martes, 18 de marzo de 2025

DÓNDE ESCONDER UN TESORO

 

No es fácil esconder un tesoro, ni siquiera distinguirlo, porque lo que para ti lo es puede no serlo para otra persona. Por eso mismo, a veces, puedes dejarlo a la vista de todo el mundo y pasará de largo, no le hará ningún aprecio. En otras ocasiones, la pátina del tiempo modifica tu percepción y la estima que lo profesabas disminuye. Lo erosiona, le resta brillo, lo transforma, modifica su aspecto y su valor. 

Un tesoro puede ser un beso robado a tu hija cuando está dormida porque cuando está despierta no hay quien se los propine ni se los arrebate. Alguno suelto tirando de oficio y de manera subrepticia. Cuando era pequeña se dejaba besuquear y te comía a besos de manera natural. Su cotización ha aumentado de una forma exponencial, porque se convirtió en anhelo, en rara avis. Dejaste de hacer gracia. Te apeó del podio. Tiempo después abandonó el hogar y desapareció junto con sus besos. Esa alhaja se camufló muy bien y permanece fuera de tu alcance. Tras infructuosos intentos no has sido capaz de hallarla.

Me dijiste que era tu tesoro, no una, infinidad de veces.  Me cuidaste como tal. Con mimo, con delicadeza para que no me ajara. Fuiste detallista hasta extremos increíbles. Los días se sucedieron y dejaste de obsequiarme, de prestarme atención, poco a poco, en principio de modo imperceptible. Quité importancia a esa dejadez, estabas pasando una mala racha laboral repleta de preocupaciones. Me engañaba a sabiendas y me quedaba tan pancha.

Tu desatención desembocó en aspereza. Tu genio se agrió. El tesoro se fue deteriorando a base de desafectos y exabruptos hasta que modificaste su apariencia exterior, tan nefando.

Hace mucho que dejaste de considerarme tesoro, aun así, me ocultabas en un lugar arcano, en el que nadie podía verme, ni comprobar mi estado de conservación, que se ha ido avejentando con el monótono paso de las jornadas, los miedos y el silencio cómplice de los vecinos. Sin llaves, sin móvil.

Las ganas de vivir menguaron, alcanzaron mínimos. Me asaltaban las dudas a la hora de elegir entre la cocina y el botiquín. Tenía que resolverlas y ser capaz de acabar de una vez. Por fin, me armé de valor. Vi pasar a un policía por la calle, dominé los temblores, abrí la ventana y le pedí ayuda.

Ahora estoy en un piso de acogida. Me he acordado de ti porque mis compañeras me hacen halagos, me consideran un tesoro. Me vienen bien sus ánimos para que, de forma paulatina, con su ayuda, pero por mí misma, aflore al brocal. La trabajadora social quiere que permanezca oculta. Yo me resisto, no puedo estar así mucho más tiempo. Le pregunto por qué. Me coge las manos, me mira a los ojos, esboza una sonrisa y me dice con voz suave, envolvente, dulce, que ser una joya de incalculable valor tiene ese inconveniente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario