Me
dio la noticia mi madre. Estaba en el patio, a primeros de septiembre de mil
novecientos ochenta y cuatro, cuando mi padre y yo entramos por la puerta falsa
para hacer el descanso de la comida.
La verdad, ya estaba resignado a mi suerte y esta, en el fondo, no me parecía tan mala. «Compra venta menor de pieles sin curtir» eso era lo que rezaba en la licencia fiscal, eso era lo que había mamado desde que tenía uso de razón y en los últimos años le había cogido el tranquillo. He de reconocer que había una cosa en la que estaba más verde que los lirios. En los tratos siempre he sido un desastre, se me da mal el regateo, «los faroles para la noche», como decía Emilio, el matarife. Yo, ni por la noche ni por el día, se me ve venir de lejos. Hay verdaderos maestros que ponen cara de póker y nunca sabes sus verdaderas intenciones. Lo malo es que era una parte primordial en el oficio. La gente cuando te veía dubitativo o apurado no tenía compasión. La idiosincrasia de cada uno es difícil de modificar y, aunque mi padre se desgañitaba conmigo, en esa parcela avanzaba más bien poco.
Además,
teníamos cierto paralelismo con los agricultores, dependíamos mucho de los
caprichos del cielo. En invierno, cuando más pieles teníamos almacenadas, sobre
todo en época navideña, si el ambiente estaba húmedo, se estropeaban. Pasaba
como con la ropa, no se secaban, se les pudría el casco y había que tirarlas o,
en el mejor de los casos, venderlas a precios ínfimos. Y en verano había que
tener mucho cuidado con las polillas. Una vez secas, había que apilarlas por
capas y echarles unos puñados de naftalina en polvo. Si las pieles se
apolillaban, echabas por tierra todo el trabajo. Lo de la naftalina era un
coñazo. Venía en sacos, compactada. Se trataba de machacarla con una piedra
contra el suelo, dejarla lo más molida posible. Acababas dolorido en la palma
de la mano, en la muñeca y en las rodillas. Aparte de que, si te tocabas
inconscientemente en la ceja o en los párpados para quitarte el sudor, aunque
fuera superficialmente, picaba a rabiar.
Mi
madre había recibido una llamada de la secretaría de la universidad que anunció
que yo había aprobado el examen de acceso a magisterio. Suspendí selectividad y
esto, que era más complicado, porque nos presentábamos un montón de aspirantes
en relación con las pocas plazas ofertadas, lo había aprobado. Entonces, para
cursar ciertas diplomaturas, no se exigía superar la selectividad, pero sí
pasar unas pruebas de ingreso. La novedad me dejó sorprendido, no me lo
esperaba, aparte de que tampoco soy muy elocuente en exteriorizar mis
reacciones, ni para lo bueno ni para lo malo. Comimos en silencio, roto por mi
padre a los postres:
—Hortensia,
me parece que esto ya es pasarse de castaño oscuro, me tienes engañado desde el
primer día.
—¿A
qué te refieres?
—Demasiado
lo sabes, pero tú callas y obras. Dejé que fuera al instituto, que saliera del
pueblo, aunque fuese para el día, en contra de mi voluntad. Se puede ganar el
pan de sobra en el negocio o ¿es que todos tienen que ser ingenieros? Me
dijiste que un año sólo para probar, que se relacionara con otra gente. Al año
siguiente me contaste que el bachiller era necesario para casi todo, el saber
no ocupa lugar y nunca se sabe lo que puede pasar. Me he tenido que apañar sólo
todos estos años y ahora soy el último en enterarme de que se había presentado
a un examen para maestro. ¿Qué necesidad hay? ¿Por qué me ocultáis las cosas?
—¿Para
qué te lo íbamos a decir si era muy complicado de superar? ¿Para que te
llevases
Libro de COU
un sofoco gratuito? Ahora resulta que ha aprobado. Al final va a valer
para estudiar, tú que decías que no.
