jueves, 3 de abril de 2025

Sincericidio

 

Despierto sudoroso, envuelto en oscuridad. Tribulaciones me acometen. Todos no pueden estar equivocados. Toco las sábanas, hacia mi izquierda. Palpo con cuidado, con las yemas de los dedos, hacia arriba y hacia abajo. No hay bulto. Están lisas y frías. Ahora recuerdo. Se ha ido. Qué desagradecida. No, quizá tenía razón. Tengo que analizarlo. Era la última bala. Joder.

En el trabajo me dan de lado y sólo conversan conmigo en asuntos estrictamente laborales. En cuanto me salgo de ese ámbito se muestran remisos. No encuentro compañeros para salir a desayunar. No sé si podré aguantar tanta hostilidad durante mucho tiempo. Su cambio de actitud me ha descuadrado. Ha sido paulatino, analizándolo en retrospectiva. Aun así, me parece desproporcionado. El último en desdeñarme ha sido Manuel.

—¿Te pasa algo, Manuel? Te noto raro.

—Pues sí, Pedro. Estoy jodido. A ti no te voy a engañar.

—¿Te apetece que desayunemos juntos y me lo cuentas?

—No sé —dudó, mostrando una mirada recelosa.

—Sabes que puedes contar conmigo para lo que quieras.

—Está bien, aunque te temo. Puede resultar un arma de doble filo.

—Tonterías. Te diré lo que pienso desde el cariño. ¿O no nos conocemos?

—Pues porque te conozco, precisamente, es por lo que estoy escamado, pero lo necesito. Vamos para allá.

Un rato después, en la cafetería, Manuel se confesaba. Por el camino fue cabizbajo y no soltó prenda. Se le notaba afectado. Me contó que Marisa, su chica, había cortado con él. Se había enamorado de un compañero de la oficina. Se tomó su tiempo para decírselo porque tenía que estar absolutamente convencida. Lo apreciaba, pero lo que era pasión, o sencillamente amor, hacía tiempo que había desaparecido. Él también notó que los encuentros impetuosos y los revolcones improvisados se habían ido espaciando. Ni siquiera seguían una rutina en el sexo, pero seguía enamorado y se le había caído el suelo bajo los pies después de esa última confidencia. Marisa deseaba que quedasen como amigos. No quería escenas. No haber tenido hijos facilitaría el papeleo.

—¿Y se ha quedado tan fresca? Pues escúchame lo que te digo: Lo tuyo con Marisa no tenía futuro. No pegabais ni con cola. Aunque te haya pillado en frío, te digo que te tienes que valorar, Manuel. Era una prepotente. Te lo podía suavizar, pero por la amistad que nos une te tengo que decir las cosas claras. La semana que viene se te habrá pasado el berrinche y la siguiente habrás recuperado el ánimo y andarás buscando nuevas aventuras. ¿Qué te parece lo que te auguro?

Que con menos comprensión también se apaña uno. Me dejas chafado.

 

Las amistades, después de la ruptura con Cristina, son inexistentes. No me devuelven las llamadas ni me contestan a los Wasap. Es cierto que me habían venido de su parte y se habían estrechado durante los años de nuestra relación. Pensaba que su afecto era sincero y que, al menos, alguna se mantendría. Pero no. Han pegado la espantada en su totalidad dejándome como un perro sin amo.

Las pocas que tenía, antes de que Cristina entrase en mi vida, se habían diluido con el paso de los años por distintas circunstancias. Se fueron alejando. Bueno, a fuer de ser sincero, se trató de un distanciamiento recíproco. Cuando conocí a Cristina, espacié mis encuentros con ellos. Me negué a compartirla. Algunos se extrañaron, los menos. Aunque eso influyera, el motivo fue otro. Me dijeron que mi sinceridad les exasperaba. Parece mentira. Siempre he sido de dar consejos a los cercanos, con los que tengo confianza, es la sal de la vida, aunque la gente no lo agradece y salta con algún desaire a las primeras de cambio.


—Fabián, te voy a ser franco.

—Pues cuidado con esas tonterías porque si me chivo te pueden enchironar.

—No te entiendo.

—Por la ley de Memoria Democrática. Nunca emplearás el nombre del dictador en vano so pena de presidio.

—Qué jocoso te veo. Compruebo que es verdad la despreocupación que destiláis las personas como tú.

—¿Y que tipo de persona soy yo según tu opinión, científicamente testada?

