lunes, 3 de marzo de 2025

SEPELIO

 

Esta vez tenía que volver. Eran muchos años fuera del pueblo. Le había llamado su hermana Elisa, con la que no se hablaba desde hacía tiempo y le había comunicado la muerte de su padre. Había decidido ir, aunque ni sus hermanos ni el difunto se lo merecían. Iría al sepelio y punto, ni siquiera haría noche. Se lo había prometido a su madre. Cuando falleció se encontraba en Nueva York y no pudo acudir a despedirla. Este hecho lo seguía atormentando. Ella sí que lo merecía, pero sus desvelos por mantener a la familia unida habían resultado estériles. Era el último servicio que le rendiría.

 

Aparcó el coche al lado del cementerio con la idea de largarse en cuanto acabasen las exequias y los pésames. Cuanto antes mejor. Se acercó a la iglesia dando un paseo. Entró en el bar de enfrente a tomarse un café. Todavía faltaba media hora y prefería observar a través de las cristaleras la llegada de vecinos y allegados.

—Te acompaño en el sentimiento, Alejandro —le dijo el camarero cuando se acercó a la barra.

—Gracias, Esteban. Ponme un cortado y tómate lo que quieras.

—Acabo de desayunar, te lo agradezco. Dichosos los ojos. ¿Tiene que morirse tu padre para dejarte ver por Jadraque? Joder, còmo eres, sabes que aquí somos muchos los que te apreciamos.

—Prefiero no hablar de eso, tengo mis razones para no haber vuelto ¿Qué tal tú? ¿Te casaste? ¿Tienes familia?

—Ah, de eso tampoco sabes nada. No creía que hiciese tanto —sonríe cuando lo mira—. Con Pamela, ya ves, me la dejaste a huevo cuando diste la espantá.

—¿Pamela? Cuánto me alegro, mejor tío no podía encontrar.

—Está dentro, en la cocina, la voy a llamar, se alegrará de saludarte.

—Déjalo, Esteban, que debe estar el cortejo a punto de llegar.

—Sólo será un momento y a ella le va a hacer mucha ilusión —se da la vuelta y desaparece tras unas puertas batientes que hay al fondo a la derecha, dentro del mostrador. Alejandro resopla con fastidio.

Al momento las puertas se abren y tras ellas aparece Esteban de nuevo.

—¿No estaba?

—Ha salido.

—¿No estará en el funeral?

—No me has entendido, amigo —dice soltando una carcajada—. Ha salido por detrás en cuanto se lo he dicho. Ahí la tienes.

Pamela aparece tras la barra con paso decidido buscándolo con la mirada. Cuando va a doblar el esquinazo los ojos de ambos se encuentran. Eso le hace refrenarse un poco, apenas un instante, porque al momento levanta ambos brazos, retoma el ritmo y exclama en voz alta:

—Alejandro, ¡cabronazo! Cuánto te he echado de menos. Ni una carta, ni una llamada, pero ya ves, te sigo queriendo. ¡Ven a mis brazos! —lo come a besos.

—Hola Pamelita ¡Qué efusiva! Ahora no es momento oportuno de dar explicaciones con mi padre de cuerpo presente. Ya vendré sin prisa y charlaremos tranquilamente de todo un poco.

—Ay, Jerbo ¿Te acuerdas de que te llamaba así? Sé de sobra que vendrás a dar explicaciones cuando las ranas críen pelo. Pero, tranquilo, machote. Ahora eso me da igual. Esteban es un tío a carta cabal, apasionado y detallista. Se me pasó aquella alferecía.  Te habrá contado que tenemos una parejita de niños preciosos. Bueno, no tan niños, diecisiete años recién cumplidos, son mellizos.

—Me alegro un montón, de verdad Pamela, por ambos. Siento dejaros, pero acaba de llegar el coche fúnebre.

—Vente después, te invitamos a comer y hacemos sobremesa.

—No sé si podré. Me tengo que ir rápido para Madrid. He pedido permiso en el trabajo.

—Me hago cargo —dice Pamela poniendo los brazos en jarras y moviendo la cabeza arriba y abajo, con tonillo.

