vez a la terraza, vi un coche de la policía con dos agentes vigilando. La mancha se distinguía perfectamente. Aunque la habían limpiado, por tratarse de una zona terrera, al secarse se seguía distinguiendo el sombreado, y más con la visión cenital de la que disponía. El camión ya no estaba. Salió en las noticias regionales de Madrid de Televisión Española a mediodía. Lo despacharon con un lacónico «ajuste de cuentas». Por lo visto el muerto pertenecía al clan de los Garabitos que vivían al lado, en el Rancho del Cordobés, un poblado marginal. Se dedicaban a la compraventa de heroína, caballo, como se llamaba coloquialmente. Los asesinos debían ser de otro clan, les habrían pisado alguna venta o escamoteado alguna entrega, vete tú a saber. Todavía no los habían cogido, pero se notó movimiento en la zona aquellos días. La policía, por un lado, preguntaba a los vecinos que si habían visto algo y algunos individuos de etnia gitana por otro, hacían sus pesquisas y amenazaban a grandes voces a no se sabía quién. La droga hizo verdaderos estragos y no era raro encontrarte a algún zombi por la calle o en el autobús, a veces con el mono que les producía la abstinencia. Mis primas, como todo el vecindario, estaban sobrecogidas por el suceso, pero eché el cerrojo y no comenté nada.

Tan impactado quedé con el episodio, que me dio por investigar sobre los clanes de drogas, sin decir nada a nadie, por supuesto. Ese maldito hermetismo que me ha hecho tanto daño. Estar sólo estando acompañado. El problema estribaba en el reparto en la zona sur de Madrid. Aunque entonces era complicado, no existía Google, tuve que tirar de hemeroteca y estudiar las noticias que sobre el particular se habían publicado en la prensa durante los últimos años. Existía una rivalidad que no se detenía ante nada, entre el clan de los Garabitos y el de los Sacabuches. Los cabecillas eran muy astutos, estaban bien asesorados y, aunque la policía los llegó a acorralar en múltiples ocasiones, no logró alcanzar a la cúspide y asestar el golpe definitivo.

Se veían coches de alta gama por la zona, gente que ofrecía el producto a la luz del día y sin ningún tipo de miramientos. Las drogas de la época eran la heroína o caballo, la cocaína y el cannabis, también el alcohol, aunque no se lo haya considerado nunca así. El autoconsumo, como tal, no fue el mayor de los problemas. Surgió una cadena de la que era muy difícil salir. Al principio, algunos lo tomaban como un juego, después les producía dependencia y, al final, se metían en el mercado ilegal de las drogas del que era casi imposible salir. La droga era muy cara y la adicción superaba los límites que llevaban a delinquir. Era una línea casi inapreciable la que separaba a las drogas de la delincuencia y, aunque al principio se cometían delitos menores, luego estos se convertían en robos con intimidación o incluso en atracos con violencia. Fue muy sonado en esa época el asesinato de un joyero a manos de un chaval de poco más de veinte años, que había sido vecino suyo desde pequeño. Quiso convencer al niño que había visto crecer en el barrio y quitarle el arma, que temblaba ostentosamente en sus manos. En ese momento disparó y se lo llevó por delante.

Las familias, generalmente emigrantes de clase trabajadora, que habían venido a Madrid

en busca de fortuna, vivieron la peor de las pesadillas. Después de toda una vida de trabajo y sacrificio, perdían a sus hijos en plena juventud, bien en accidentes fatales ocurridos durante sus fechorías o convertidos en muertos vivientes durante años que acababan en tratamientos con metadona en el mejor de los casos. Se puede hablar también de la aparición del SIDA por la transmisión de la enfermedad entre los heroinómanos al usar jeringuillas y pasárselas de unos a otros. Los clanes se aprovechaban de la debilidad, tenían sus cadenas de distribución y no permitían intrusiones que pusiesen en peligro el monopolio. 

sábado, 21 de septiembre de 2024

LA COSTURERA GALLEGA

 

Sentada en su banco preferido, frente al puerto bonaerense, Esmeralda —con los ojos entrecerrados—, rememora el capítulo trascendental de su dilatada vida. El instante en que todo cambió. Lo anterior se difuminó sin transición.

Atilio resultó ser un embaucador de verbo fácil. Ella era muy joven, tenía tan poco mundo… Le contaba maravillas de su país. Su mágica labia, aderezada con giros originales, historias inverosímiles y acento meloso —exótico para ella—, desactivaron sus escasas reservas. Cuando descubrió que sólo era un charlatán embustero ya era demasiado tarde.