—No me lo tomes a mal, la cachaza te delata y estás feo de lo gordo.

—¿Cómo?

—Que te estás abandonando. Hace meses que no coincido contigo. Seguro que comes y bebes sin tasa ni medida y no vas al gimnasio ni haces ningún tipo de ejercicio. ¿Me equivoco? —al tiempo que se lo decía, le di un pellizco retorcido en la lorza izquierda, lo que le hizo dar un respingo.

—¿Cómo puedes ser tan burdo?, Pedro.

—Es lo que ven mis ojos y tenemos la amistad y confianza suficiente para no andarme con circunloquios.

—¿Y ahora me dirás que lo haces porque me quieres bien?

—Exacto.

—Pues nadie te ha pedido opinión, boca chancla.

—Hazme caso. Ese cuerpazo tira para atrás a cualquiera.

—Déjame en paz.

Por estos y otros sincericidios me veo hoy en la más absoluta soledad. En cuanto desembuchaba la primera exhortación, apuraban su consumición precipitadamente, inventaban cualquier excusa sobre la marcha y abandonaban el local sin girar la cabeza y a paso ligero. Qué lejos han quedado aquellas ocasiones en que me escuchaban sin hacer aspavientos y solían hacer caso a mis recomendaciones. De un tiempo a esta parte, todo el mundo parece tener la piel muy fina.

Es superior a mí. No puedo sujetarme cuando observo algo que me parece reprochable. Bien es cierto, que otras veces he patinado por adelantarme a la hora de mostrar interés o curiosidad.

—Enhorabuena, Belén.

—¿Por qué me la das?

—Por qué va a ser. ¿De cuantos meses estás?

—De ninguno, Pedro. Como te pasas.

—¡Ahí va! Serán gases.

—A ti sí que te voy a rociar de gas pimienta por impresentable.

—Oye, chica, no te pases, que se puede dialogar sin emplear exabruptos.

Y es que otro de los defectos que me achacaban los que se llamaban mis amigos es que carecía de empatía y que era un orgulloso, porque nunca pedía perdón. Es verdad que no me disculpaba, aunque el error fuese grueso, pero no era por orgullo ni por soberbia, era porque me daba corte y entendía que no era para tanto escándalo. En fin, que, si no les gustaba mi carácter, para que los quería tener como amigos. Que se fuesen a la mierda. Y así, poco a poco, el que se ha ido a la mierda he sido yo.

No lo vi venir. Cuando la que se hartó de mí y de mis recomendaciones fue Cristina, era demasiado tarde. La hostia ha sido tremenda.

—No me gusta ese jersey de cuello alto que te has comprado. Con ese cuerpo serrano pareces una morcilla de Burgos. Cuando te conocí tenías hechuras de violín, pero ahora las tienes de violonchelo. Ese tipo de prendas no es para ti.

—Te quería mucho, Pedro, pero cada día estoy más harta de tus groserías.

—Vamos a ver. ¿Después de diez años de convivencia me dices que los consejos que te doy son groserías? Pues te ha venido de perlas seguirlos algunas veces. Hasta tú misma me lo has dicho.

—¡Una vez! dos a lo sumo. Cuando te he pedido opinión veo razonable que me la des. Ya veré yo si te hago caso o no. Pero han sido casos puntuales. ¿Meto yo las narices en tus cosas? Pues eso.

—Pues, si en la vida de pareja hay que andarse con evasivas y eufemismos, apaga y vámonos.

—Me sacas de mis casillas. Qué eufemismos ni que hostias. Que me dejes en paz, que no me sueltes insolencias disfrazándolas de condescendencia

—Sabes que no me gusta que digas tacos.

—¡Vete a tomar por culo!

—Te voy a ser sincero. No te reconozco.

—Y menos que me vas a reconocer.

—¿Por qué dices eso?

—Porque voy a coger el portante.

—Relaja, mujer. ¿Es que no me vas a aguantar una broma?


—No quieras arreglarlo así, ya no cuela. No es una broma o una insolencia más.  Es la gota que ha colmado el vaso. Hace tiempo que dejamos de tener connivencias, pero ahora lo que se me hace cuesta arriba es mantener la convivencia.

 

Ayer se fue, recogió sus cosas cuando estaba en el trabajo y me envió un wasap. Que frío ha resultado todo. Qué prisa se ha dado. Pensaba que iba a recapacitar. Me ha sorprendido su determinación. Estoy aislado. ¿A quién alecciono ahora?

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