A la
plaza llega un camión lleno de jaulas, como todos los años, coincidiendo con el
último fin de semana del mes de mayo. Dentro
de ellas permanecen los misterios, los enigmas atrapados durante los últimos
trescientos sesenta y cinco días. Aún no ha amanecido, pero ya clarea. Los miembros
de la Hermandad del Sacro Secreto Enjaulado dirigen la operación. Lucen
brazaletes de color morado. El trazado medieval de las calles aledañas no se
diseñó pensando que transitaran por ellas transportes pesados.

Dentro
de la cabina, el conductor calcula fijándose en las imágenes que se reflejan en
los retrovisores laterales y en la panorámica que se extiende a través de la
luna frontal. Además, sigue las indicaciones que le hacen los Hermanos,
apostados en angosturas, cruces y bocacalles. Pone especial cuidado para librar
los esquinazos y balcones. Las barandillas de estos últimos brillan a relejes cuando
los haces de luz que esparcen los faros del vehículo se posan sobre ellas. Al chófer
le genera un punto de incertidumbre cuando desaparecen las balconadas, casi
rozando, por encima del techo del habitáculo.
Auxilian
a los Hermanos en su labor unas chicas con trajes de faralaes rojos y lunares blancos.
Cortos por delante, los volantes por encima de las rodillas para facilitar la
libertad de movimientos y un poco más largos por detrás, hasta las
pantorrillas. Calzan zapatillas deportivas. A la espalda, con mayúsculas, tienen
impresa la palabra STAFF.
El recinto está acordonado, con
letreros en las bocacalles: «Prohibido el paso a cualquier persona ajena al
evento». El vehículo se detiene frente a un enorme pino anclado al lado derecho
del escenario que se ha ido montando durante los días previos. Un toldo cubre
toda su superficie. El mayo, como se
conoce popularmente al árbol, ha sido escogido y talado en los pinares comunales
y llevado hasta allí por los miembros de la Hermandad que forman parte de la
directiva de este año.
Las
chicas, guardesas electas, tienen entre sus cometidos descargar el camión y
colgar las jaulas en el árbol. Trabajan en equipo, bien coordinadas por Vanesa,
la capitana. Una mujer de tez morena, pelo castaño, estatura media y talle
generoso, lo que no le impide caminar a paso vivo y hablar con unos y otros
sobre la marcha. Se coloca en medio de la plaza y desde allí dirige las
operaciones. A ella se dirigen todas las mujeres cuando tienen alguna duda. Casi
sin moverse del sitio, a base de gestos, voces y silbidos les da las
indicaciones requeridas. De vez en cuando suelta denuestos porque el traje,
demasiado ceñido por la sisa, le impide bracear con brío. «¡Vamos, majas, que
se nos echa el tiempo encima!»
Unas ascienden con gran agilidad por los
laterales a la caja del camión, ayudándose de los huecos de las ruedas y
salientes del portón; otras, subidas en grandes escaleras, que están apoyadas
en el tronco del pino, esperan pacientes. Es un trabajo es delicado, hay que
evitar golpes fortuitos que puedan dañar el contenido. Los «Hermanos» eslabonan la cadena. Trasladan
las jaulas desde el camión hasta los brazos extendidos con los que las reciben
las angelicales mozas, para engancharlas a lo largo de las ramas. Más de la
mitad vienen vacías.
Tienen una cartulina, atada a los
barrotes con cordones, en la que están apuntados el nombre y apellidos del
interesado. También una pegatina con un número correlativo. Al rato, una de las
mujeres desde lo alto del camión dice en alta voz: «esta es la última». Vanesa,
que está conversando con uno de los Hermanos, levanta el brazo con la palma
abierta dándose por enterada. Desciende hasta el suelo, le hace una seña al
conductor a través del espejo retrovisor y este lo aparca en una esquina. Allí permanecerá
hasta que se acabe el acontecimiento y vuelvan a cargar las jaulas, ya
desocupadas. En la visera del vehículo se puede leer la siguiente leyenda: «Ángeles
custodios, secretos bien guardados».