 

Corría el año cincuenta y dos. Conoció a un marino bien parecido una tarde que estaba paseando con sus amigas por el parque Genovés en Cádiz, su ciudad natal. Las abordó con el pretexto de localizar la dirección de la fonda donde iba a pernoctar. En cuanto trabaron conversación se quedó hechizada.

Mantuvieron una relación de un año, más o menos. Aparecía una vez al mes con permiso de una semana. Con la inestimable complicidad de sus amigas se dedicaba intensamente a disfrutarla junto a él. En su compañía sentía lo más parecido a levitar. La clandestinidad de su relación, el temor a ser descubierta, lejos de frenarla, despertaban en su interior sensaciones estimulantes.

En una de estas visitas —ojerosa y sombría—, lo recibió en su nido de amor. Él se percató de inmediato:

— ¿Qué te pasa, flaca? ¿Acaso tus viejos descubrieron lo nuestro?

—Espero que no, pero ha surgido un grave contratiempo —le contestó—. Estoy embarazada.

— ¿Confirmado?

—Sin duda alguna.

Encajó bien el golpe. Casi no se inmutó. Encendió un pitillo, dio una larga calada y expulsó el humo con sutileza. Se mantuvo pensativo unos minutos y —con semblante tranquilo—, comenzó su perorata:

—Si vienes conmigo a Buenos Aires comenzaremos una nueva vida. Tengo unos ahorros reunidos tras años de sacrificios recorriendo mares y océanos. Mi madre regenta un taller de confección y composturas. Con mi inversión ampliaremos el negocio. Tú serás la coordinadora de todo. Me has referido en varias ocasiones que te encanta el corte y patronaje de prendas de vestir. Podrás poner en práctica tus bocetos. La ciudad se encuentra en plena expansión. Veremos crecer a nuestros hijos. No nos faltará de nada.

  —Atilio, sabes que te amo, que lo dejaría todo por ti, pero en mi situación no veo la forma de llegar hasta allí. Sabes que todavía soy menor de edad. Mis padres se opondrán. El escándalo estallará sin remedio.

—Te diré mi plan, princesa. Si lo sigues, vadearemos todos los obstáculos que ahora te parecen infranqueables. El tiempo apremia, hay que obrar con rapidez y disimulo para que no se huelan nada. El principal escollo es la autorización paterna, pero seguro que te las ingenias para imitar su letra y su firma. Practica un rato hasta que te aproximes al original. En cuanto al precio del pasaje, me has contado que tienes plata ahorrada y mejor ocasión para emplearla no se me ocurre. La mía la reservaremos para establecernos una vez lleguemos a la Argentina. Lo que sucede es que no va a alcanzar para lo que te he comentado. Nos vendría de perlas que hurtaras un pellizco de lo que guardan tus padres.

— Además de abandonar mi hogar y mi familia a traición ¿Pretendes que les robe? Eso ya es demasiado. No puedo hacer lo que me pides. No seré capaz.

— Cariño, tenemos que mirar por nuestro futuro en común. Si quieres que esta historia se perpetúe es la única manera. Tu padre es un comerciante acomodado. No los vas a dejar en la indigencia.

— ¿De cuánto tiempo dispongo?

— En dos días zarpa el trasatlántico donde estoy empleado. Mañana puedes dedicar la jornada a comprar el billete y hacer la maleta. Podemos quedar para que me pases el dinero. Nunca sospecharían de ti, pero si se dieran cuenta de la falta, que no lo encuentren en tu poder. Se iría todo al garete. Tienes que ingeniártelas para dar esquinazo a tus viejos. Abandona la casa treinta minutos antes de la hora, con el máximo sigilo. Cuando subas al barco te acomodas en un sitio discreto. No podemos levantar sospechas hasta que estemos en alta mar. Yo te buscaré. Verás como todo sale según lo planeado. Todos estos sofocos serán compensados por el apasionante porvenir que nos espera. Juntos para siempre. Confía en mí.

Y confió. Siguió sus instrucciones al pie de la letra. Embarcó. Conforme iba pasando el tiempo, la inquietud aumentaba. Su amado no aparecía. Comenzó a pasear por la cubierta a ver si así aliviaba la tensión, buscándolo con la mirada atenta. Ocho horas después de zarpar, hecha un manojo de nervios, se armó de valor y preguntó a un miembro de la tripulación por Atilio Lupo. «No he oído ese nombre en mi vida, señorita», fue su respuesta. El corazón le dio un vuelco. Pasó varias jornadas tendida como una alfombra, sin ánimo de nada. Algunos pasajeros, al verla en semejante estado, la auxiliaron en esos primeros momentos. El bebé que llevaba en sus entrañas le hizo sacar fuerzas de flaqueza. Hasta ella, evocándolo en perspectiva, estaba sorprendida de la determinación con la que actuó.

 

Buenos Aires le había dado todo. Tras unos primeros años caóticos, difíciles y repletos de penurias, consiguió abrirse camino. Primero zurciendo y remendando a domicilio, sin horario. Después haciendo arreglos y vendiendo fornituras. Finalmente logró hacerse con un modesto local en el que despachaba sus propias prendas. Traspasó el negocio cuando llegó la hora de su retiro. A pesar de ser gaditana los porteños la conocían como la costurera gallega.

El mazazo sufrido en su juventud le había vuelto recelosa en el trato con los hombres. Alejó a sus pretendientes con una brusquedad impropia. No quería sufrir más desengaños. Pero cada vez acusaba más la soledad. Su hija Graciela abandonó el nido hacía ya varios años. Vivía en el centro con unas amigas. Se veían los domingos, comían juntas.

Ahora estaba esperando a su amigo Fabio. Parco en palabras, de aspecto bobalicón, un poco patoso bailando, pero galante y de carácter noblote. En su compañía se sentía reconfortada. En ese momento abrió los ojos, lo vio acercarse entre los transeúntes y la invadió un hormigueo placentero, una sensación casi olvidada. Quería vivir con él lo que le quedara de vida. Tras su insistencia, hoy le daría el sí ¿Locura? No lo creía. Era una decisión sopesada. A estas alturas le daba igual la mofa que pudiesen originar dos viejitos enamorados. Después de purgar con creces su error de juventud había aprendido a buscar el lado bueno de las cosas.


martes, 20 de agosto de 2024

María, la viuda

 

A través de los cristales contempla el paisaje. Están ligeramente empañados, por lo que la visión del exterior se hace algo difusa. En primer plano el porche de madera sustentado por postes recios y traviesas imbricadas que mantienen la techumbre firme después de varias décadas. Un tupido manto blanco se extiende hasta la raya del horizonte. El viento espolvorea la nieve que arrebata a los árboles. Sentada en la mecedora se balancea despacio mientras su pensamiento viaja sesenta y cinco años atrás cuando era una mujer joven y de buen ver, casada un lustro antes. Tenía dos hijas. Dani venía de camino.

Fue entonces cuando reclutaron a Daniel. Con gran esfuerzo, maliciándose la citación, había conseguido almacenar en el doblao alimentos suficientes para la subsistencia de la familia durante un largo periodo. Colgados en clavos y ganchos los chorizos, morcillas, jamones y resto del despiece obtenido de la matanza del cerdo. Una montonera de higos secos y bellotas, unas cuantas fanegas de trigo y centeno en costales —para molienda y horneo de pan—. En la cueva un saco de legumbres, un par de garrafas de aceite, tres arrobas de melones.

            La sensación era que la guerra estaba dando sus últimas boqueadas, pero como se iba alargando echaban mano de personas cada vez más jóvenes y también —cosa impensable hasta poco tiempo antes— de hombres con familia a su cargo, asegurando que su servicio se prestaría en retaguardia, en zonas alejadas de peligros inminentes.

            La mañana de su marcha, tras la noche en blanco, era una visión recurrente en sus evocaciones. Le llenaba de cólera el embuste que le vinieron a contar los mandos que acudieron hasta su aldea a comunicar la noticia —pero esa certeza la tuvo muchos años después—. Serios y circunspectos, la mirada baja y la gorra prensada por sus dedos nerviosos. Le dijeron que le había estallado una granada manipulada por un compañero en el polvorín que custodiaban. La onda expansiva había acabado con su vida y la de tres soldados más. Lo habían enterrado en el cementerio de la población más cercana.

            Su hombre le escribió todos y cada uno de los días que estuvo movilizado. Tanto es así que, durante una gran refriega entre las dos zonas por avanzar posiciones, se mantuvo bloqueado el correo en gran parte del país. Cuando se restableció, el cartero le entregó veinte cartas de golpe.

Daniel era una persona seria y honrada. Perseverante en todo lo que pensaba que merecía la pena y, por tanto, en el amor. Tardó en conquistar su corazón. No porque fuese una mujer difícil ni recelosa, sino porque se veía muy niña para meterse en esos berenjenales. Consideraba que le quedaban muy lejos, pero Daniel lo tuvo claro desde la noche del baile de carnaval. Los presentaron, trabaron conversación y bailaron varias piezas. Congeniaron. Desde aquel día no cejó en su cortejo hasta que ella le dio el sí.