—Pues
claro que no. En las cuentas le doy mil vueltas y eso que fui poco a la
escuela. La letruja que se gasta no hay quien la entienda. No sé qué les
enseñan ahora. La vida les viene grande, pero aquí se va a quedar y yo le haré
un pielero en condiciones, que pueda vivir del oficio y pueda sacar adelante a
su familia, como yo, mi padre y el padre de mi padre.
—Los tiempos cambian, Domingo, y hay ciertos
oficios que van a desaparecer más pronto que tarde, pero desengáñate por ti
mismo.
A
menudo recuerdo esta conversación, antesala de mi marcha a Madrid. Al final, mi
madre ganó el pulso y le tengo que estar agradecido.
Apuré
en el pueblo el mes de septiembre. Me fui a matricular a finales y en octubre
comencé la carrera. La ciudad me resultó inabarcable, laberíntica, bulliciosa.
Me estresaba sólo con observar cómo correteaban los transeúntes, con una prisa
inusitada porque perdían el metro, el autobús o, simplemente, porque la rutina
incitaba a ir de un lado para otro a paso vivo. Para mí supuso un gran cambio,
acostumbrado a la vida pausada del pueblo. Vivíamos en un piso de estudiantes
en el barrio de Orcasitas. Era de unos tíos míos que trabajaban fuera y nos
dejaban el uso y disfrute a los sobrinos que emigrábamos a la gran urbe. Estaba
situado justo encima del cruce de la avenida de los Poblados con la carretera
de Villaverde. Cuando empezaba el buen tiempo era imposible conciliar el sueño.
Abríamos las ventanas y el ruido del tráfico nos desvelaba, por lo menos en los
primeros meses, después se acostumbra uno, como a casi todo.
Estaba
en el piso once, la torre más alta de los contornos. Desde su terraza
acristalada se divisaba el hospital Doce de Octubre, el colegio Ciudad de Jaén
y el de sordomudos Ponce de León. Era curiosa cuando se juntaban en la bodega
de los bajos a tomar algo, regentada precisamente por otro sordomudo, la
escandalera que formaban. Ellos no se oían, tenían el volumen al máximo,
acompañando a su lenguaje de signos. Si seguías el giro hacia el lado derecho,
se avistaban solares con manchas negruzcas, herederas de aceites de motor, que
evidenciaban que poco tiempo antes había sido zona de desguaces. La gran nave
de productos Nido (cortinas, alfombras, edredones…) completaba la estampa.
Otra cosa que me llamaba la atención, cuando me quedaba a estudiar, aprovechando el silencio de la noche porque tenía la sensación de que mi rendimiento aumentaba, era que el tráfico en la carretera de Andalucía no paraba, aunque fuesen las tres o las cuatro de la madrugaba. A esas intempestivas horas disminuía, pero siempre circulaba algún vehículo, sobre todo camiones, «La ciudad que nunca duerme» había oído decir de Nueva York en algunas películas, pues a mí me pareció que Madrid tampoco dormía.
Había
quedado con los compañeros de instituto en la Mallorquina, pastelería
centenaria, de la que era la primera vez que oía el nombre. Estaba situada en
la Puerta del Sol, centro neurálgico de «las Españas». No era un lugar original
para citarse, por lo que deduje después. «No tiene pérdida», me dijo mi primo
Jacobo: «Cruzas la carretera de Andalucía por encima, utilizando el puente
peatonal, y coges cualquier autobús que pase. Te apeas en Legazpi, pillas el
metro y te bajas en Sol, salida Mayor». Ascendía las escaleras que llevaban al
exterior más encogido que un gazapo. Al fin, percibí claridad, luz natural,
pero no distinguía a mis amigos entre la gente que divisaba al asomar y eso,
por mi bisoñez capitalina, me ponía nervioso. Hasta que oí una voz familiar.
Estaban todos apoyados en la barandilla, viéndome las espaldas conforme iba
saliendo.
