lunes, 21 de abril de 2025

La puja (corregida y aumentada)

 

A la plaza llega un camión lleno de jaulas, como todos los años, coincidiendo con el último fin de semana del mes de mayo.  Dentro de ellas permanecen los misterios, los enigmas atrapados durante los últimos trescientos sesenta y cinco días. Aún no ha amanecido, pero ya clarea. Los miembros de la Hermandad del Sacro Secreto Enjaulado dirigen la operación. Lucen brazaletes de color morado. El trazado medieval de las calles aledañas no se diseñó pensando que transitaran por ellas transportes pesados.

Dentro de la cabina, el conductor calcula fijándose en las imágenes que se reflejan en los retrovisores laterales y en la panorámica que se extiende a través de la luna frontal. Además, sigue las indicaciones que le hacen los Hermanos, apostados en angosturas, cruces y bocacalles. Pone especial cuidado para librar los esquinazos y balcones. Las barandillas de estos últimos brillan a relejes cuando los haces de luz que esparcen los faros del vehículo se posan sobre ellas. Al chófer le genera un punto de incertidumbre cuando desaparecen las balconadas, casi rozando, por encima del techo del habitáculo.

Auxilian a los Hermanos en su labor unas chicas con trajes de faralaes rojos y lunares blancos. Cortos por delante, los volantes por encima de las rodillas para facilitar la libertad de movimientos y un poco más largos por detrás, hasta las pantorrillas. Calzan zapatillas deportivas. A la espalda, con mayúsculas, tienen impresa la palabra STAFF.

         El recinto está acordonado, con letreros en las bocacalles: «Prohibido el paso a cualquier persona ajena al evento». El vehículo se detiene frente a un enorme pino anclado al lado derecho del escenario que se ha ido montando durante los días previos. Un toldo cubre toda su superficie. El mayo, como se conoce popularmente al árbol, ha sido escogido y talado en los pinares comunales y llevado hasta allí por los miembros de la Hermandad que forman parte de la directiva de este año.

Las chicas, guardesas electas, tienen entre sus cometidos descargar el camión y colgar las jaulas en el árbol. Trabajan en equipo, bien coordinadas por Vanesa, la capitana. Una mujer de tez morena, pelo castaño, estatura media y talle generoso, lo que no le impide caminar a paso vivo y hablar con unos y otros sobre la marcha. Se coloca en medio de la plaza y desde allí dirige las operaciones. A ella se dirigen todas las mujeres cuando tienen alguna duda. Casi sin moverse del sitio, a base de gestos, voces y silbidos les da las indicaciones requeridas. De vez en cuando suelta denuestos porque el traje, demasiado ceñido por la sisa, le impide bracear con brío. «¡Vamos, majas, que se nos echa el tiempo encima!»

 Unas ascienden con gran agilidad por los laterales a la caja del camión, ayudándose de los huecos de las ruedas y salientes del portón; otras, subidas en grandes escaleras, que están apoyadas en el tronco del pino, esperan pacientes. Es un trabajo es delicado, hay que evitar golpes fortuitos que puedan dañar el contenido. Los «Hermanos» eslabonan la cadena. Trasladan las jaulas desde el camión hasta los brazos extendidos con los que las reciben las angelicales mozas, para engancharlas a lo largo de las ramas. Más de la mitad vienen vacías.

         Tienen una cartulina, atada a los barrotes con cordones, en la que están apuntados el nombre y apellidos del interesado. También una pegatina con un número correlativo. Al rato, una de las mujeres desde lo alto del camión dice en alta voz: «esta es la última». Vanesa, que está conversando con uno de los Hermanos, levanta el brazo con la palma abierta dándose por enterada. Desciende hasta el suelo, le hace una seña al conductor a través del espejo retrovisor y este lo aparca en una esquina. Allí permanecerá hasta que se acabe el acontecimiento y vuelvan a cargar las jaulas, ya desocupadas. En la visera del vehículo se puede leer la siguiente leyenda: «Ángeles custodios, secretos bien guardados».

