domingo, 14 de diciembre de 2025

Festival ZAJ en Almorox (15-12-1965).

 

Viaje musical. Evento que se produjo un día como hoy de hace sesenta años. 

 

Si estás en el campo vareando olivos o podando viñedos y de repente, en medio del páramo, ves acercarse a unos músicos portando sus instrumentos, produciendo pitidos horrísonos, interpretando piezas desconocidas, estridentes y alejadas de lo convencional, yendo de un sembrado para otro y alejándose a continuación, seguro que pensarías que era un mal sueño o que esa gente estaba mal de la cabeza. Hoy lo llamaríamos frikada, entonces se tildó como extravagancia.

 

Entre diversas curiosidades de la línea de tren, en el libro describo una performance del grupo “ZAJ” realizada el día 15 de diciembre de 1965, interpretando música acompañados por los sonidos y el traqueteo del tren. Muy innovador para la época y de la que a ningún paisano había oído hablar. Por lo que he visto del programa y la época en que se desarrolló me da en la nariz que más de un vecino se quedaría perplejo y ojiplatico ante la propuesta de estos peculiares músicos. Visto sesenta años después me parece un evento demasiado singular así que entonces supondría una rareza para los paisanos, aunque he de reconocer que no hacían mal a nadie y romperían la monotonía y cotidianeidad de un día de diario en el pueblo.

 

 

[1]  “El caso es que Zaj, un grupo formado por Juan Hidalgo, Walter Marchetti y Ramón Barce, a los que se unieron posteriormente Esther Ferrer y José Luis Fernández Castillejo, entre otros, fue demasiado lejos y las instituciones no es que les mimaran precisamente. Fue, más bien, al contrario. Valga como prueba que en estas jornadas navarras interpretaron su pieza «El caballero de la mano en el pecho» y fue criticada duramente por esa prensa y también por el respetable. «Sin parecido con el Greco y pornografía pura. Aquí sí, el público intervino con frases ayunas de Academia», relataba un diario. Ya antes la policía había suspendido una actuación suya y al poco tiempo terminaron marchándose del país. 

 

También dieron su concierto Viaje a Almorox que consistía en subirse a un tren que iba de la calle Saavedra Fajardo al susodicho pueblo. Los intérpretes musicales serían, señalaba la invitación, «el personal ferroviario de las estaciones de la línea Madrid-Almorox y de los trenes de ida y vuelta, todos los participantes a este viaje y los viajeros que los acompañen, todos los habitantes de Almorox, y en general toda persona, animal, planta, mineral, objeto o cosa que de algún modo se relacione con los antedichos».

 

Había un ferrocarril que salía de la estación de Goya, junto al Manzanares, pasaba por Navalcarnero y terminaba en Almorox. Era una estación muy pequeña y decidimos que todos los componentes de Zaj se fueran a Almorox para hacer todo lo que se podía hacer en la calle y en el campo de Almorox. La gente nos miraba un poco raro, porque hacíamos cosas que no comprendían. Además, llovía. Allí se estrenó La caza, entre los viñedos, caminando kilómetros y kilómetros. Uno iba a la izquierda, el otro hacia la derecha… tal y como indica la partitura (Marchetti)”. 

 


 Adjunto los siguientes documentos e imágenes: 

1.    Tarjeta del viaje musical Madrid-Almorox.  

2.    Foto del grupo ZAJ en la calle Alfonso XIII (puerta del convento) junto a unos lugareños y una caballería.  

3.    Programa interpretado durante el viaje musical.

4. Billete del viaje Madrid-Almorox





[1] Web Jot down (Contemporary Culture Mag).

 

miércoles, 3 de diciembre de 2025

HISTORIAS DE LA INTRAHISTORIA DE ALMOROX (21)

 

La afición que ha existido siempre en España por el deporte del balompié no se correspondía con los logros obtenidos por la roja —entonces todavía no se había acuñado este término—. Había un maestro, Manuel Maroto Bolonio (Don Manuel) que ejerció en nuestro pueblo desde 1968 a 1978 era un apasionado de este deporte y con su insistencia consiguió que la tarde del 30 de noviembre de 1977, el horario vespertino de entrada a las escuelas se corriera media hora, es decir, en vez de a la 15:00 horas acudimos a las 15:30 horas. Y no hubo distingos, fue para toda la comunidad educativa: niños, niñas, maestros y maestras.