Había sido el último en llegar. Se desató la algarabía, pues no nos habíamos visto en todo el verano. Cada uno quería contar su aterrizaje en la capital y los estudios elegidos. Era un salto exponencial en nuestras vidas. La universidad imponía y vivir fuera de nuestro hogar familiar por primera vez, más aún. Hicimos la típica ruta, dirigiéndonos a la plaza Mayor por la calle Postas y parando a comernos un bocata de calamares en La Campana. Estaba más despistado que una cabra en un garaje, pero me sentía arropado por el grupo. De vez en cuando, pensaba en la vuelta, qué tal me las compondría, sin embargo, «ya cruzaremos ese puente cuando lleguemos a ese río», medité mientras deglutía el grasiento bocadillo.
No
sé quién fue el que cayó en la cuenta, pero la verdad es que de los bares salía
griterío y alboroto y todos miraban hacia el televisor. Estaban retransmitiendo
el partido España-Malta, clasificatorio para la Eurocopa de Francia. Aunque la
mayoría éramos futboleros, no teníamos gran interés en ver el partido porque
había que meter un chorro de goles para clasificarnos y encima, según nos dijo
mi amiga Rocío, que entró un momento en el bar El Pulpito, en la plaza Mayor,
íbamos perdiendo.
Así
que continuamos nuestra ruta por la zona. Lo más típico de la capital y que yo
desconocía por completo. Había venido a veces para el día, por temas médicos o
a visitar algún familiar, pero, como siempre que voy acompañado, no me fijo en
nada y mi sentido de la orientación es pésimo. No retengo localizaciones y si me preguntan cómo se va a
un sitio, aunque haya estado en él esa misma tarde, soy incapaz de indicarlo.
Habría estado por allí, pero lo recordaba muy vagamente.
Hicimos
parada en alguno de los mesones típicos de la calle Cuchilleros, visitamos
Puerta Cerrada, la calle del Codo y la Plaza de la Villa. Yo iba como un
corderito al que tirasen del ramal, integrado en el grupo y con cuidado de no
despistarme. Llegamos al Mercado de San Miguel y entramos en un bar que hay
enfrente a tomar unas cañas, Cerveriz creo que se llamaba. Había mucha gente
viendo el partido y nos comentaron que la cosa había cambiado radicalmente en
el segundo tiempo y que España iba ganando por siete a uno. Como ellos marcaron
un gol, necesitábamos llegar a doce. Misión que se antojaba casi imposible de
todas formas.
A José Ángel se le despertó el gusanillo, le entró interés repentino y propuso que nos quedásemos a verlo hasta el final al abrigo de unas cañas. Tras unos tira y afloja nos quedamos sólo los chicos. Eso me causó desazón, porque sabía que ellas estaban pendientes de mí, se ponían en mi lugar, pero los efluvios alcohólicos hicieron que la preocupación pasase a segundo plano. Decidí quedarme y, cuando la selección consiguió la proeza, nos reenganchamos aún más presa del entusiasmo y fervor popular que envolvía la noche madrileña. Continuamos en el local, tomando rondas, cada vez más alegres y achispados hasta que, a pesar de tener la mente nublada, se me encendió una lucecita y recordé que necesitaba coger un autobús para llegar hasta el piso y los últimos salían a las once y media. Abandoné a mis compañeros, que no lo encajaron muy bien. «Rajao, que eres un rajao». Había oído a mi primo decir que el autobús veintitrés, que me dejaba relativamente cerca, en el barrio de San Fermín, tenía la primera parada próxima a donde nos encontrábamos. Pregunté a un quiosquero, hablándole con la lengua gorda y me encaminé a la parada de la calle de Toledo con la cabeza cargada y el cuerpo zigzagueando.
No recuerdo cuándo, pero debió de ser al poco de sentarme en el autobús, me quedé profundamente dormido. Al abrir los ojos, el conductor me estaba zarandeando de mala manera e informándome a voces que habíamos llegado al final de parada y que me fuera a mi casa a dormir la mona. «Qué tipejo más desagradable», pensé y me bajé en cuanto recuperé un poco la consciencia.