         A las ocho comienza la ceremonia con la intención de terminar antes de que apriete el calor. Esta vez van a empezar más temprano. Hay que evitar las prisas que, en otras ocasiones, causaron algún accidente o malentendido. Falta realizar la prueba de sonido final para el altavoz y los audiovisuales. Sobre el escenario, colocados en fila, hay diez pares de stilettos rojos con tacón de aguja y puntera dorada. Asimismo, un bombo con bolas numeradas en su interior y una gran pantalla de fondo, que tapa parte de la casa consistorial. Una mesa larga con sillas de anea, situadas a lo largo de uno de sus laterales, completa el decorado.

         Ya falta poco. La gente acude en tropel. Un runrún en el ambiente invade el recinto. Colocan una lona gigante sobre el árbol para que nadie pueda distinguir los nombres u objetos conocidos. Un speaker comienza a caldear el ambiente durante los preliminares mientras que los autorizados perfilan los últimos detalles. «Bienvenidos a la fiesta de revelación de secretos. ¿Quiénes serán los diez elegidos? La suerte está aquí, a mi izquierda, en el bombo. ¿Y el indultado por la puja? ¿Desvelaremos in life, en la pantalla panorámica, alguna acción inconfesable de nuestros convecinos? Mientras llega la hora del inicio, vamos a visionar unos anuncios promocionales de nuestros patrocinadores. La suma cobrada por estas cuñas, junto con las cuotas pagadas por miembros de la Hermandad, lo que se recaude de las entradas que se han expedido para la ceremonia y el montante que alcance la subasta, sufragarán los gastos necesarios para que la puesta en marcha de este incomparable evento sea posible. Una parte irá destinada a costear la rehabilitación de los metomentodo e injuriadores reincidentes confinados en las casas de difamación, sometidos a intensas terapias de choque. Esperemos volverlos a tener pronto entre nosotros».

         De lo que no está informada la mayoría de la población y, para los Hermanos del turno también ha supuesto una sorpresa, es que la Hermandad firmó un convenio años atrás, coincidiendo con la elección de la corporación que rige actualmente los destinos del pueblo. En ese concierto se comprometieron ambas partes, a que los profesionales que realizan las revisiones, test mensuales y evaluaciones del grado de recuperación alcanzado por los injuriadores, que son un psiquiatra y un psicólogo, son elegidos por los miembros del Ayuntamiento, con el alcalde a la cabeza, tras un exhaustivo proceso de selección. El juez de paz municipal, que dobla funciones con la concejalía de Seguridad, tiene la última palabra y decide los ingresos en la Casa de Difamación de los casos graves y reincidentes,

 

Durante el año se cometen en la villa actos reprobables. Cuando un hecho inmoral se produce al amparo de la clandestinidad, germina un secreto que es teletransportado, de inmediato, por ángeles custodios etéreos, a las jaulas pajareras. Horas después, el interfecto recibe un SMS en el móvil alertándole de la infracción cometida, si esta ha sido catalogada como venial o grave y comunicándole que, a partir del día siguiente, en horario de mañana, puede pasarse por allí con su cédula identificativa para enjaular un objeto que facilite la redención.

—Deja el móvil ya, cojones. No sabéis vivir sin él.

—Estoy esperando una llamada urgente.

—Ni que fueses ministro en vez de tendero. Leandro, durante la hora larga que dura la partida todo lo demás tiene que pasar a segundo plano. El próximo día le voy a decir a Diego que recoja los aparatejos y los coloque en una repisa, detrás de la barra. Si atiendes las urgencias un rato después no creo que se hunda el mundo. —Cambia el tono al percibir que el rostro de Leandro se tensa—. ¿Pasa algo malo en tu casa?

—No. Fidel. Nada importante. Sigamos jugando ¡Arrastro!

—Pues cualquiera lo diría con la carita que se te ha quedado cuando mirabas el teléfono.

—Echa la carta ya, que te toca. Déjate de fisgoneos. Tú no tienes móvil, pero estás más pendiente de todos que del juego.

—Sin faltar. Si os vigilo es para que no se me pase ninguna seña.

Leandro acaba de recibir el mensaje por el que se le comunicaba que se le había detectado un comportamiento inadecuado.