El encuentro tenía unos tintes épicos porque era el partido definitivo para clasificarnos para el mundial de Argentina 78. Para poneros en situación os diré que Belgrado era la capital de la Yugoslavia comunista de Tito, que hoy se ha disgregado en siete países (Serbia, Bosnia Herzegovina, Eslovenia, Croacia, Macedonia, Montenegro y Kosovo). Estábamos en la época del telón de acero. Ellos, evidentemente, tenían tanto interés como nosotros por clasificarse. El ambiente se caldeó mucho, los jugadores no pudieron salir a calentar, lo tuvieron que hacer en los bajos del estadio porque corrían serio peligro. Hubo una batalla campal consentida por el árbitro —entradas a destiempo, empujones, tanganas—, que también era humano y se acongojó con el entorno.

Acabó bien la cosa. Tras una jugada de Juanito Maravilla Gómez, antes de llegar a la frontal del área abre a la izquierda, por allí aparece Julio flaco Cardeñosa que consigue centrar pasado antes de que el esférico traspase la línea de fondo y, en el vértice derecho del área chica, aparece El pescador Rubén Cano, que empala el esférico y lo aloja al fondo de la red ¡Gooool de España! a quince minutos del final. Pero antes del término del partido quedó otra imagen para el recuerdo. Juan Gómez Juanito —como jugador un espectáculo pero de carácter fuerte y algo polémico—, fue sustituido en los últimos minutos y no se le ocurrió otra cosa que, viendo como estaba el panorama en la grada, dirigirse a ella con el pulgar hacia abajo, reiteradas veces. El masajista, que había salido a su encuentro bajó y le tapó la mano precipitadamente con una chaqueta de chándal. Cuando ya iba a entrar en el banquillo estalló en su cabeza una botella llovida del cielo. Entonces ¡ay amigo! no había botellitas de plástico como ahora, fue un envase de cristal lo que golpeó a nuestro jugador, el cual quedó tendido en el suelo como muerto. Nuestros jugadores acudieron corriendo y se volvió a formar un rifi rafe más en el bronco encuentro.

Yo tenía por aquel entonces once años.  Me acuerdo que lo ví en casa de mi tía Aurora, con toda la familia. Los chavales después del partido nos dirigimos a las escuelas; según nos acercábamos iba saliendo de las bocacalles numerosa chiquillería. La conversación —por mejor decir vocerío—, no podía ser otra. El partido ganado, el gol de España y el botellazo a Juanito. Cuando subíamos por la calleja del cuartel se empezaron a oír unas voces. Resulta que durante unos años vivió en el pueblo una tía de Juanito, el futbolista, conocida por los almorojanos como la malagueña (Isabel Gómez Ruiz), junto con su marido y su hija. La gente gritaba: «¡A la malagueña la ha dado un soponcio!» Parece ser que estaba viendo la televisión cuando le dieron el botellazo al sobrino y al verle en el suelo exánime se impresionó y cayó redonda.

Además de la batalla de Belgrado quería hablaros de este año 1977 y de la chiquillería almorojana. A cualquier chaval de hoy en día le dices que para nosotros fue emblemático ese año porque por primera vez tuvimos porterías en las escuelas y lo flipa, pero hay que extrapolar épocas y circunstancias. Manuel Maroto, el maestro que nombré al principio, insistió y tras muchos avatares consiguió que se trajeran unas porterías al patio de las escuelas, todavía en suelo de tierra. Hizo mucho por el deporte escolar, principalmente por el fútbol, que era su pasión. Movió los hilos e incordió a las instancias superiores para que algo que parece actualmente tan simple llegara a buen término.

Para que os hagáis una idea de lo que supusieron esas porterías para unos niños de la década de los setenta del siglo pasado os daré un dato. Meses atrás charlando con Hernán Silván, amigo de la infancia, me dijo que sabía la fecha exacta porque lo había apuntado en su diario. No es para menos. Entonces las únicas porterías que había en la población estaban en el campo de fútbol del pinar y allí subíamos como mucho los domingos con nuestras familias para pasar una tarde de merienda y juegos entre los pinos. Alguna vez conseguimos convencer a los maestros y subir a pasar la jornada en el pinar con un bocadillo, pero lo normal si íbamos de paseo eran tardes primaverales y lugares más cercanos: ermita, río de los molinos y pare usted de contar. Dejamos de decir ¡alto! o ¡poste! cuando jugábamos en las escuelas, lo que evitó algún enganchón que otro. Lo del fuera de juego y las faltas al carecer de árbitro siguió generando polémica, pero algo de vidilla tenía que quedar.