Comencé
a tiritar, era noche cerrada y el frío iba a más. No sabía dónde estaba. Se
veían luces a cien metros, pero allí solo había una farola que iluminaba la
parada y cuando me dirigí hacía la civilización, casi en tinieblas, sentí como
las suelas de mis zapatos se llenaban de un barro pegajoso que aumentaba con la
marcha.
Recorrí
un periplo andando por una carretera, pasé por debajo de algunos puentes, hasta
que, cuando más desesperado estaba, vi acercarse a un taxi libre. Le hice la
seña y paró. Respiré. No tenía para pagarle, así que le di referencias de mi
dirección, pues no sabía el número y calle exactos y, cuando llegamos, se quedó
esperándome con mi carné de identidad hasta que le llevase el dinero. Oí a mis
espaldas sus voces amortiguadas cuando me alejaba del vehículo. Intuí que había
encendido la luz interior y montó en cólera al comprobar que le había puesto el
coche perdido de lodo. Tuve que llamar a casa y decirle a mi prima Elena, que
fue la que me descolgó el telefonillo, que bajase con dinero para pagar el
taxi. Por la voz, deduje que la había sacado de la cama.
Después
de esto, me quité los zapatos y eliminé todo el barro que pude, restregando
contra las aceras. Ella me miraba extrañada, pero a mí no me apetecía nada dar
explicaciones, así que subimos en silencio y me tiré encima de la cama, porque
estaba reventado. Me despertó un olor agrio y pestilente. Había vomitado. Mi
cabeza estaba a punto de reventar. Resacón inmenso y vergüenza absoluta. Metí
las sábanas en la lavadora y la puse. Sentía puñaladas en las sienes. Hecho
unos zorros, hice la cama con sábanas limpias y estuve durmiendo hasta
mediodía. Pospuse la matrícula en la Escuela Universitaria para el día
siguiente.
Meses
después, una madrugada de las que me quedaba a estudiar, en un receso, me
acerqué a la terraza acristalada. Me gustaba estar un rato contemplando las
luces de la ciudad, los altos edificios, la tranquilidad que desprendía la
estampa después del jaleo del tráfico y el hormiguero que formaban los
transeúntes durante el día. Su visión panorámica me relajaba. Pero en aquella
ocasión fue distinto, muy fuerte. Desde allí arriba contemplé el asesinato que
trastocó mi vida. Aunque siempre me lo he guardado, aún hoy me sigue
atormentando de manera periódica no haber colaborado con la policía. Me quedé
en shock. «Poco podía esclarecer mi declaración y muchos eran los
problemas que me podía acarrear», me autoconvencí. Debería haberles llamado,
pero no lo hice y, conforme iban pasando los minutos y las horas, más temor me
producía descolgar el teléfono. Al principio, no sabía lo que pasaba ahí abajo,
sin embargo, se me hizo raro que hubiese un grupo haciendo corro a esas horas.
Afiné la vista. Por la noche era complicado distinguir, pero había una farola
en las proximidades. Me quedé helado cuando bajaron a un individuo maniatado de
la caja de un camión isotermo. Lo hicieron dos hombres, cada uno lo agarraba de
un brazo. Arrastraba los pies. Lo lanzaron contra la reja del colegio y quedó
en el suelo, hecho un ovillo. No se movió. El que dirigía las operaciones tenía
algo agarrado en la mano, el filo de la hoja brilló al sacarlo de la funda,
parecía un machete. Se colocó al lado del yacente, se dobló sobre la cintura y
le asestó ocho o diez puñaladas. Se metieron todos en dos vehículos aparcados
al lado y salieron zumbando. Allí quedó el cuerpo del infeliz, en medio de un
charco de sangre. Me retiré de la terraza lleno de estupor. Entré en el salón y
agarré con fuerza los bordes de la mesa camilla. Después, me dejé caer en el
sofá. Mi cabeza daba vueltas sin tregua, me empezó a doler y, poco a poco, se
me hizo casi insoportable. Tiritaba, las sienes se me llenaron de sudor y al
final me quedé dormido.