Si el secreto es venial el objeto será de menos valor. Si se trata de uno grave, el artículo deberá ser significativo para el infractor, no necesariamente caro, más bien de valor íntimo o sentimental. Hay un cuadro de equivalencias y un listado de enseres a disposición de cualquier habitante de Villa Ecuánime en la página web del ayuntamiento. Las jaulas se encuentran custodiadas en una gran nave del polígono industrial. El guardián, ubicado en la garita, les facilitará la llave con un número que coincidirá con el código del mensaje y con el cajetín correspondiente. La tendrán que devolver a la salida.

 

Entre el público, algunos se impacientan más de lo aconsejable y empiezan a protestar deslizándose por terrenos pantanosos: «Vengo aquí desde mi mayoría de edad. Las pocas veces que han salido las bolas del alcalde, del cura, del boticario, en fin, de algún miembro de las fuerzas vivas, ¡oh, casualidad!, han sido indultadas por alcanzar el precio más alto en la subasta. Los seleccionados en el sorteo tienen prohibido pujar, pero bajo cuerda se encargan de que otros lo hagan por ellos. Esto es una engañifa. Siempre se libran los ricos. Sus jaulas nunca se abrirán». Un miembro del equipo directivo, de los ubicados entre el público, para controlar a la concurrencia y evitar algarabías, se dirige al vecino que ha lanzado la soflama. «¿Tienes pruebas de lo que estás diciendo? Porque si las tienes, deberías ponerlas en conocimiento de la Hermandad y si no, no difames ni soliviantes a la gente, no vaya a ocurrir una desgracia, que la masa inflamada es incontrolable». Saca un talonario del bolsillo interior de la chaqueta y expende una sanción por valor de veinticinco patacones. «Tendrás que pasar mañana por la nave jaulera y hacerla efectiva». «Hijo de Satanás», masculla por lo bajo el soflamero mientras se guarda la multa.

Las guardesas aparecen sobre el escenario, en fila y cimbreando el cuerpo con gracia. Vanesa aparece en cabeza y marca el ritmo a sus compañeras. Han ido a cambiar de calzado, remarcarse el carmín de los labios, pintarse la raya del ojo. En fin, a darse los últimos retoques entre bastidores. Son recibidas con aplausos, piropos y lanzamiento de sombreros. El maestro de ceremonias consigue, a duras penas, aplacar la euforia. Aunque el silencio no es absoluto, decide comenzar. Lee los nombres que se corresponden con los números que van saliendo del bombo. Se alinean las jaulas por orden de salida. De las diez, cinco están vacías —se apartan a una esquina del escenario—; dos contienen un único objeto; una, dos; otra, cuatro y la última —la del alcalde—, está casi llena. El speaker anuncia el inicio de la subasta, la que acabará con el indulto. En la pantalla aparecen los nombres de los cinco finalistas.

En esta ocasión, «Hermanos» secretos, sin brazalete ni señal identificativa alguna, se han infiltrado entre el público. Los conchabados han sido descubiertos en el momento del soborno y han sido expulsados del recinto. El duelo se presenta reñido, se van produciendo varias pujas interpuestas y el orden de los afectados va variando, sobre impresionados en la pantalla. «dos mil diez patacones a la una, dos mil diez patacones a las dos, ¿nadie da más?, ¡adjudicado! El indultado de este mayo es Nicolás Barandalla López. Pásese por aquí el rematante y se le hará entrega de la jaula con todo lo que contiene. Los secretos de los cuatro restantes saldrán a la luz». El alcalde abandona la escena en silencio. La muchedumbre le abre pasillo.

 

Cuando el objeto se extrae de la jaula, el hecho inmoral o censurable se proyecta sobre la pantalla como si de una escena de película de cine se tratase. La apertura de las tres primeras ha supuesto una ligera decepción. Secretos veniales, consistentes en pequeños fraudes monetarios: cuentas interpuestas, dinero en B para pagar a los trabajadores. Uno de ellos, el que ha producido más morbo, una infidelidad, pero era casi de dominio público, así que poca chicha. Todos esperan impacientes a que se abra la jaula del alcalde. Guardan silencio. La voz del locutor lo rompe: «Atención, damas y caballeros. Debido al bochorno reinante, se están produciendo algunos mareos por golpes de calor que están siendo atendidos por el personal sanitario contratado al efecto. Me comunica la comisión organizadora que, debido a este imponderable, sólo se extraerán de la última jaula tres objetos. Los de más valor, que el jurado ha considerado que son el reloj, el catalejo y la Santa Biblia». Empiezan a oírse abucheos y silbidos. «Las piezas elegidas no son precisamente archiperres. Son efectos de gran importancia y ese factor coincide con los secretos más punibles, la carnaza que tanto placer os produce. Escarnio y fisgoneo a partes iguales». Esa frase sosiega un poco a la masa.