 

Sale del bar, cruza la calle. El empleado de la funeraria está abriendo el portón trasero. Sus hermanos, Elisa, Juanjo y Elena están alineados observando la operación. Se pone al lado de Elena, la pequeña, a la que sonríe y saluda con la mirada. Los otros dos amusgan los ojos y tensan el rictus ante su presencia. Cuando la caja ya está en el exterior, sujeta sobre unas borriquetas doradas, el sacerdote reza un responso. Juanjo, sus cuñados Pepe y Alfredo y Venancio, un amigo de la familia, se disponen a introducir el féretro en el templo. Alejandro coge a Venancio del brazo, lo aparta con suavidad y ocupa su lugar.

Durante el trayecto que los llevará a depositar el ataúd frente al altar, se fija en que hay algún hueco libre, pero la iglesia está prácticamente llena. Se sitúa en el primer banco, entre Elisa y Juanjo. Por orden de edad, es la costumbre. A continuación, queda Elena y los cuñados. Escuchan el sermón, muy sentido. Aunque su padre ya no cumplía los ochenta e iba a la iglesia ocasionalmente, su madre era de misa diaria y amiga del cura. En tiempos fue catequista y había organizado más de una colecta para socorrer a los más desfavorecidos. Se trata de una familia muy querida en el lugar.

Cuando termina el funeral, les cuesta un poco salir a la calle por las interrupciones de algunos vecinos que se acercan a dar el pésame sobre la marcha. Ya fuera, se colocan detrás del coche fúnebre por orden de parentesco. Los hermanos, los primeros, después los deudos más cercanos y detrás el resto del personal. Comienza a andar la comitiva en dirección al camposanto procesionando detrás del muerto. Una vez allí, nuevo responso del sacerdote al pie de la tumba. Lo bendice salpicando la caja con el hisopo. Los albañiles proceden entonces a depositarla en el fondo por medio de unas maromas. Tapan el hueco con rasillones provisionales mientras el gentío se encamina hacia la salida.

Durante todo este tiempo, Alejandro no ha cruzado ninguna palabra con sus hermanos. Bueno, con Elena algunas vaguedades, porque es con la única que se lleva y siempre han tenido más afinidad. Con los otros dos nada más que miradas esquivas y recelosas. Se colocan en fila a lo largo del muro que está junto a la entrada siguiendo orden de edad. De sus cuñados sólo se pone Silvia a recibir el pésame, los otros dos pasan del ritual. No se sienten obligados. En los últimos tiempos se han relajado las estrictas costumbres de antaño.

Cuando desfila el último paisano, los parientes cercanos forman un corro. Se miran con semblante serio. Alejandro se acerca y se despide. Se tiene que ir a Madrid. Elena le pide, por favor, que vaya con ellos. Se van a acercar a un bar a comer algo. Sólo será un momento. Duda un poco, pero claudica. Aunque el resto le da cien patadas, siente debilidad por su hermana pequeña y hace demasiado tiempo que no se ven.

Le comenta que no tiene necesidad de mover el coche, que el sitio está cerca y luego puede volver andando a por él. Durante el recorrido se colocan los últimos, cogidos del brazo y comienzan a ponerse al día. Alejandro ha tenido varias relaciones, pero ninguna ha cuajado del todo. Vive sólo en la actualidad. Elena sigue casada con Pepe, tienen una hija de veinte años que está estudiando marketing. No se queja, los dos tienen empleo estable y la niña se defiende con los estudios.

Entran en la cafetería. Piden varias raciones y unas bebidas. Permanecen de pie, en círculo, alrededor de un par de barriles que hacen de mesa. Comienzan divagando, hablando de temas asépticos y socorridos; que ya empieza a hacer frío, que este otoño no ha llovido y las siembras amarillean…hasta que su cuñado Alfredo, que es un boca chancla pregunta a bote pronto:

—Y tú Alex, ¿qué te cuentas? La visita del médico y a salir corriendo como siempre, ¿no?

—Tengo que volver al trabajo —contesta sin meterse en honduras.

Entonces Juanjo que le había estado dedicando miradas sombrías durante toda la mañana se anima a intervenir:

—La legítima y porque no nos queda otra, ¿Te enteras, jetón? No sé cómo tienes el cuajo de aparecer por aquí.

—Juanjo, tengamos la fiesta en paz, sabes que paso de herencia, no he venido por eso, he venido porque se lo prometí a mamá, afortunadamente no me hace falta dinero.

—¿A quién quieres engañar? A nadie le amarga un dulce, aunque tenga otro en la boca y menos a un ansioso como tú. ¿Te acuerdas de madre precisamente ahora? Eras su preferido y ni siquiera apareciste cuando se puso enferma. Le partiste el corazón y hoy vienes a por lo tuyo. Nos conocemos, Alejandrito.

—Sabes que me fue imposible y ella también. Se lo pude explicar a tiempo, a pesar de todo. No quieras buscarme las vueltas que yo también te conozco. Estaba en Nueva York.

—Estamos en el siglo XXI. Nueva York está a diez horas. Pasaste de ella como pasas de todos nosotros, pijillo.

—Juanjo, no quería caer en la provocación, pero tienes el don de sacarme de mis casillas. No vine porque eres un cabronazo. Me avisasteis cuando estaba terminal, ya no tenía sentido. Por eso y por no partirte la cara, al pasarte por el forro una de las últimas voluntades de mamá. Me quedé allí terminando el proyecto más importante de mi vida.

Juanjo tira el vaso contra el suelo, que se hace mil pedazos. Vocea: «¡Te mato, payaso!» y se abalanza sobre Alejandro, hecho una furia. Este lo esquiva. Juanjo no puede frenar a tiempo y va a darse contra uno de los barriles lleno de platos semivacíos. Lo tumba con la inercia produciéndose un gran estrépito al romperse la vajilla contra el suelo. Se levanta de un salto tras el revolcón inesperado. Tiene la camisa chorreando, le brillan las perneras de la grasa de los calamares. Dos cabezas de gambas emergen entre los entre los pelos. La vena de la sien le va a estallar. Se dirige a Alejandro fuera de sí, profiriendo insultos y buscándolo de nuevo. Lo logran sujetar a duras penas, entre familiares, clientes y camareros, que conminan a Alejandro a abandonar el local. Este lo hace sin prisa, pero sin pausa mientras oye a sus espaldas gritar a Juanjo: «Esto te va a pesar. Voy a ir a por ti, ¡chulo de mierda!».

 

Días más tarde, Alejandro está en Madrid trabajando con el ordenador cuando suena el telefonillo.

   Soy Silvia —dice la voz.

   ¿Qué Silvia? —pregunta extrañado.

   La mujer de Juanjo.

   No me jodas, lo que faltaba. No quiero nada con vosotros. ¿A qué has venido? ¿Cómo sabes mi dirección?

   Se la pedí a Elena. Quiero pedirte perdón.

   Perdonada.

   No seas así. Tengo que contarte algo importante. Déjame subir, por favor.

 

No sabe si achacarlo a un momento de debilidad o a haber intuido algo implícito en el ruego. El caso es que se ablanda y pulsa el botón para abrir la puerta.

        Cuando se encuentran, ella le da dos besos como saludo. Se siente violento, esperaba más frialdad tal y como están los ánimos.

        —Silvia, si te ha enviado Juanjo con algún tipo de mensaje es mejor que lo confieses de entrada.

—Él no sabe que estoy aquí.

—Te seré sincero. Me ha sorprendido mucho tu visita y no sé a qué responde. Mi perdón ya lo tienes, dudo mucho que tu marido hiciera ese mismo acto de contrición. Es un gañán, nunca nos hemos tragado. Cuéntame lo que sea y lárgate.

—De acuerdo, así lo haré, pero me va a llevar un tiempo. Aquí de pie y con la puerta abierta nos vamos a quedar pasmados.

—Pasa y siéntate —concede Alejandro entre tenso y mosqueado. Silvia se acomoda en el sofá— ¿Puedes contarme lo que sea, ahora?

—Por supuesto. Luego, si te apetece, abundo en los detalles, pero el resumen es que ese odio cerval que Juanjo siente hacia ti es debido a que nunca te perdonará que se tuviera que quedar en el pueblo trabajando de sol a sol, por tu culpa, mientras te aprovechabas de ello y te ibas a Madrid a vivir la vida loca. Por eso encenaga cualquier conato de reconciliación familiar.  Y después de la bronca del otro día te la tiene jurada, ándate con ojo.

