sábado, 9 de enero de 2021

HISTORIAS DEL SIGLO PASADO. «UN DÍA CUALQUIERA»

 

Al volver la vista atrás y abstraerse una miaja del devenir cotidiano, uno se da verdaderamente cuenta de que el tiempo ha transcurrido no ya deprisa, sino a velocidad de vértigo; nos invade la nostalgia y tomamos conciencia de que parece que fue ayer cuando dábamos los primeros tropezones en las calles de esta villa o acudíamos al convento al cuidado de la hermana Mangas y el resto de monjas, pero la triste realidad es que han pasado un brazao de años, ¡pero si hemos mudado hasta de siglo! Al resguardo de esta morriña me manó la idea de escribir algún breve relato sobre como era la vida cotidiana de este pueblo para un niño de la generación chiripitiflaútica, y esto es lo que ha salido: 

 

 

El día amaneció claro. Al asomarme a la ventana y mirar hacia la calle fui consciente de que aquella noche había caído una buena pelona. Salí de casa en dirección a las escuelas. El frío cortaba la cara. Al pasar por el pilón comprobé que su superficie estaba completamente helada, a excepción de un esquinazo que algún labrador habría roto sin otra intención que la de permitir que su caballería bebiera antes de partir rumbo a las labores campestres. Por el camino me fui juntando con más niños, que llevaban inevitablemente mi mismo itinerario. Íbamos charlando, jugando con el vaho que formaba nuestro aliento al exhalarlo: «mira como fumo. Celtas emboquillaos». Al llegar a la esquina del estanco entré en la tienda de Teótimo a comprar una caja de seis pinturines y un cuaderno de dos renglones que me hacían falta para mis quehaceres escolares. De la trastienda me llegaron aromas a tostadas y café recién hechos mientras nos despachaba. Al enfilar la cuesta del cuartel surcaba el aire la voz ronca y cadenciosa del hojalatero que venía por la calle Escalona cimbreando su bote humeante para avivar el ascuarril.

Una vez en clase Doña Mali agarró el tambor de Dixan y dirigiéndose al personal espetó: ¡fulano, mengano! ¡a por cascaruletas!. Nos encaminamos hacia el almacén que existía pegado al colegio para llenar el cubo. Demoramos la vuelta a clase, ya que surgió una colosal batalla librada a base de lanzamientos, carreras y aterrizajes forzosos sobre la montonera.

Iglesia. A la derecha el patio de las escuelas, entonces en tierra

Después de haber obtenido el “preciado combustible” llenó con él la estufa y, con una botella de coñac 501, que se encontraba perennemente sobre el alféizar de la ventana, derramó sobre él un chorreón de petróleo, prendió una cerilla (brotó el fuego, se oyó crepitar a las piñotas), y tapó. Una vaharada de humo ascendió por el tubo y salió al exterior. Con el viaje que hicimos tendríamos suficiente para pasar la mañana. 

Aproveché el recreo para echar un par de partidas a las bolas. El envite era “da ellas” y a diez cenazos. Había jugadores muy experimentados y duros de roer; también existían otros que se prodigaban haciendo chamba. Estos últimos me exasperaban. En una ocasión gané y en otra palmé con lo que quedé comido por servido.

Por la tarde repartieron el botellín de leche de tercio por cuenta del gobierno. Algún sibarita, de cuyo nombre no quiero acordarme, llevaba un poco de Cola Cao envuelto en platilla de las tabletas de chocolate (el papel de aluminio era ciencia ficción por entontes) para esparcirlo dentro y no tomársela así, a lo vivo.

Cuando acabaron las clases, los que estábamos apuntados, nos quedamos a “las permanencias”, que eran las precursoras y equivalían a las actividades extraescolares de hoy en día. Una clase de una hora después del horario para reforzar las asignaturas más costosas y los temas más áridos. Recuerdo con especial cariño al matrimonio formado por Amalia Díaz (doña Mali) y Manuel Maroto (don Manuel); la voz grave y cadenciosa de este último en los dictados, distinguiendo todavía la pronunciación b/v ó ll/y, hoy totalmente desaparecida.

Cuando nos dieron suelta, me fui a casa anqueando para dejar la cartera y coger el bocadillo de chorizo de la matanza que mi madre me preparó en un periquete. Salí de nuevo a la calle en busca de divertimento. En la callejilla del Molino se estaba disputando un grandioso partido de fútbol y allí acudí a ver si podía formar parte del espectáculo; “al último que llega le toca portería”, me dijeron. Dejé el bocadillo en la acera y me dispuse a emular a Iríbar. Estaba yo siguiendo los lances del juego desde mí privilegiada atalaya cuando noté una presencia a mi vera; era Tarzán, el perro de Manuel, Gorrufo, que salió a galope tendido hacia el baile con mi bocadillo atravesado en sus fauces; ¡tuuuuuuuuso! jalearon algunos a su paso, lo que hizo que lejos de amainar el trote saliera de estampida y además sin soltar la presa. Me hice a la idea de que ese día me saltaba una comida.

Estuvimos jugando hasta que anocheció, interrumpiendo el juego al paso de las mulas que volvían del campo con su dueño sobre los lomos bien arropado con la manta, o de alguna cabra suelta de las que los particulares dejaban al cuidado de los pastores y, al regresar estos a la portalera al final de la jornada, soltaban por las calles para que acudieran a la casa de sus dueños a pasar la noche.

Levanté la vista, el cielo estaba raso y cuajado de estrellas. Con el frío que hacía no quedaba otra que refugiarse en casa donde nos esperaban los deberes, la cena y la piltra.

Dulces sueños. Mañana será otro día más apasionante todavía.

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