lunes, 8 de febrero de 2021

HISTORIAS DEL SIGLO PASADO(II) -VAMOS DE PASEO-

Cuando llegaba el buen tiempo, generalmente en el mes de mayo, solían dedicar los maestros una tarde a la semana, más o menos, a salir de paseo. Es decir, pasar la tarde disfrutando en el campo del tiempo primaveral.

Nosotros astutamente tentábamos a la suerte; cuando la tarde era apetecible, de las que el sol apretaba, ya metidos en clase y antes de que entraran los docentes, que solían quedarse charlando en el pasillo, empezábamos a corear al unísono: «¡de paseeeo, de paseeeo, de paseeeo!». Unas veces aparecía el profesor en clase pidiendo silencio inmediato, pero otras se producía un conciliábulo entre ellos en el que el veredicto resultante era que bajásemos ordenadamente por las escaleras, sin hacer mucho ruido, con destino al patio. ¡Prueba conseguida!

Nos ponían en fila de a dos y comenzábamos la marcha. Por el camino íbamos entonando canciones como Vamos a contar mentiras y otras del mismo tenor. Los destinos más frecuentados eran tres: la ermita, el pinar y el río de los molinos.

 

La ermita. Lográbamos transformar su explanada en una superficie polivalente. Podíamos improvisar desde un campo de fútbol colindante con una pista de tenis, mientras otro grupo jugaba al rescate, o se desplazaba hasta una herrén que había a la caída (hoy residencia de la tercera edad), donde en un plis plas montábamos una batalla de moros y cristianos o de lo que se terciara.


Me viene a la memoria una anécdota de una de aquellas tardes en que bajamos a la falda del olivar. Antonio y Julián que eran vecinos de esta zona y, por ende, la tenían mas trillada, nos enseñaron una especie de piedra circular, tallada y con estrías, que sobresalía por encima del terreno. Ellos, en uno de sus escarceos por esas latitudes, la habían descubierto. Nos picó la curiosidad de comprobar que era aquello, por lo que nos pusimos a escarbar la tierra con mucho interés y tesón. Como éramos muchos y el espacio era reducido fuimos haciendo turnos de tres, hasta que la piedra quedó al exterior. Se trataba de la basa de una columna y del inicio del fuste. Emocionados por nuestro descubrimiento subimos a toda velocidad en busca de los profesores, les hablamos encarecidamente de nuestro hallazgo, pero nos contestaron con evasivas y a pesar del entusiasmo compartido hicieron pereza y nos quedamos murrios y sin poder comprobar si aquello fuera de una antigüedad arcana, si habría más piedras similares enterradas en los alrededores, etc.

Al poco tiempo subimos a echar un partido a la ermita y, al salir por la puerta trasera, comprobamos con sorpresa y desencanto que nuestro “tesoro” se encontraba en el jardín de un chalé. Nos pareció una afrenta, ya que lo considerábamos de nuestra propiedad, con que ni cortos ni perezosos escribimos un par de anónimos conminatorios, los arrojamos por encima de la verja, pero los usurpadores no depusieron su actitud y aquí se acabó la historia de la columna.

Por cierto, hace poco pasé por el lugar, me acordé de mirar y allí seguía, lo que ocurre es que, lo que en aquel entonces me pareció grandioso, con el paso de los años y visto desde una perspectiva adulta ha menguado un poco.

 

El pinar. Está más alejado de la población por lo que las veces que íbamos allí solía ser para todo el día; talega con merienda, cantimplora, etc. Cogíamos carretera y manta y sitiábamos el campo de fútbol y sus aledaños. Todo el día de esparcimiento entre los pinos ¡que gozada! ¿Quién me iba a decir a mí entonces, ahora que estoy metido hasta las trancas en la jungla de asfalto, cuanto iba a añorar esos alegres ratos?

Allí subíamos por los riscos cual cabras, nos columpiábamos, nos revolcábamos sobre la hierba, corríamos como liebres en huida. Y si de jugar al fútbol se trataba allí estaba el marco incomparable que durante tantos años fue el estadio oficial del equipo almorojano.


Por la tarde todo sudorosos, polvorientos, desaliñados y ringaos, emprendíamos el camino de regreso entonando alegres cánticos; al llegar al enclave de los almendros ya avistábamos el pueblo, lo que nos hacía sacar fuerzas de flaqueza y dar el último apretón puesto que a la vuelta el camino siempre se hace más largo.

 

El río de los molinos. Se pone precioso al inicio de la primavera. En años lluviosos trae bastante agua, la cual forma cascadas ruidosas de líquido cristalino, sobre todo en el paraje conocido como charco de la higuera loca o en el de la Olla. En ambos se producen unos saltos de agua estruendosos y espectaculares en esta época del año. Aún quedaban restos de los molinos que dan nombre a esta corriente de agua. Nos servían de muralla medieval en nuestras batallas de buenos y malos o de resguardo cuando jugábamos al escondite al escondite.

Bajábamos por el camino cantando, levantando polvo, con la ilusión de cambiar de escenario en tardes tan calurosas; se podrían considerar como clases de ciencias naturales al aire libre, ya que a ambos lados del camino había tempranales (todavía labrados), higueras, almendros y algún que otro huerto con su estanque y su pozo. En cuanto a la avifauna, algunas veces nos topábamos de manos a boca con alguna perdiz seguida de su cohorte de perdigones, los cuales salían de naja en cuanto nos barruntaban. Rabilengos, lagartos, lagartijas y, ya en el río, ranas y peces que surcaban sus aguas.

En el camino de regreso, ya menos formal y más desenfadado, unos cogían almendrucos para comérselos, otros acedrones; su sabor es demasiado ácido para mi gusto. Yo prefería los chupamieles que te dejan un regustillo dulce.

Voy a contar un sucedido con respecto a una de esas tardes. Estábamos en clase y don Jorge Cruz, el torrijeño, nos convoca a Antonio y a mí para decirnos que bajemos al curso de primero a cuidar, pues no había venido el profesor. Así lo hicimos, pero una vez allí yo recelaba del por qué nos había mandado a nosotros y no a los que solía enviar habitualmente. Así que le dije a Antonio: «voy a subir a por un libro para estudiar» mientras cuidamos; Me da su aquiescencia y cuando llego a clase se confirman mis sospechas. El aula estaba vacía y todos los libros cerrados encima de las mesas. «¡Nos la han metido doblá!» Mi primera intención fue comunicárselo a mi amigo, pero egoístamente pensé: «si se lo cuento nos quedamos los dos sin paseo, porque estos se han ido de paseo como yo me llamo Salvador». Así que decidí pasar agachado por debajo de los ventanales y una vez en las casas nuevas iniciar galope tendido en busca del grupo. Llegué al río y confirmé que mis barruntos tenían fundamento. Allí estaban todos, que se rieron las muelas al verme aparecer, pero don Jorge dejó de carcajear cuando vio emerger en la lejanía a Antonio que se acercaba a trote lobo

Cuando llegó a nuestra altura le preguntó: «¿y los niños?», a lo que contestó el interpelado: «Los he mandado al recreo y los he dejado allí jugando»; así que se truncó el asueto, ya que, con buen criterio y para evitar males mayores, el profesor nos dijo que emparváramos para el pueblo no les fuera a pasar algo a los críos. 

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