—¿La vida loca? Esa si que es buena. Él no daba más de sí, además de que siempre dijo que no quería libros. Don Manuel fue a hablar con nuestros padres para decirles que me auguraba un futuro prometedor si me iba a estudiar fuera, que merecería la pena el sacrificio. Se encargaría de todo el papeleo incluida la solicitud de la beca. En cuanto a Elisa y Elena, ya sabes, son mujeres. En esa época ni se planteaba esa posibilidad. Pero tuve que trabajar duro, tanto o más que él. Claro que, clavar codos durante noches enteras y vivir con la incertidumbre de los resultados que te podían joder las ayudas, teniendo que volver a los orígenes con el tiempo y el dinero perdidos, dejando a mis padres decepcionados y en la estacada, para tu marido son unas vacaciones pagadas.

—Toma aire. Yo no soy el enemigo Alejandro, es más, me he desplazado hasta aquí para hablar contigo poniendo una burda excusa. No pienso lo mismo que mi marido, es más, empiezo a estar una poco hastiada de lo nuestro.

—Me parece cojonudo lo que me cuentas Silvia, pero ahora sí que me descolocas del todo ¿Por qué me revelas esto si casi no me conoces? Y añades intimidades de vuestra relación ¿Por qué no buscas mejor a una buena amiga que te haga de oreja?

—La verdad es que ni yo lo sé. Amigas, amigas, no tengo. Te haré otra confesión. Nos hemos visto pocas veces, pero siempre me has inspirado confianza, me pareces el más centrado de todos los hermanos.

—¿El friki? ¿El caprichoso? ¿El que pasó olímpicamente de su familia? Me vas a perdonar, pero las pocas veces que hemos coincidido han resultado accidentadas, no me dio tiempo a casi nada, así que sé muy poco de ti y tus circunstancias.

 

Lejos de despachar a Silvia, Alejandro empieza a sentirse cómodo en la conversación que fluye de manera espontánea y deriva hacia lo difícil que resultan las relaciones humanas. La pareja, las amistades, la familia. Silvia le cuenta que piensa muchas veces en cortar por lo sano y tirar todo por la borda.  Está cansada de tanta monotonía y los enganchones son cada vez más frecuentes. En varias ocasiones ha estado a punto de decirle a Juanjo que ya no siente nada por él, de pedirle el divorcio, pero a última hora no da el paso. Por cobardía, por no perder la comodidad en la que está asentada y de la que piensa que va a ser difícil desprenderse. Alejandro le aconseja que, si están las cosas así, le eche valor y se lo diga claramente, pero que vaya con cuidado, que tenga preparada la retirada. Su hermano puede sentirse humillado y salir con cualquier barbaridad. Se ofrece a darle alojamiento mientras encuentra algo. Es en el último sitio en que buscaría Juanjo.

Están sentados sobre el sofá. Le ofrece un café, ella lo rechaza, no le apetece. Tomó un té verde en el bar de la esquina antes de subir. En ese momento se quedan mirando y Alejandro percibe cierto brillo en los ojos de Silvia. Se acerca a ella. Le mira la cara despacio. Tiene los ojos azules y ligeras patas de gallo. Los labios firmes y carnosos. Cómo si un imán le atrajese hacia ellos, se ve impulsado a posar allí los suyos. Los nota húmedos y cálidos. Se dejan caer sobre el sofá comiéndose a besos, caricias y abrazos. Se buscan la piel bajo la ropa. No son capaces de parar. Se van desnudando uno a otro casi sin darse cuenta, pero con una prisa inusitada, entre jadeos y gemidos.

Se despiden dos horas después. Silvia asegura que después de esta tarde intensa ha terminado de decidirse. Se lo dirá mañana y, sin darle tiempo de reacción, se vendrá al piso de Alejandro. Así lo han acordado.

 

Las cosas no salen como estaban previstas porque Juanjo sospechaba desde hacía tiempo y no se para en barras. Cuando Silvia le dice, con gesto serio, que tienen que hablar, está de acuerdo, pero le responde que va un momento a la cocina a beber agua, que tiene la boca seca y aprovecha para meterse un cuchillo bajo la manga.

