martes, 20 de agosto de 2024

María, la viuda

 

A través de los cristales contempla el paisaje. Están ligeramente empañados, por lo que la visión del exterior se hace algo difusa. En primer plano el porche de madera sustentado por postes recios y traviesas imbricadas que mantienen la techumbre firme después de varias décadas. Un tupido manto blanco se extiende hasta la raya del horizonte. El viento espolvorea la nieve que arrebata a los árboles. Sentada en la mecedora se balancea despacio mientras su pensamiento viaja sesenta y cinco años atrás cuando era una mujer joven y de buen ver, casada un lustro antes. Tenía dos hijas. Dani venía de camino.

Fue entonces cuando reclutaron a Daniel. Con gran esfuerzo, maliciándose la citación, había conseguido almacenar en el doblao alimentos suficientes para la subsistencia de la familia durante un largo periodo. Colgados en clavos y ganchos los chorizos, morcillas, jamones y resto del despiece obtenido de la matanza del cerdo. Una montonera de higos secos y bellotas, unas cuantas fanegas de trigo y centeno en costales —para molienda y horneo de pan—. En la cueva un saco de legumbres, un par de garrafas de aceite, tres arrobas de melones.

            La sensación era que la guerra estaba dando sus últimas boqueadas, pero como se iba alargando echaban mano de personas cada vez más jóvenes y también —cosa impensable hasta poco tiempo antes— de hombres con familia a su cargo, asegurando que su servicio se prestaría en retaguardia, en zonas alejadas de peligros inminentes.

            La mañana de su marcha, tras la noche en blanco, era una visión recurrente en sus evocaciones. Le llenaba de cólera el embuste que le vinieron a contar los mandos que acudieron hasta su aldea a comunicar la noticia —pero esa certeza la tuvo muchos años después—. Serios y circunspectos, la mirada baja y la gorra prensada por sus dedos nerviosos. Le dijeron que le había estallado una granada manipulada por un compañero en el polvorín que custodiaban. La onda expansiva había acabado con su vida y la de tres soldados más. Lo habían enterrado en el cementerio de la población más cercana.

            Su hombre le escribió todos y cada uno de los días que estuvo movilizado. Tanto es así que, durante una gran refriega entre las dos zonas por avanzar posiciones, se mantuvo bloqueado el correo en gran parte del país. Cuando se restableció, el cartero le entregó veinte cartas de golpe.

Daniel era una persona seria y honrada. Perseverante en todo lo que pensaba que merecía la pena y, por tanto, en el amor. Tardó en conquistar su corazón. No porque fuese una mujer difícil ni recelosa, sino porque se veía muy niña para meterse en esos berenjenales. Consideraba que le quedaban muy lejos, pero Daniel lo tuvo claro desde la noche del baile de carnaval. Los presentaron, trabaron conversación y bailaron varias piezas. Congeniaron. Desde aquel día no cejó en su cortejo hasta que ella le dio el sí.

            No formaban parte de los hacendados del lugar, pero poseían lo suficiente para salir adelante sin tener que trabajar para nadie. Una huerta terciada, unos cuantos animales y unas tierras de labranza —con olivas e higueras salpicadas—, no muy vastas pero fértiles. Con los productos obtenidos y trueques ocasionales se autoabastecían.

            La decoración cambió radicalmente a partir de ese día. En la flor de la vida se había quedado sin marido y con tres bocas que alimentar. Se arredró en un principio a pesar de que siempre había sido una mujer laboriosa y desenvuelta. Ahora lo tenía más complicado. La necesidad de criar a sus hijos le hizo sacar fuerzas de flaqueza. Comenzó haciendo labores de bordado y planchado para sus vecinos, pero eran pocos y algunos tan necesitados como ella. Optó por buscar clientela en la población cabeza de partido, a unos siete kilómetros de su aldea. En burro se desplazaba hasta allí —a recoger y entregar los pedidos— todos los días menos los domingos. Momentos duros y difíciles en su vida. Nunca se volvió a casar, aunque tuvo un par de pretendientes, pero estaba chapada a la antigua. Siempre tuvo presente la figura de Daniel, le pareció una ligereza. Así que los despachó sin malos modos y se refugió en sus vástagos y en sus labores que, a decir verdad, no le dejaban ningún tiempo libre.

Sus hijos crecieron y en cuanto alcanzaron la mocedad, abandonaron el nido. La ciudad ofrecía muchas más oportunidades. Allí se colocaron. En la actualidad se turnaban entre ellos y cada uno venía a visitarla un fin de semana de cada tres.

Hacía ya veinte años del día que llegó la carta que le abrió los ojos y que desmontó la mentira que le habían contado, la que ella había contribuido a difundir entre familia y vecinos. Con la que había vivido desde que se presentaron en su casa los militares y en semanas posteriores le llegaron las condolencias y condecoraciones oficiales. La que había transmitido a sus hijos: «Un lamentable accidente producido por el acto irresponsable de un compañero». «Daniel Sesnández había servido con honor contribuyendo al triunfo de la nueva España». Había abierto el sobre despacio, con los dedos temblones, bastante extrañada y había leído:

 

Almorox, 21 de junio de 1985

Estimada María,

No me conoces. Yo a ti bastante bien debido a que fui compañero de Daniel, un tipo cabal y capacitado. Gocé de su amistad y compañía en nuestro destino de la infausta guerra. Digo que te conozco porque, aunque no te he visto nunca, tu marido te tenía siempre presente, no se le caía tu nombre ni tu memoria de la boca.

Llevo muchos años dándole vueltas a si sería conveniente escribirte una carta para que supieras la verdad sobre su muerte o dejarlo estar. Ahora que estoy viejo, enfermo y que, más pronto que tarde, abandonaré este mundo, por fin me he decidido. Me conminaron a que permaneciera mudo sobre este asunto. Los tiempos que vinieron no invitaban a airear estas miserias sin jugártela.

Daniel no murió de la forma que te refirieron. Lo mataron por contravenir órdenes. Dicho así suena muy fuerte pero entonces todo cabía. Había un teniente déspota y sanguinario de apellido Rodrigáñez. Nos ordenó una noche cruzar el río y hacer una escabechina entre los rojos, que estaban de la otra orilla. Adujo Daniel que el cauce venía crecido y, aunque consiguiéramos vadearlo, tendrían puestos de vigilancia porque ellos también conocían nuestra presencia en la zona. Era enviarnos a una muerte cierta. «Cagones como tú son los que sobran en la gran España que vamos a construir», le voceó el teniente. Sin añadir nada más y ante nuestro estupor —aunque cada vez nos sorprendían menos cosas— desenfundó su pistola y le pegó cuatro tiros a quemarropa. Tu marido cayó muerto a nuestros pies. Se formó gran revuelo, se llevaron detenido al teniente. Los gerifaltes decidieron echar tierra sobre el suceso, no convenía a sus intereses. Se aseguraron de filiar a todos los que estábamos allí advirtiéndonos que el que se fuera de la lengua podía tener serios problemas.


La verdad es que el cagón he sido yo durante todos estos años. Se lo debía a tu Daniel. María, no busco tu perdón a estas alturas, pero sé que, al enviarte esta misiva, he aligerado bastante el equipaje que llevaré allá donde vaya a parar.

Sebastián Caloyo

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