«Procedamos, pues con el catalejo». Cuando lo saca de la jaula aparece un pequeño círculo en la pantalla, que va abriéndose poco a poco hasta ocuparla casi por completo. Se distingue a un grupo de encapuchados dando una sarta de palos a un vecino. Se trata de Nicolás, el rematante de la subasta. Fue comentado, tiempo atrás, que había interpuesto una denuncia por prevaricación contra el alcalde y la había retirado de un día para otro. Se decretó la expropiación de unos terrenos de su propiedad por una indemnización irrisoria. En la imagen se oye al cabecilla de los encapuchados amenazarlo: «Y esto no va a ser nada con la que te va a caer como no la quites. Y la boquita bien cerrada». En una escena posterior se observa al señor alcalde pagando a los matones por el encargo. No son conocidos del pueblo. Los murmullos van creciendo, pero son acallados con bisbiseos. El conductor del acto extrae el reloj. Aparece una pareja en la cama haciendo el amor. Se oyen jadeos y gemidos, amplificados por los bafles, en toda la plaza. Se distingue el brillo en sus cuerpos sudorosos. Al fin se detienen. Les falta el aliento. La cámara ofrece un primer plano de sus caras. Se trata de Genoveva, la pescadera y Manolo, el alcalde. Ambos felizmente casados, pero no entre sí. ¡Oooooh! Una exclamación espontánea de la multitud invade el lugar. La imagen se funde a negro. Sólo queda extraer la Santa Biblia, el último objeto del año. La siguiente escena transcurre en la habitación de un hospital. Genoveva está en la cama amamantando a María, su hija, que nació dos meses atrás. El alcalde permanece de pie, junto a las dos. No hay más personas en el cuarto.

—Cariño, nunca debe saberse que esta criatura es hija mía. Hazte cargo. No le faltará de nada. Toma cien patacones para que afrontes los primeros gastos, ya quedaremos en cómo te hago llegar las entregas mensuales.

—No es tan fácil. Mi marido va a sospechar.

—Confío en ti. Eres habilidosa. Sabrás vendérselo. Le hará ilusión tener descendencia.

—Qué cara tienes. Ya hablaremos más despacio. Mi silencio te saldrá caro.

—No te preocupes por eso. Hay mucho terreno sin recalificar. No dejaremos de llegar a un acuerdo.

Durante dos minutos, un silencio sepulcral invade el recinto. Después, empieza el movimiento en el escenario. El personal inicia el desmontaje del tinglado. Las guardesas bajan las jaulas del árbol y las vacían dentro de un círculo vallado. Las cargan en el camión. El «Hermano Mayor» enciende una tea y la lanza sobre los objetos que arden con facilidad. Mientras esto ocurre, el locutor toma de nuevo la palabra. Ahora su voz se nota más apagada. «Terminamos como todos los años con el fuego purificador, quemando los exvotos que no han salido a la palestra, aunque, como sabéis, los secretos que contienen siguen latentes y pueden aparecer en pujas posteriores. Nos despedimos con los espacios de propaganda electoral, recordándoles que el domingo tienen una cita con las urnas».

  El camión abandona lentamente la plaza que se encuentra ya semivacía. En la pantalla aparece la imagen de Manolo, el alcalde, trajeado y repeinado. «Todas las encuestas nos son favorables. Llevamos muchos años gobernando sin hurtar un patacón del bolsillo del contribuyente. Con honradez, seriedad, sin escándalos. Trabajando día y noche por y para la prosperidad de Villa Ecuánime. Así continuaremos si ustedes nos otorgan su confianza».

jueves, 3 de abril de 2025

Sincericidio

 

Despierto sudoroso, envuelto en oscuridad. Tribulaciones me acometen. Todos no pueden estar equivocados. Toco las sábanas, hacia mi izquierda. Palpo con cuidado, con las yemas de los dedos, hacia arriba y hacia abajo. No hay bulto. Están lisas y frías. Ahora recuerdo. Se ha ido. Qué desagradecida. No, quizá tenía razón. Tengo que analizarlo. Era la última bala. Joder.