A las ocho comienza la ceremonia con la
intención de terminar antes de que apriete el calor. Esta vez van a empezar más
temprano. Hay que evitar las prisas que, en otras ocasiones, causaron algún
accidente o malentendido. Falta realizar la prueba de sonido final para el
altavoz y los audiovisuales. Sobre el escenario, colocados en fila, hay diez
pares de stilettos rojos con tacón de
aguja y puntera dorada. Asimismo, un bombo con bolas numeradas en su interior y
una gran pantalla de fondo, que tapa parte de la casa consistorial. Una mesa
larga con sillas de anea, situadas a lo largo de uno de sus laterales, completa
el decorado.
Ya falta poco. La gente acude en
tropel. Un runrún en el ambiente invade el recinto. Colocan una lona gigante sobre
el árbol para que nadie pueda distinguir los nombres u objetos conocidos. Un speaker comienza a caldear el ambiente durante
los preliminares mientras que los autorizados perfilan los últimos detalles. «Bienvenidos
a la fiesta de revelación de secretos. ¿Quiénes serán los diez elegidos? La
suerte está aquí, a mi izquierda, en el bombo. ¿Y el indultado por la puja? ¿Desvelaremos
in life, en la pantalla panorámica, alguna
acción inconfesable de nuestros convecinos? Mientras llega la hora del inicio,
vamos a visionar unos anuncios promocionales de nuestros patrocinadores. La
suma cobrada por estas cuñas, junto con las cuotas pagadas por miembros de la Hermandad,
lo que se recaude de las entradas que se han expedido para la ceremonia y el
montante que alcance la subasta, sufragarán los gastos necesarios para que la
puesta en marcha de este incomparable evento sea posible. Una parte irá
destinada a costear la rehabilitación de los metomentodo e injuriadores reincidentes
confinados en las casas de difamación, sometidos a intensas terapias de choque.
Esperemos volverlos a tener pronto entre nosotros».
De lo que no está informada la mayoría
de la población y, para los Hermanos del turno también ha supuesto una
sorpresa, es que la Hermandad firmó un convenio años atrás, coincidiendo con la
elección de la corporación que rige actualmente los destinos del pueblo. En ese
concierto se comprometieron ambas partes, a que los profesionales que realizan
las revisiones, test mensuales y evaluaciones del grado de recuperación alcanzado
por los injuriadores, que son un psiquiatra y un psicólogo, son elegidos por
los miembros del Ayuntamiento, con el alcalde a la cabeza, tras un exhaustivo
proceso de selección. El juez de paz municipal, que dobla funciones con la
concejalía de Seguridad, tiene la última palabra y decide los ingresos en la Casa
de Difamación de los casos graves y reincidentes,
Durante
el año se cometen en la villa actos reprobables. Cuando un hecho inmoral se produce
al amparo de la clandestinidad, germina un secreto que es teletransportado, de
inmediato, por ángeles custodios etéreos, a las jaulas pajareras. Horas después,
el interfecto recibe un SMS en el móvil alertándole de la infracción cometida,
si esta ha sido catalogada como venial o grave y comunicándole que, a partir
del día siguiente, en horario de mañana, puede pasarse por allí con su cédula
identificativa para enjaular un objeto que facilite la redención.
—Deja
el móvil ya, cojones. No sabéis vivir sin él.
—Estoy
esperando una llamada urgente.
—Ni
que fueses ministro en vez de tendero. Leandro, durante la hora larga que dura
la partida todo lo demás tiene que pasar a segundo plano. El próximo día le voy
a decir a Diego que recoja los aparatejos y los coloque en una repisa, detrás
de la barra. Si atiendes las urgencias un rato después no creo que se hunda el
mundo. —Cambia el tono al percibir que el rostro de Leandro se tensa—. ¿Pasa algo
malo en tu casa?
—No.
Fidel. Nada importante. Sigamos jugando ¡Arrastro!
—Pues
cualquiera lo diría con la carita que se te ha quedado cuando mirabas el
teléfono.
—Echa
la carta ya, que te toca. Déjate de fisgoneos. Tú no tienes móvil, pero estás
más pendiente de todos que del juego.
—Sin
faltar. Si os vigilo es para que no se me pase ninguna seña.
Leandro
acaba de recibir el mensaje por el que se le comunicaba que se le había
detectado un comportamiento inadecuado.
Si
el secreto es venial el objeto será de menos valor. Si se trata de uno grave, el
artículo deberá ser significativo para el infractor, no necesariamente caro,
más bien de valor íntimo o sentimental. Hay un cuadro de equivalencias y un
listado de enseres a disposición de cualquier habitante de Villa Ecuánime en la
página web del ayuntamiento. Las jaulas se encuentran custodiadas en una gran
nave del polígono industrial. El guardián, ubicado en la garita, les facilitará
la llave con un número que coincidirá con el código del mensaje y con el
cajetín correspondiente. La tendrán que devolver a la salida.
Entre
el público, algunos se impacientan más de lo aconsejable y empiezan a protestar
deslizándose por terrenos pantanosos: «Vengo aquí desde mi mayoría de edad. Las
pocas veces que han salido las bolas del alcalde, del cura, del boticario, en
fin, de algún miembro de las fuerzas vivas, ¡oh, casualidad!, han sido
indultadas por alcanzar el precio más alto en la subasta. Los seleccionados en
el sorteo tienen prohibido pujar, pero bajo cuerda se encargan de que otros lo
hagan por ellos. Esto es una engañifa. Siempre se libran los ricos. Sus jaulas
nunca se abrirán». Un miembro del equipo directivo, de los ubicados entre el
público, para controlar a la concurrencia y evitar algarabías, se dirige al
vecino que ha lanzado la soflama. «¿Tienes pruebas de lo que estás diciendo?
Porque si las tienes, deberías ponerlas en conocimiento de la Hermandad y si
no, no difames ni soliviantes a la gente, no vaya a ocurrir una desgracia, que
la masa inflamada es incontrolable». Saca
un talonario del bolsillo interior de la chaqueta y expende una sanción por
valor de veinticinco patacones. «Tendrás que pasar mañana por la nave jaulera y hacerla efectiva». «Hijo de
Satanás», masculla por lo bajo el soflamero
mientras se guarda la multa.
Las
guardesas aparecen sobre el escenario, en fila y cimbreando el cuerpo con gracia.
Vanesa aparece en cabeza y marca el ritmo a sus compañeras. Han ido a cambiar de
calzado, remarcarse el carmín de los labios, pintarse la raya del ojo. En fin,
a darse los últimos retoques entre bastidores. Son recibidas con aplausos,
piropos y lanzamiento de sombreros. El maestro de ceremonias consigue, a duras
penas, aplacar la euforia. Aunque el silencio no es absoluto, decide comenzar.
Lee los nombres que se corresponden con los números que van saliendo del bombo.
Se alinean las jaulas por orden de salida. De las diez, cinco están vacías —se
apartan a una esquina del escenario—; dos contienen un único objeto; una, dos;
otra, cuatro y la última —la del alcalde—, está casi llena. El speaker anuncia
el inicio de la subasta, la que acabará con el indulto. En la pantalla aparecen
los nombres de los cinco finalistas.
En
esta ocasión, «Hermanos» secretos, sin brazalete ni señal identificativa alguna, se han
infiltrado entre el público. Los conchabados han sido descubiertos en el
momento del soborno y han sido expulsados del recinto. El duelo se presenta
reñido, se van produciendo varias pujas interpuestas y el orden de los
afectados va variando, sobre impresionados en la pantalla. «dos mil diez
patacones a la una, dos mil diez patacones a las dos, ¿nadie da más?, ¡adjudicado!
El indultado de este mayo es Nicolás
Barandalla López. Pásese por aquí el rematante y se le hará entrega de la jaula
con todo lo que contiene. Los secretos de los cuatro restantes saldrán a la
luz». El alcalde abandona la escena en silencio. La muchedumbre le abre
pasillo.
Cuando
el objeto se extrae de la jaula, el hecho inmoral o censurable se proyecta
sobre la pantalla como si de una escena de película de cine se tratase. La
apertura de las tres primeras ha supuesto una ligera decepción. Secretos veniales,
consistentes en pequeños fraudes monetarios: cuentas interpuestas, dinero en B para pagar a los trabajadores. Uno
de ellos, el que ha producido más morbo, una infidelidad, pero era casi de
dominio público, así que poca chicha. Todos esperan impacientes a que se abra
la jaula del alcalde. Guardan silencio. La voz del locutor lo rompe: «Atención,
damas y caballeros. Debido al bochorno reinante, se están produciendo algunos mareos
por golpes de calor que están siendo atendidos por el personal sanitario
contratado al efecto. Me comunica la comisión organizadora que, debido a este
imponderable, sólo se extraerán de la última jaula tres objetos. Los de más
valor, que el jurado ha considerado que son el reloj, el catalejo y la Santa
Biblia». Empiezan a oírse abucheos y silbidos. «Las piezas elegidas no son
precisamente archiperres. Son efectos de gran importancia y ese factor coincide
con los secretos más punibles, la carnaza que tanto placer os produce. Escarnio
y fisgoneo a partes iguales». Esa frase sosiega un poco a la masa.