            No formaban parte de los hacendados del lugar, pero poseían lo suficiente para salir adelante sin tener que trabajar para nadie. Una huerta terciada, unos cuantos animales y unas tierras de labranza —con olivas e higueras salpicadas—, no muy vastas pero fértiles. Con los productos obtenidos y trueques ocasionales se autoabastecían.

            La decoración cambió radicalmente a partir de ese día. En la flor de la vida se había quedado sin marido y con tres bocas que alimentar. Se arredró en un principio a pesar de que siempre había sido una mujer laboriosa y desenvuelta. Ahora lo tenía más complicado. La necesidad de criar a sus hijos le hizo sacar fuerzas de flaqueza. Comenzó haciendo labores de bordado y planchado para sus vecinos, pero eran pocos y algunos tan necesitados como ella. Optó por buscar clientela en la población cabeza de partido, a unos siete kilómetros de su aldea. En burro se desplazaba hasta allí —a recoger y entregar los pedidos— todos los días menos los domingos. Momentos duros y difíciles en su vida. Nunca se volvió a casar, aunque tuvo un par de pretendientes, pero estaba chapada a la antigua. Siempre tuvo presente la figura de Daniel, le pareció una ligereza. Así que los despachó sin malos modos y se refugió en sus vástagos y en sus labores que, a decir verdad, no le dejaban ningún tiempo libre.

Sus hijos crecieron y en cuanto alcanzaron la mocedad, abandonaron el nido. La ciudad ofrecía muchas más oportunidades. Allí se colocaron. En la actualidad se turnaban entre ellos y cada uno venía a visitarla un fin de semana de cada tres.

Hacía ya veinte años del día que llegó la carta que le abrió los ojos y que desmontó la mentira que le habían contado, la que ella había contribuido a difundir entre familia y vecinos. Con la que había vivido desde que se presentaron en su casa los militares y en semanas posteriores le llegaron las condolencias y condecoraciones oficiales. La que había transmitido a sus hijos: «Un lamentable accidente producido por el acto irresponsable de un compañero». «Daniel Sesnández había servido con honor contribuyendo al triunfo de la nueva España». Había abierto el sobre despacio, con los dedos temblones, bastante extrañada y había leído:

 

Almorox, 21 de junio de 1985

Estimada María,

No me conoces. Yo a ti bastante bien debido a que fui compañero de Daniel, un tipo cabal y capacitado. Gocé de su amistad y compañía en nuestro destino de la infausta guerra. Digo que te conozco porque, aunque no te he visto nunca, tu marido te tenía siempre presente, no se le caía tu nombre ni tu memoria de la boca.

Llevo muchos años dándole vueltas a si sería conveniente escribirte una carta para que supieras la verdad sobre su muerte o dejarlo estar. Ahora que estoy viejo, enfermo y que, más pronto que tarde, abandonaré este mundo, por fin me he decidido. Me conminaron a que permaneciera mudo sobre este asunto. Los tiempos que vinieron no invitaban a airear estas miserias sin jugártela.

Daniel no murió de la forma que te refirieron. Lo mataron por contravenir órdenes. Dicho así suena muy fuerte pero entonces todo cabía. Había un teniente déspota y sanguinario de apellido Rodrigáñez. Nos ordenó una noche cruzar el río y hacer una escabechina entre los rojos, que estaban de la otra orilla. Adujo Daniel que el cauce venía crecido y, aunque consiguiéramos vadearlo, tendrían puestos de vigilancia porque ellos también conocían nuestra presencia en la zona. Era enviarnos a una muerte cierta. «Cagones como tú son los que sobran en la gran España que vamos a construir», le voceó el teniente. Sin añadir nada más y ante nuestro estupor —aunque cada vez nos sorprendían menos cosas— desenfundó su pistola y le pegó cuatro tiros a quemarropa. Tu marido cayó muerto a nuestros pies. Se formó gran revuelo, se llevaron detenido al teniente. Los gerifaltes decidieron echar tierra sobre el suceso, no convenía a sus intereses. Se aseguraron de filiar a todos los que estábamos allí advirtiéndonos que el que se fuera de la lengua podía tener serios problemas.


La verdad es que el cagón he sido yo durante todos estos años. Se lo debía a tu Daniel. María, no busco tu perdón a estas alturas, pero sé que, al enviarte esta misiva, he aligerado bastante el equipaje que llevaré allá donde vaya a parar.

Sebastián Caloyo