En el trabajo me dan de lado y sólo conversan conmigo en asuntos estrictamente laborales. En cuanto me salgo de ese ámbito se muestran remisos. No encuentro compañeros para salir a desayunar. No sé si podré aguantar tanta hostilidad durante mucho tiempo. Su cambio de actitud me ha descuadrado. Ha sido paulatino, analizándolo en retrospectiva. Aun así, me parece desproporcionado. El último en desdeñarme ha sido Manuel.

—¿Te pasa algo, Manuel? Te noto raro.

—Pues sí, Pedro. Estoy jodido. A ti no te voy a engañar.

—¿Te apetece que desayunemos juntos y me lo cuentas?

—No sé —dudó, mostrando una mirada recelosa.

—Sabes que puedes contar conmigo para lo que quieras.

—Está bien, aunque te temo. Puede resultar un arma de doble filo.

—Tonterías. Te diré lo que pienso desde el cariño. ¿O no nos conocemos?

—Pues porque te conozco, precisamente, es por lo que estoy escamado, pero lo necesito. Vamos para allá.

Un rato después, en la cafetería, Manuel se confesaba. Por el camino fue cabizbajo y no soltó prenda. Se le notaba afectado. Me contó que Marisa, su chica, había cortado con él. Se había enamorado de un compañero de la oficina. Se tomó su tiempo para decírselo porque tenía que estar absolutamente convencida. Lo apreciaba, pero lo que era pasión, o sencillamente amor, hacía tiempo que había desaparecido. Él también notó que los encuentros impetuosos y los revolcones improvisados se habían ido espaciando. Ni siquiera seguían una rutina en el sexo, pero seguía enamorado y se le había caído el suelo bajo los pies después de esa última confidencia. Marisa deseaba que quedasen como amigos. No quería escenas. No haber tenido hijos facilitaría el papeleo.

—¿Y se ha quedado tan fresca? Pues escúchame lo que te digo: Lo tuyo con Marisa no tenía futuro. No pegabais ni con cola. Aunque te haya pillado en frío, te digo que te tienes que valorar, Manuel. Era una prepotente. Te lo podía suavizar, pero por la amistad que nos une te tengo que decir las cosas claras. La semana que viene se te habrá pasado el berrinche y la siguiente habrás recuperado el ánimo y andarás buscando nuevas aventuras. ¿Qué te parece lo que te auguro?

Que con menos comprensión también se apaña uno. Me dejas chafado.

 

Las amistades, después de la ruptura con Cristina, son inexistentes. No me devuelven las llamadas ni me contestan a los Wasap. Es cierto que me habían venido de su parte y se habían estrechado durante los años de nuestra relación. Pensaba que su afecto era sincero y que, al menos, alguna se mantendría. Pero no. Han pegado la espantada en su totalidad dejándome como un perro sin amo.

Las pocas que tenía, antes de que Cristina entrase en mi vida, se habían diluido con el paso de los años por distintas circunstancias. Se fueron alejando. Bueno, a fuer de ser sincero, se trató de un distanciamiento recíproco. Cuando conocí a Cristina, espacié mis encuentros con ellos. Me negué a compartirla. Algunos se extrañaron, los menos. Aunque eso influyera, el motivo fue otro. Me dijeron que mi sinceridad les exasperaba. Parece mentira. Siempre he sido de dar consejos a los cercanos, con los que tengo confianza, es la sal de la vida, aunque la gente no lo agradece y salta con algún desaire a las primeras de cambio.


—Fabián, te voy a ser franco.

—Pues cuidado con esas tonterías porque si me chivo te pueden enchironar.

—No te entiendo.

—Por la ley de Memoria Democrática. Nunca emplearás el nombre del dictador en vano so pena de presidio.

—Qué jocoso te veo. Compruebo que es verdad la despreocupación que destiláis las personas como tú.

—¿Y que tipo de persona soy yo según tu opinión, científicamente testada?

—No me lo tomes a mal, la cachaza te delata y estás feo de lo gordo.

—¿Cómo?