 

        Cuatro horas más tarde suena el móvil de Alejandro:

        —¿Qué te cuentas Elena?

        —No sabía si decírtelo porque las cosas de la familia te resbalan bastante, pero al final me he decidido.

        —Efectivamente, pero ya que has llamado cuéntame lo que sea. ¿Tan grave es?

        —Juanjo está en el cuartel de la guardia civil, ha dado de cuchilladas a su mujer.

        —¡Valiente hijo de Satanás! —y añade con un hilo de voz— ¿Qué se sabe de Silvia?

        —Los médicos creen que se salvará, pero depende de cómo reaccione en las próximas veinticuatro horas. Está en La Paz. La llevaron a Guadalajara, pero, ante la gravedad de las heridas, han decidido ingresarla allí.

        —¡Mira que se lo advertí! le dije que tuviese mucho cuidado —su voz se va diluyendo, ahogada por sollozos entrecortados.

        —Alex, ¿estás bien? No comprendo lo que dices. Pero si tú a Silvia apenas la conocías. ¿O me equivoco?

        —No, pero sí. Es decir, sí, pero no —Es todo lo que atina a decir.

        —Hermanito, no me vengas con juegos de palabras, sabes que conmigo puedes sincerarte.

        —¿Dónde estás, Elena?

        —Voy para La Paz, Elisa se ha quedado en el pueblo esperando la llegada del abogado de Juanjo.

        —Allí nos vemos. Te pondré al día.

        —Pide un taxi, te noto muy nervioso para conducir.

 

        Quince días después, Alex está hablando con Silvia en la habitación del hospital, se le nota preocupado. Le comenta que Juanjo ya está en la calle. No va a ingresar en prisión hasta que salga el juicio porque, al no haber fallecido la víctima, le han impuesto una fianza hasta que el juez dicte sentencia.

        —Me parece muy fuerte. Luego se les llena la boca con tanta violencia de género.

        —No te preocupes, te entregarán un brazalete precioso. Me alegro mucho de que te estés recuperando, princesa. Pronto te darán el alta y sólo tendrás que volver para rehabilitación y controles rutinarios.

        —La sombra de Juanjo es alargada. Estaré en continua tensión a pesar de la pulsera.

        —Vamos a hacer una cosa. Te vendrás a vivir a mi piso como teníamos hablado. Te acompañaré a todos lados. No te dejaré ni a sol ni a sombra. Pegado a ti como una lapa, con las orejas tiesas y los ojos alerta, igual que un sabueso. Aunque, te advierto que tanta cercanía puede producir comportamientos inapropiados, que mi mente no pueda sujetar a mi cuerpo y este se despache con caricias reiterativas y besos ávidos de correspondencia —dice Alejandro engolando la voz y casi del tirón.

        —No empieces con tus bromas otra vez —le dice Silvia sonriendo con ternura—. En el fondo te lo agradezco. Estos ratos me vienen muy bien para evadirme de la dura realidad que estoy viviendo.

        —Pues lo dicho. Céntrate en ponerte bien, que lo estás haciendo fenomenal y cuanto antes salgas mejor. El ambiente de hospital es agobiante.

 

        Alejandro es un enfermero excelente. Ha hecho una agenda con avisos en el móvil. Ha incluido todos los medicamentos y productos que tiene que tomar Silvia. También las próximas citas. Además, se encuentra muy animado en su compañía. ¿Enamorado? Pues sí. Esa palabra de la que se ha burlado durante toda su vida. Al final se ha apoderado de él un sentimiento desconocido, le ha llegado el amor con mayúsculas. De su cuñada. La vida es una caja de sorpresas.

Se han acostado en la misma cama desde el primer día, aunque, debido a las secuelas todavía recientes de Silvia, han pasado las noches entre curas, confidencias y carantoñas. Esta vez ha surgido el tema de los hijos. Los dos están de acuerdo en que, a pesar del horror, no haberlos tenido va a facilitar los trámites para zanjar la relación sin tener que verse las caras para nada. Hablarán los abogados.

Al mes de estar conviviendo, en otra de las veladas, Alex sorprende a Silvia proponiéndole matrimonio. Ella le contesta que nada le gustaría más, pero le parece precipitado. Se encuentra en trámites de divorcio, pero está casada todavía.