Por la mañana, cuando abrí los ojos, pensé que todo había sido un sueño, pero, al acercarme otra vez a la terraza, vi un coche de la policía con dos agentes vigilando. La mancha se distinguía perfectamente. Aunque la habían limpiado, por tratarse de una zona terrera, al secarse se seguía distinguiendo el sombreado, y más con la visión cenital de la que disponía. El camión ya no estaba. Salió en las noticias regionales de Madrid de Televisión Española a mediodía. Lo despacharon con un lacónico «ajuste de cuentas». Por lo visto el muerto pertenecía al clan de los Garabitos que vivían al lado, en el Rancho del Cordobés, un poblado marginal. Se dedicaban a la compraventa de heroína, caballo, como se llamaba coloquialmente. Los asesinos debían ser de otro clan, les habrían pisado alguna venta o escamoteado alguna entrega, vete tú a saber. Todavía no los habían cogido, pero se notó movimiento en la zona aquellos días. La policía, por un lado, preguntaba a los vecinos que si habían visto algo y algunos individuos de etnia gitana por otro, hacían sus pesquisas y amenazaban a grandes voces a no se sabía quién. La droga hizo verdaderos estragos y no era raro encontrarte a algún zombi por la calle o en el autobús, a veces con el mono que les producía la abstinencia. Mis primas, como todo el vecindario, estaban sobrecogidas por el suceso, pero eché el cerrojo y no comenté nada.
Tan
impactado quedé con el episodio, que me dio por investigar sobre los clanes de
drogas, sin decir nada a nadie, por supuesto. Ese maldito hermetismo que me ha
hecho tanto daño. Estar sólo estando acompañado. El problema estribaba en el
reparto en la zona sur de Madrid. Aunque entonces era complicado, no existía
Google, tuve que tirar de hemeroteca y estudiar las noticias que sobre el
particular se habían publicado en la prensa durante los últimos años. Existía
una rivalidad que no se detenía ante nada, entre el clan de los Garabitos y el
de los Sacabuches. Los cabecillas eran muy astutos, estaban bien asesorados y,
aunque la policía los llegó a acorralar en múltiples ocasiones, no logró
alcanzar a la cúspide y asestar el golpe definitivo.
Se
veían coches de alta gama por la zona, gente que ofrecía el producto a la luz
del día y sin ningún tipo de miramientos. Las drogas de la época eran la
heroína o caballo, la cocaína y el cannabis, también el alcohol, aunque no se
lo haya considerado nunca así. El autoconsumo, como tal, no fue el mayor de los
problemas. Surgió una cadena de la que era muy difícil salir. Al principio,
algunos lo tomaban como un juego, después les producía dependencia y, al final,
se metían en el mercado ilegal de las drogas del que era casi imposible salir.
La droga era muy cara y la adicción superaba los límites que llevaban a
delinquir. Era una línea casi inapreciable la que separaba a las drogas de la
delincuencia y, aunque al principio se cometían delitos menores, luego estos se
convertían en robos con intimidación o incluso en atracos con violencia. Fue
muy sonado en esa época el asesinato de un joyero a manos de un chaval de poco
más de veinte años, que había sido vecino suyo desde pequeño. Quiso convencer
al niño que había visto crecer en el barrio y quitarle el arma, que temblaba
ostentosamente en sus manos. En ese momento disparó y se lo llevó por delante.
Las familias, generalmente emigrantes de clase trabajadora, que habían venido a Madrid
en busca de fortuna, vivieron la peor de las pesadillas. Después de toda una vida de trabajo y sacrificio, perdían a sus hijos en plena juventud, bien en accidentes fatales ocurridos durante sus fechorías o convertidos en muertos vivientes durante años que acababan en tratamientos con metadona en el mejor de los casos. Se puede hablar también de la aparición del SIDA por la transmisión de la enfermedad entre los heroinómanos al usar jeringuillas y pasárselas de unos a otros. Los clanes se aprovechaban de la debilidad, tenían sus cadenas de distribución y no permitían intrusiones que pusiesen en peligro el monopolio.