—Que te estás abandonando. Hace meses que no coincido contigo. Seguro que comes y bebes sin tasa ni medida y no vas al gimnasio ni haces ningún tipo de ejercicio. ¿Me equivoco? —al tiempo que se lo decía, le di un pellizco retorcido en la lorza izquierda, lo que le hizo dar un respingo.

—¿Cómo puedes ser tan burdo?, Pedro.

—Es lo que ven mis ojos y tenemos la amistad y confianza suficiente para no andarme con circunloquios.

—¿Y ahora me dirás que lo haces porque me quieres bien?

—Exacto.

—Pues nadie te ha pedido opinión, boca chancla.

—Hazme caso. Ese cuerpazo tira para atrás a cualquiera.

—Déjame en paz.

Por estos y otros sincericidios me veo hoy en la más absoluta soledad. En cuanto desembuchaba la primera exhortación, apuraban su consumición precipitadamente, inventaban cualquier excusa sobre la marcha y abandonaban el local sin girar la cabeza y a paso ligero. Qué lejos han quedado aquellas ocasiones en que me escuchaban sin hacer aspavientos y solían hacer caso a mis recomendaciones. De un tiempo a esta parte, todo el mundo parece tener la piel muy fina.

Es superior a mí. No puedo sujetarme cuando observo algo que me parece reprochable. Bien es cierto, que otras veces he patinado por adelantarme a la hora de mostrar interés o curiosidad.

—Enhorabuena, Belén.

—¿Por qué me la das?

—Por qué va a ser. ¿De cuantos meses estás?

—De ninguno, Pedro. Como te pasas.

—¡Ahí va! Serán gases.

—A ti sí que te voy a rociar de gas pimienta por impresentable.

—Oye, chica, no te pases, que se puede dialogar sin emplear exabruptos.

Y es que otro de los defectos que me achacaban los que se llamaban mis amigos es que carecía de empatía y que era un orgulloso, porque nunca pedía perdón. Es verdad que no me disculpaba, aunque el error fuese grueso, pero no era por orgullo ni por soberbia, era porque me daba corte y entendía que no era para tanto escándalo. En fin, que, si no les gustaba mi carácter, para que los quería tener como amigos. Que se fuesen a la mierda. Y así, poco a poco, el que se ha ido a la mierda he sido yo.

No lo vi venir. Cuando la que se hartó de mí y de mis recomendaciones fue Cristina, era demasiado tarde. La hostia ha sido tremenda.

—No me gusta ese jersey de cuello alto que te has comprado. Con ese cuerpo serrano pareces una morcilla de Burgos. Cuando te conocí tenías hechuras de violín, pero ahora las tienes de violonchelo. Ese tipo de prendas no es para ti.

—Te quería mucho, Pedro, pero cada día estoy más harta de tus groserías.

—Vamos a ver. ¿Después de diez años de convivencia me dices que los consejos que te doy son groserías? Pues te ha venido de perlas seguirlos algunas veces. Hasta tú misma me lo has dicho.

—¡Una vez! dos a lo sumo. Cuando te he pedido opinión veo razonable que me la des. Ya veré yo si te hago caso o no. Pero han sido casos puntuales. ¿Meto yo las narices en tus cosas? Pues eso.

—Pues, si en la vida de pareja hay que andarse con evasivas y eufemismos, apaga y vámonos.

—Me sacas de mis casillas. Qué eufemismos ni que hostias. Que me dejes en paz, que no me sueltes insolencias disfrazándolas de condescendencia

—Sabes que no me gusta que digas tacos.

—¡Vete a tomar por culo!

—Te voy a ser sincero. No te reconozco.

—Y menos que me vas a reconocer.

—¿Por qué dices eso?

—Porque voy a coger el portante.

—Relaja, mujer. ¿Es que no me vas a aguantar una broma?


—No quieras arreglarlo así, ya no cuela. No es una broma o una insolencia más.  Es la gota que ha colmado el vaso. Hace tiempo que dejamos de tener connivencias, pero ahora lo que se me hace cuesta arriba es mantener la convivencia.

 

Ayer se fue, recogió sus cosas cuando estaba en el trabajo y me envió un wasap. Que frío ha resultado todo. Qué prisa se ha dado. Pensaba que iba a recapacitar. Me ha sorprendido su determinación. Estoy aislado. ¿A quién alecciono ahora?