«Procedamos,
pues con el catalejo». Cuando lo saca de la jaula aparece un pequeño círculo en
la pantalla, que va abriéndose poco a poco hasta ocuparla casi por completo. Se
distingue a un grupo de encapuchados dando una sarta de palos a un vecino. Se
trata de Nicolás, el rematante de la subasta. Fue comentado, tiempo atrás, que
había interpuesto una denuncia por prevaricación contra el alcalde y la había
retirado de un día para otro. Se decretó la expropiación de unos terrenos de su
propiedad por una indemnización irrisoria. En la imagen se oye al cabecilla de
los encapuchados amenazarlo: «Y esto no va a ser nada con la que te va a caer
como no la quites. Y la boquita bien cerrada». En una escena posterior se observa
al señor alcalde pagando a los matones por el encargo. No son conocidos del
pueblo. Los murmullos van creciendo, pero son acallados con bisbiseos. El conductor
del acto extrae el reloj. Aparece una pareja en la cama haciendo el amor. Se
oyen jadeos y gemidos, amplificados por los bafles, en toda la plaza. Se
distingue el brillo en sus cuerpos sudorosos. Al fin se detienen. Les falta el
aliento. La cámara ofrece un primer plano de sus caras. Se trata de Genoveva,
la pescadera y Manolo, el alcalde. Ambos felizmente casados, pero no entre sí. ¡Oooooh!
Una exclamación espontánea de la multitud invade el lugar. La imagen se funde a
negro. Sólo queda extraer la Santa Biblia, el último objeto del año. La
siguiente escena transcurre en la habitación de un hospital. Genoveva está en
la cama amamantando a María, su hija, que nació dos meses atrás. El alcalde
permanece de pie, junto a las dos. No hay más personas en el cuarto.
—Cariño,
nunca debe saberse que esta criatura es hija mía. Hazte cargo. No le faltará de
nada. Toma cien patacones para que afrontes los primeros gastos, ya quedaremos
en cómo te hago llegar las entregas mensuales.
—No
es tan fácil. Mi marido va a sospechar.
—Confío
en ti. Eres habilidosa. Sabrás vendérselo. Le hará ilusión tener descendencia.
—Qué
cara tienes. Ya hablaremos más despacio. Mi silencio te saldrá caro.
—No
te preocupes por eso. Hay mucho terreno sin recalificar. No dejaremos de llegar
a un acuerdo.
Durante
dos minutos, un silencio sepulcral invade el recinto. Después, empieza el
movimiento en el escenario. El personal inicia el desmontaje del tinglado. Las
guardesas bajan las jaulas del árbol y las vacían dentro de un círculo vallado.
Las cargan en el camión. El «Hermano Mayor» enciende una tea y la lanza sobre
los objetos que arden con facilidad. Mientras esto ocurre, el locutor toma de
nuevo la palabra. Ahora su voz se nota más apagada. «Terminamos como todos los
años con el fuego purificador, quemando los exvotos que no han salido a la
palestra, aunque, como sabéis, los secretos que contienen siguen latentes y
pueden aparecer en pujas posteriores. Nos despedimos con los espacios de
propaganda electoral, recordándoles que el domingo tienen una cita con las
urnas».
El
camión abandona lentamente la plaza que se encuentra ya semivacía. En la
pantalla aparece la imagen de Manolo, el alcalde, trajeado y repeinado. «Todas
las encuestas nos son favorables. Llevamos muchos años gobernando sin hurtar un
patacón del bolsillo del contribuyente. Con honradez, seriedad, sin escándalos.
Trabajando día y noche por y para la prosperidad de Villa Ecuánime. Así continuaremos
si ustedes nos otorgan su confianza».