Al volver la vista atrás y abstraerse una miaja del devenir cotidiano, uno se da verdaderamente cuenta de que el tiempo ha transcurrido no ya deprisa, sino a velocidad de vértigo; nos invade la nostalgia y tomamos conciencia de que parece que fue ayer cuando dábamos los primeros tropezones en las calles de esta villa o acudíamos al convento al cuidado de la hermana Mangas y el resto de monjas, pero la triste realidad es que han pasado un brazao de años, ¡pero si hemos mudado hasta de siglo! Al resguardo de esta morriña me manó la idea de escribir algún breve relato sobre como era la vida cotidiana de este pueblo para un niño de la generación chiripitiflaútica, y esto es lo que ha salido:
Una vez en clase Doña Mali agarró el tambor de Dixan y dirigiéndose al personal espetó: ¡fulano, mengano! ¡a por cascaruletas!. Nos encaminamos hacia el almacén que existía pegado al colegio para llenar el cubo. Demoramos la vuelta a clase, ya que surgió una colosal batalla librada a base de lanzamientos, carreras y aterrizajes forzosos sobre la montonera.
Después de haber obtenido el “preciado combustible” llenó con él la estufa y, con una botella de coñac 501, que se encontraba perennemente sobre el alféizar de la ventana, derramó sobre él un chorreón de petróleo, prendió una cerilla (brotó el fuego, se oyó crepitar a las piñotas), y tapó. Una vaharada de humo ascendió por el tubo y salió al exterior. Con el viaje que hicimos tendríamos suficiente para pasar la mañana.
Aproveché
el recreo para echar un par de partidas a las bolas. El envite era “da ellas” y
a diez cenazos. Había jugadores muy experimentados y duros de roer; también
existían otros que se prodigaban haciendo chamba. Estos últimos me exasperaban.
En una ocasión gané y en otra palmé con lo que quedé comido por servido.
Por
la tarde repartieron el botellín de leche de tercio por cuenta del gobierno.
Algún sibarita, de cuyo nombre no quiero acordarme, llevaba un poco de Cola Cao
envuelto en platilla de las tabletas de chocolate (el papel de aluminio era
ciencia ficción por entontes) para esparcirlo dentro y no tomársela así, a lo
vivo.
Cuando
acabaron las clases, los que estábamos apuntados, nos quedamos a “las
permanencias”, que eran las precursoras y equivalían a las actividades
extraescolares de hoy en día. Una clase de una hora después del horario para
reforzar las asignaturas más costosas y los temas más áridos. Recuerdo con
especial cariño al matrimonio formado por Amalia Díaz (doña Mali) y
Manuel Maroto (don Manuel); la voz grave y cadenciosa de este último en los
dictados, distinguiendo todavía la pronunciación b/v ó ll/y, hoy totalmente
desaparecida.
Levanté
la vista, el cielo estaba raso y cuajado de estrellas. Con el frío que hacía no
quedaba otra que refugiarse en casa donde nos esperaban los deberes, la cena y
la piltra.
Dulces
sueños. Mañana será otro día más apasionante todavía.
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