Don Manuel organizó un torneo con varios equipos de fútbol sala, deporte incipiente entonces, ya que lo único que se conocía era el fútbol once. Para nosotros hubo un antes y un después del año 1977. Publicaba las clasificaciones y los goleadores en el tablón de anuncios los lunes, ya que jugábamos los domingos por la tarde. Le ayudábamos a marcar el campo y él arbitraba, apuntaba, se encargaba de la logística…

Una anécdota más del citado año para que veáis que uno casi ha conocido el candil. Bromas aparte me refiero al balompié ya que hoy la intrahistoria va de ese tema. Un lunes de invierno por la tarde, viendo en mi casa con Hernán el programa Estudio Estadio, que se daba un día después de los partidos de liga —no se obtenían las imágenes tan bien y tan pronto como ahora—, por primera vez presenciamos las jugadas polémicas de la última jornada en la moviola. Consistía la función en que una vez vistas las imágenes, para analizarlas en cámara lenta, los muñecos (los jugadores) iban corriendo marcha atrás hasta el inicio de la secuencia; pues bien, eso de que fueran para delante y para detrás reiteradas veces, como si fueran peleles, nos produjo tales risotadas que ¡hasta lagrimones nos caían!

Os adjunto unas fotos: Don Manuel con el equipo alevín de fútbol de Almorox, publicada en el diario AS, tomada en el patio de armas del castillo de Escalona, ya que muchos no sabrán que allí estuvo su campo de fútbol durante muchos años. Algunos de los componentes de ese grupo me consta que son usuarios o padres de usuarios de esta página de Facebook; supongo que les hará ilusión verse después de tanto tiempo. Asimismo, una instantánea de la malagueña, la tía de Juanito Gómez, cuando formó parte de la sargentería. También imágenes de prensa, fotos y hasta la entrada de la famosa Batalla de Belgrado.

Por último, un enlace de Youtube en el que, en minuto y medio,  aparecen los dos hechos más recordados de ese partido: El gol de Rubén Cano y el botellazo a Juanito.

Gol de Ruben Cano y botellazo a Juanito

Otro día os contaré alguna cosa de nuestro querido pueblo por si puede resultar de vuestro interés.










lunes, 21 de abril de 2025

La puja (corregida y aumentada)

 

A la plaza llega un camión lleno de jaulas, como todos los años, coincidiendo con el último fin de semana del mes de mayo.  Dentro de ellas permanecen los misterios, los enigmas atrapados durante los últimos trescientos sesenta y cinco días. Aún no ha amanecido, pero ya clarea. Los miembros de la Hermandad del Sacro Secreto Enjaulado dirigen la operación. Lucen brazaletes de color morado. El trazado medieval de las calles aledañas no se diseñó pensando que transitaran por ellas transportes pesados.

Dentro de la cabina, el conductor calcula fijándose en las imágenes que se reflejan en los retrovisores laterales y en la panorámica que se extiende a través de la luna frontal. Además, sigue las indicaciones que le hacen los Hermanos, apostados en angosturas, cruces y bocacalles. Pone especial cuidado para librar los esquinazos y balcones. Las barandillas de estos últimos brillan a relejes cuando los haces de luz que esparcen los faros del vehículo se posan sobre ellas. Al chófer le genera un punto de incertidumbre cuando desaparecen las balconadas, casi rozando, por encima del techo del habitáculo.

Auxilian a los Hermanos en su labor unas chicas con trajes de faralaes rojos y lunares blancos. Cortos por delante, los volantes por encima de las rodillas para facilitar la libertad de movimientos y un poco más largos por detrás, hasta las pantorrillas. Calzan zapatillas deportivas. A la espalda, con mayúsculas, tienen impresa la palabra STAFF.

         El recinto está acordonado, con letreros en las bocacalles: «Prohibido el paso a cualquier persona ajena al evento». El vehículo se detiene frente a un enorme pino anclado al lado derecho del escenario que se ha ido montando durante los días previos. Un toldo cubre toda su superficie. El mayo, como se conoce popularmente al árbol, ha sido escogido y talado en los pinares comunales y llevado hasta allí por los miembros de la Hermandad que forman parte de la directiva de este año.