—Puedo esperar. Las gestiones no creo que se alarguen, vistos los antecedentes. ¿Y cuando esté todo ventilado? ¿Accederías entonces?

— Sabes que sí, pero quiero un acto sencillo. Ya tuve un bodorrio como Dios manda y mira cómo ha terminado.

—Sencillísimo. Por el juzgado. Tú, yo, tus padres como testigos y el juez. Para qué más.

—Si viene Elena y un grupo reducido de amigos tampoco me importa. Se lo explicas tú a mis padres. No van a entender una boda justo ahora.

—Estoy deseando. Sabes que les he caído bien, sobre todo a tu madre. Después del mazazo les noto bastante más tranquilos.

—Porque eres un zalamero y los sabes llevar muy bien.

—Bueno, a dormir signorina, que mañana toca revisión.

 

Cómo siempre acuden los dos juntos hasta el hospital. Van dando un paseo. Esta cerca, a tres manzanas. Agarrados del brazo, a un ritmo suave. Silvia está mejor cada día, pero todavía le tiran las cicatrices. De pronto le cambia la cara.

—¿Qué te pasa?

—Me ha parecido que la pulsera vibraba, pero ha sido sólo un momento —Alarga la muñeca hacia Alejandro.

—No percibo nada raro. No luce, ni suena, pero podemos llamar a la policía para curarnos en salud.

—Déjalo, será la maldita obsesión que me hace sentir cosas raras.

 

Se sientan en la sala de espera. Pasan por varias consultas. Por último, se dirigen a la unidad de rayos para que le hagan un TAG. Deben chequear si continúa la evolución favorable de los órganos dañados. Media hora, más o menos, es lo que viene tardando esta prueba. Revisarán desde la cabeza hasta el abdomen. Alejandro lo sabe, así que se despide y baja a tomar un café mientras ella permanece dentro. No lleva ni cinco minutos en la cafetería cuando empiezan a sonar timbres y se anuncia por megafonía que nadie se mueva de donde está. Ha ocurrido un accidente en la tercera planta. Alejandro da un bote. No hace ni caso. Abandona el bar a paso vivo y comienza a subir las escaleras a toda prisa. Al llegar al tercer piso, dos vigilantes de seguridad están delante de la puerta de acceso y le cortan el paso.

—¿Qué ha pasado?

        —Todavía no lo sabemos, pero nos dicen los compañeros que se han oído disparos.

Le entran sudoraciones. Finge darse la vuelta para bajar. Cuenta hasta tres y arremete con todas sus fuerzas empleando la cabeza como ariete contra los vigilantes, que salen despedidos hacia los lados y caen de culo, debido a ese ímpetu inesperado. Accede al interior de la planta. Al fondo distingue a varios policías. Sin pensar en el peligro, de cinco zancadas, se planta ante ellos. Están esposando a un individuo. Lo tienen boca abajo contra el suelo. Parece que no ofrece mucha resistencia. El sujeto gira la cabeza. Al verlo entra en pánico y comienza a sudar a chorros. Siente como le baja agüilla hasta el coxis ¡Es Juanjo!

        En ese momento se abre la puerta, sale por ella el radiólogo, el doctor Sempere. Le acompaña otro médico que tiene el fonendo colgando. Se le nota totalmente ido. Se acerca y le pregunta por Silvia. Casi no le sale la voz. «Ha muerto», susurra con la mirada perdida. Rompe a llorar y entre hipidos añade: «Los compañeros han hecho lo imposible por reanimarla, pero no la han podido salvar. Irrumpió dentro con la escopeta y la disparó varias veces sobre puntos vitales». «¿Cómo es posible? —pregunta Alejandro—. ¿Y la pulsera? Nos dijeron que era fiable al cien por cien». «Los agentes le han encontrado encima un inhibidor potentísimo. No saben cómo lo ha podido conseguir». Alejandro se deja caer de rodillas y se pone a gritar como una fiera herida. Mientras, a su espalda, oye reír a Juanjo: «Se lo advertí y soy un hombre de palabra. De la cárcel se sale, pero del cementerio no, y en cuanto pueda iré a por ti, pijo de mierda, por arruinarme la vida».

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