No es fácil esconder un tesoro, ni siquiera distinguirlo, porque lo que para ti lo es puede no serlo para otra persona. Por eso mismo, a veces, puedes dejarlo a la vista de todo el mundo y pasará de largo, no le hará ningún aprecio. En otras ocasiones, la pátina del tiempo modifica tu percepción y la estima que lo profesabas disminuye. Lo erosiona, le resta brillo, lo transforma, modifica su aspecto y su valor.
Un tesoro puede ser un beso robado a tu hija cuando
está dormida porque cuando está despierta no hay quien se los propine ni se los
arrebate. Alguno suelto tirando de oficio y de manera subrepticia. Cuando era
pequeña se dejaba besuquear y te comía a besos de manera natural. Su cotización
ha aumentado de una forma exponencial, porque se convirtió en anhelo, en rara avis. Dejaste de hacer gracia. Te apeó
del podio. Tiempo después abandonó el hogar y desapareció junto con sus besos.
Esa alhaja se camufló muy bien y permanece fuera de tu alcance. Tras
infructuosos intentos no has sido capaz de hallarla.
Me dijiste que era tu tesoro, no una, infinidad de
veces. Me cuidaste como tal. Con mimo,
con delicadeza para que no me ajara. Fuiste detallista hasta extremos
increíbles. Los días se sucedieron y dejaste de obsequiarme, de prestarme
atención, poco a poco, en principio de modo imperceptible. Quité importancia a
esa dejadez, estabas pasando una mala racha laboral repleta de preocupaciones.
Me engañaba a sabiendas y me quedaba tan pancha.
Tu desatención desembocó en aspereza. Tu genio se
agrió. El tesoro se fue deteriorando a base de desafectos y exabruptos hasta
que modificaste su apariencia exterior, tan nefando.
Hace mucho que dejaste de considerarme tesoro, aun así,
me ocultabas en un lugar arcano, en el que nadie podía verme, ni comprobar mi
estado de conservación, que se ha ido avejentando con el monótono paso de las jornadas,
los miedos y el silencio cómplice de los vecinos. Sin llaves, sin móvil.
Las ganas de vivir menguaron, alcanzaron mínimos.
Me asaltaban las dudas a la hora de elegir entre la cocina y el botiquín. Tenía
que resolverlas y ser capaz de acabar de una vez. Por fin, me armé de valor. Vi
pasar a un policía por la calle, dominé los temblores, abrí la ventana y le pedí
ayuda.
Ahora estoy en un piso de acogida. Me he acordado
de ti porque mis compañeras me hacen halagos, me consideran un tesoro. Me vienen
bien sus ánimos para que, de forma paulatina, con su ayuda, pero por mí misma,
aflore al brocal. La trabajadora social quiere que permanezca oculta. Yo me
resisto, no puedo estar así mucho más tiempo. Le pregunto por qué. Me coge las
manos, me mira a los ojos, esboza una sonrisa y me dice con voz suave,
envolvente, dulce, que ser una joya de incalculable valor tiene ese
inconveniente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario