Cuando llegaba el buen tiempo,
generalmente en el mes de mayo, solían dedicar los maestros una tarde a la
semana, más o menos, a salir de paseo. Es decir, pasar la tarde disfrutando en
el campo del tiempo primaveral.
Nosotros astutamente
tentábamos a la suerte; cuando la tarde era apetecible, de las que el sol
apretaba, ya metidos en clase y antes de que entraran los docentes, que solían
quedarse charlando en el pasillo, empezábamos a corear al unísono: «¡de paseeeo,
de paseeeo, de paseeeo!». Unas veces aparecía el profesor en clase pidiendo silencio
inmediato, pero otras se producía un conciliábulo entre ellos en el que el
veredicto resultante era que bajásemos ordenadamente por las escaleras, sin
hacer mucho ruido, con destino al patio. ¡Prueba conseguida!
Nos ponían en fila de a dos y
comenzábamos la marcha. Por el camino íbamos entonando canciones como Vamos
a contar mentiras y otras del mismo tenor. Los destinos más frecuentados
eran tres: la ermita, el pinar y el río de los molinos.
La ermita. Lográbamos transformar su explanada en una superficie polivalente. Podíamos improvisar desde un campo de fútbol colindante con una pista de tenis, mientras otro grupo jugaba al rescate, o se desplazaba hasta una herrén que había a la caída (hoy residencia de la tercera edad), donde en un plis plas montábamos una batalla de moros y cristianos o de lo que se terciara.
Me viene a la memoria una
anécdota de una de aquellas tardes en que bajamos a la falda del olivar. Antonio
y Julián que eran vecinos de esta zona y, por ende, la tenían mas trillada, nos
enseñaron una especie de piedra circular, tallada y con estrías, que sobresalía
por encima del terreno. Ellos, en uno de sus escarceos por esas latitudes, la
habían descubierto. Nos picó la curiosidad de comprobar que era aquello, por lo
que nos pusimos a escarbar la tierra con mucho interés y tesón. Como éramos
muchos y el espacio era reducido fuimos haciendo turnos de tres, hasta que la
piedra quedó al exterior. Se trataba de la basa de una columna y del inicio del
fuste. Emocionados por nuestro descubrimiento subimos a toda velocidad en busca
de los profesores, les hablamos encarecidamente de nuestro hallazgo, pero nos
contestaron con evasivas y a pesar del entusiasmo compartido hicieron pereza y
nos quedamos murrios y sin poder comprobar si aquello fuera de una antigüedad
arcana, si habría más piedras similares enterradas en los alrededores, etc.
Al poco tiempo subimos a echar
un partido a la ermita y, al salir por la puerta trasera, comprobamos con
sorpresa y desencanto que nuestro “tesoro” se encontraba en el jardín de un chalé.
Nos pareció una afrenta, ya que lo considerábamos de nuestra propiedad, con que
ni cortos ni perezosos escribimos un par de anónimos conminatorios, los
arrojamos por encima de la verja, pero los usurpadores no depusieron su actitud
y aquí se acabó la historia de la columna.
Por cierto, hace poco pasé por
el lugar, me acordé de mirar y allí seguía, lo que ocurre es que, lo que en
aquel entonces me pareció grandioso, con el paso de los años y visto desde una
perspectiva adulta ha menguado un poco.
El pinar. Está más
alejado de la población por lo que las veces que íbamos allí solía ser para
todo el día; talega con merienda, cantimplora, etc. Cogíamos carretera y manta
y sitiábamos el campo de fútbol y sus aledaños. Todo el día de esparcimiento
entre los pinos ¡que gozada! ¿Quién me iba a decir a mí entonces, ahora que
estoy metido hasta las trancas en la jungla de asfalto, cuanto iba a añorar esos
alegres ratos?
Allí subíamos por los riscos cual cabras, nos columpiábamos, nos revolcábamos sobre la hierba, corríamos como liebres en huida. Y si de jugar al fútbol se trataba allí estaba el marco incomparable que durante tantos años fue el estadio oficial del equipo almorojano.
Por la tarde todo sudorosos,
polvorientos, desaliñados y ringaos, emprendíamos el camino de regreso
entonando alegres cánticos; al llegar al enclave de los almendros ya
avistábamos el pueblo, lo que nos hacía sacar fuerzas de flaqueza y dar el
último apretón puesto que a la vuelta el camino siempre se hace más largo.
El río de los molinos. Se pone
precioso al inicio de la primavera. En años lluviosos trae bastante agua, la
cual forma cascadas ruidosas de líquido cristalino, sobre todo en el paraje
conocido como charco de la higuera loca o en el de la Olla. En
ambos se producen unos saltos de agua estruendosos y espectaculares en esta
época del año. Aún quedaban restos de los molinos que dan nombre a esta corriente
de agua. Nos servían de muralla medieval en nuestras batallas de buenos y malos
o de resguardo cuando jugábamos al escondite al escondite.
Bajábamos por el camino
cantando, levantando polvo, con la ilusión de cambiar de escenario en tardes tan
calurosas; se podrían considerar como clases de ciencias naturales al aire
libre, ya que a ambos lados del camino había tempranales (todavía labrados),
higueras, almendros y algún que otro huerto con su estanque y su pozo. En
cuanto a la avifauna, algunas veces nos topábamos de manos a boca con alguna
perdiz seguida de su cohorte de perdigones, los cuales salían de naja en cuanto
nos barruntaban. Rabilengos, lagartos, lagartijas y, ya en el río, ranas
y peces que surcaban sus aguas.
En el camino de regreso, ya menos formal y más desenfadado, unos cogían almendrucos para comérselos, otros acedrones; su sabor es demasiado ácido para mi gusto. Yo prefería los chupamieles que te dejan un regustillo dulce.
Cuando llegó a nuestra altura le preguntó: «¿y los niños?», a lo que contestó el interpelado: «Los he mandado al recreo y los he dejado allí jugando»; así que se truncó el asueto, ya que, con buen criterio y para evitar males mayores, el profesor nos dijo que emparváramos para el pueblo no les fuera a pasar algo a los críos.



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