A través de los cristales contempla el
paisaje. Están ligeramente empañados, por lo que la visión del exterior se hace
algo difusa. En primer plano el porche de madera sustentado por postes recios y
traviesas imbricadas que mantienen la techumbre firme después de varias décadas.
Un tupido manto blanco se extiende hasta la raya del horizonte. El viento
espolvorea la nieve que arrebata a los árboles. Sentada en la mecedora se
balancea despacio mientras su pensamiento viaja sesenta y cinco años atrás
cuando era una mujer joven y de buen ver, casada un lustro antes. Tenía dos
hijas. Dani venía de camino.
Fue entonces cuando reclutaron
a Daniel. Con gran esfuerzo, maliciándose la citación, había conseguido
almacenar en el doblao alimentos
suficientes para la subsistencia de la familia durante un largo periodo. Colgados
en clavos y ganchos los chorizos, morcillas, jamones y resto del despiece obtenido
de la matanza del cerdo. Una montonera de higos secos y bellotas, unas cuantas fanegas
de trigo y centeno en costales —para molienda y horneo de pan—. En la cueva un
saco de legumbres, un par de garrafas de aceite, tres arrobas de melones.
La
sensación era que la guerra estaba dando sus últimas boqueadas, pero como se
iba alargando echaban mano de personas cada vez más jóvenes y también —cosa
impensable hasta poco tiempo antes— de hombres con familia a su cargo, asegurando
que su servicio se prestaría en retaguardia, en zonas alejadas de peligros
inminentes.
La
mañana de su marcha, tras la noche en blanco, era una visión recurrente en sus
evocaciones. Le llenaba de cólera el embuste que le vinieron a contar los mandos
que acudieron hasta su aldea a comunicar la noticia —pero esa certeza la tuvo
muchos años después—. Serios y circunspectos, la mirada baja y la gorra prensada
por sus dedos nerviosos. Le dijeron que le había estallado una granada manipulada
por un compañero en el polvorín que custodiaban. La onda expansiva había
acabado con su vida y la de tres soldados más. Lo habían enterrado en el cementerio
de la población más cercana.
Su
hombre le escribió todos y cada uno de los días que estuvo movilizado. Tanto es
así que, durante una gran refriega entre las dos zonas por avanzar posiciones,
se mantuvo bloqueado el correo en gran parte del país. Cuando se restableció,
el cartero le entregó veinte cartas de golpe.
Daniel era una persona seria
y honrada. Perseverante en todo lo que pensaba que merecía la pena y, por tanto,
en el amor. Tardó en conquistar su corazón. No porque fuese una mujer difícil ni
recelosa, sino porque se veía muy niña para meterse en esos berenjenales. Consideraba
que le quedaban muy lejos, pero Daniel lo tuvo claro desde la noche del baile
de carnaval. Los presentaron, trabaron conversación y bailaron varias piezas. Congeniaron.
Desde aquel día no cejó en su cortejo hasta que ella le dio el sí.
No
formaban parte de los hacendados del lugar, pero poseían lo suficiente para salir
adelante sin tener que trabajar para nadie. Una huerta terciada, unos cuantos animales
y unas tierras de labranza —con olivas e higueras salpicadas—, no muy vastas
pero fértiles. Con los productos obtenidos y trueques ocasionales se
autoabastecían.
Sus hijos crecieron y en
cuanto alcanzaron la mocedad, abandonaron el nido. La ciudad ofrecía muchas más
oportunidades. Allí se colocaron. En la actualidad se turnaban entre ellos y cada
uno venía a visitarla un fin de semana de cada tres.
Hacía ya veinte años del día
que llegó la carta que le abrió los ojos y que desmontó la mentira que le
habían contado, la que ella había contribuido a difundir entre familia y
vecinos. Con la que había vivido desde que se presentaron en su casa los
militares y en semanas posteriores le llegaron las condolencias y
condecoraciones oficiales. La que había transmitido a sus hijos: «Un lamentable
accidente producido por el acto irresponsable de un compañero». «Daniel Sesnández
había servido con honor contribuyendo al triunfo de la nueva España». Había
abierto el sobre despacio, con los dedos temblones, bastante extrañada y había
leído:
Almorox, 21 de junio de 1985
Estimada María,
No me conoces. Yo a ti
bastante bien debido a que fui compañero de Daniel, un tipo cabal y capacitado.
Gocé de su amistad y compañía en nuestro destino de la infausta guerra. Digo
que te conozco porque, aunque no te he visto nunca, tu marido te tenía siempre
presente, no se le caía tu nombre ni tu memoria de la boca.
Llevo
muchos años dándole vueltas a si sería conveniente escribirte una carta para
que supieras la verdad sobre su muerte o dejarlo estar. Ahora que estoy viejo, enfermo
y que, más pronto que tarde, abandonaré este mundo, por fin me he decidido. Me
conminaron a que permaneciera mudo sobre este asunto. Los tiempos que vinieron
no invitaban a airear estas miserias sin jugártela.
Daniel no murió de la forma que te refirieron. Lo mataron por contravenir órdenes. Dicho así suena muy fuerte pero entonces todo cabía. Había un teniente déspota y sanguinario de apellido Rodrigáñez. Nos ordenó una noche cruzar el río y hacer una escabechina entre los rojos, que estaban de la otra orilla. Adujo Daniel que el cauce venía crecido y, aunque consiguiéramos vadearlo, tendrían puestos de vigilancia porque ellos también conocían nuestra presencia en la zona. Era enviarnos a una muerte cierta. «Cagones como tú son los que sobran en la gran España que vamos a construir», le voceó el teniente. Sin añadir nada más y ante nuestro estupor —aunque cada vez nos sorprendían menos cosas— desenfundó su pistola y le pegó cuatro tiros a quemarropa. Tu marido cayó muerto a nuestros pies. Se formó gran revuelo, se llevaron detenido al teniente. Los gerifaltes decidieron echar tierra sobre el suceso, no convenía a sus intereses. Se aseguraron de filiar a todos los que estábamos allí advirtiéndonos que el que se fuera de la lengua podía tener serios problemas.
La verdad es que el cagón he
sido yo durante todos estos años. Se lo debía a tu Daniel. María, no busco tu
perdón a estas alturas, pero sé que, al enviarte esta misiva, he aligerado
bastante el equipaje que llevaré allá donde vaya a parar.
Sebastián Caloyo