Las chicas, guardesas electas, tienen entre sus cometidos descargar el camión y colgar las jaulas en el árbol. Trabajan en equipo, bien coordinadas por Vanesa, la capitana. Una mujer de tez morena, pelo castaño, estatura media y talle generoso, lo que no le impide caminar a paso vivo y hablar con unos y otros sobre la marcha. Se coloca en medio de la plaza y desde allí dirige las operaciones. A ella se dirigen todas las mujeres cuando tienen alguna duda. Casi sin moverse del sitio, a base de gestos, voces y silbidos les da las indicaciones requeridas. De vez en cuando suelta denuestos porque el traje, demasiado ceñido por la sisa, le impide bracear con brío. «¡Vamos, majas, que se nos echa el tiempo encima!»

 Unas ascienden con gran agilidad por los laterales a la caja del camión, ayudándose de los huecos de las ruedas y salientes del portón; otras, subidas en grandes escaleras, que están apoyadas en el tronco del pino, esperan pacientes. Es un trabajo es delicado, hay que evitar golpes fortuitos que puedan dañar el contenido. Los «Hermanos» eslabonan la cadena. Trasladan las jaulas desde el camión hasta los brazos extendidos con los que las reciben las angelicales mozas, para engancharlas a lo largo de las ramas. Más de la mitad vienen vacías.

         Tienen una cartulina, atada a los barrotes con cordones, en la que están apuntados el nombre y apellidos del interesado. También una pegatina con un número correlativo. Al rato, una de las mujeres desde lo alto del camión dice en alta voz: «esta es la última». Vanesa, que está conversando con uno de los Hermanos, levanta el brazo con la palma abierta dándose por enterada. Desciende hasta el suelo, le hace una seña al conductor a través del espejo retrovisor y este lo aparca en una esquina. Allí permanecerá hasta que se acabe el acontecimiento y vuelvan a cargar las jaulas, ya desocupadas. En la visera del vehículo se puede leer la siguiente leyenda: «Ángeles custodios, secretos bien guardados».

         A las ocho comienza la ceremonia con la intención de terminar antes de que apriete el calor. Esta vez van a empezar más temprano. Hay que evitar las prisas que, en otras ocasiones, causaron algún accidente o malentendido. Falta realizar la prueba de sonido final para el altavoz y los audiovisuales. Sobre el escenario, colocados en fila, hay diez pares de stilettos rojos con tacón de aguja y puntera dorada. Asimismo, un bombo con bolas numeradas en su interior y una gran pantalla de fondo, que tapa parte de la casa consistorial. Una mesa larga con sillas de anea, situadas a lo largo de uno de sus laterales, completa el decorado.

         Ya falta poco. La gente acude en tropel. Un runrún en el ambiente invade el recinto. Colocan una lona gigante sobre el árbol para que nadie pueda distinguir los nombres u objetos conocidos. Un speaker comienza a caldear el ambiente durante los preliminares mientras que los autorizados perfilan los últimos detalles. «Bienvenidos a la fiesta de revelación de secretos. ¿Quiénes serán los diez elegidos? La suerte está aquí, a mi izquierda, en el bombo. ¿Y el indultado por la puja? ¿Desvelaremos in life, en la pantalla panorámica, alguna acción inconfesable de nuestros convecinos? Mientras llega la hora del inicio, vamos a visionar unos anuncios promocionales de nuestros patrocinadores. La suma cobrada por estas cuñas, junto con las cuotas pagadas por miembros de la Hermandad, lo que se recaude de las entradas que se han expedido para la ceremonia y el montante que alcance la subasta, sufragarán los gastos necesarios para que la puesta en marcha de este incomparable evento sea posible. Una parte irá destinada a costear la rehabilitación de los metomentodo e injuriadores reincidentes confinados en las casas de difamación, sometidos a intensas terapias de choque. Esperemos volverlos a tener pronto entre nosotros».

         De lo que no está informada la mayoría de la población y, para los Hermanos del turno también ha supuesto una sorpresa, es que la Hermandad firmó un convenio años atrás, coincidiendo con la elección de la corporación que rige actualmente los destinos del pueblo. En ese concierto se comprometieron ambas partes, a que los profesionales que realizan las revisiones, test mensuales y evaluaciones del grado de recuperación alcanzado por los injuriadores, que son un psiquiatra y un psicólogo, son elegidos por los miembros del Ayuntamiento, con el alcalde a la cabeza, tras un exhaustivo proceso de selección. El juez de paz municipal, que dobla funciones con la concejalía de Seguridad, tiene la última palabra y decide los ingresos en la Casa de Difamación de los casos graves y reincidentes,

 

Durante el año se cometen en la villa actos reprobables. Cuando un hecho inmoral se produce al amparo de la clandestinidad, germina un secreto que es teletransportado, de inmediato, por ángeles custodios etéreos, a las jaulas pajareras. Horas después, el interfecto recibe un SMS en el móvil alertándole de la infracción cometida, si esta ha sido catalogada como venial o grave y comunicándole que, a partir del día siguiente, en horario de mañana, puede pasarse por allí con su cédula identificativa para enjaular un objeto que facilite la redención.

—Deja el móvil ya, cojones. No sabéis vivir sin él.

—Estoy esperando una llamada urgente.

—Ni que fueses ministro en vez de tendero. Leandro, durante la hora larga que dura la partida todo lo demás tiene que pasar a segundo plano. El próximo día le voy a decir a Diego que recoja los aparatejos y los coloque en una repisa, detrás de la barra. Si atiendes las urgencias un rato después no creo que se hunda el mundo. —Cambia el tono al percibir que el rostro de Leandro se tensa—. ¿Pasa algo malo en tu casa?

—No. Fidel. Nada importante. Sigamos jugando ¡Arrastro!

—Pues cualquiera lo diría con la carita que se te ha quedado cuando mirabas el teléfono.

—Echa la carta ya, que te toca. Déjate de fisgoneos. Tú no tienes móvil, pero estás más pendiente de todos que del juego.

—Sin faltar. Si os vigilo es para que no se me pase ninguna seña.

Leandro acaba de recibir el mensaje por el que se le comunicaba que se le había detectado un comportamiento inadecuado.

Si el secreto es venial el objeto será de menos valor. Si se trata de uno grave, el artículo deberá ser significativo para el infractor, no necesariamente caro, más bien de valor íntimo o sentimental. Hay un cuadro de equivalencias y un listado de enseres a disposición de cualquier habitante de Villa Ecuánime en la página web del ayuntamiento. Las jaulas se encuentran custodiadas en una gran nave del polígono industrial. El guardián, ubicado en la garita, les facilitará la llave con un número que coincidirá con el código del mensaje y con el cajetín correspondiente. La tendrán que devolver a la salida.

 

Entre el público, algunos se impacientan más de lo aconsejable y empiezan a protestar deslizándose por terrenos pantanosos: «Vengo aquí desde mi mayoría de edad. Las pocas veces que han salido las bolas del alcalde, del cura, del boticario, en fin, de algún miembro de las fuerzas vivas, ¡oh, casualidad!, han sido indultadas por alcanzar el precio más alto en la subasta. Los seleccionados en el sorteo tienen prohibido pujar, pero bajo cuerda se encargan de que otros lo hagan por ellos. Esto es una engañifa. Siempre se libran los ricos. Sus jaulas nunca se abrirán». Un miembro del equipo directivo, de los ubicados entre el público, para controlar a la concurrencia y evitar algarabías, se dirige al vecino que ha lanzado la soflama. «¿Tienes pruebas de lo que estás diciendo? Porque si las tienes, deberías ponerlas en conocimiento de la Hermandad y si no, no difames ni soliviantes a la gente, no vaya a ocurrir una desgracia, que la masa inflamada es incontrolable». Saca un talonario del bolsillo interior de la chaqueta y expende una sanción por valor de veinticinco patacones. «Tendrás que pasar mañana por la nave jaulera y hacerla efectiva». «Hijo de Satanás», masculla por lo bajo el soflamero mientras se guarda la multa.

Las guardesas aparecen sobre el escenario, en fila y cimbreando el cuerpo con gracia. Vanesa aparece en cabeza y marca el ritmo a sus compañeras. Han ido a cambiar de calzado, remarcarse el carmín de los labios, pintarse la raya del ojo. En fin, a darse los últimos retoques entre bastidores. Son recibidas con aplausos, piropos y lanzamiento de sombreros. El maestro de ceremonias consigue, a duras penas, aplacar la euforia. Aunque el silencio no es absoluto, decide comenzar. Lee los nombres que se corresponden con los números que van saliendo del bombo. Se alinean las jaulas por orden de salida. De las diez, cinco están vacías —se apartan a una esquina del escenario—; dos contienen un único objeto; una, dos; otra, cuatro y la última —la del alcalde—, está casi llena. El speaker anuncia el inicio de la subasta, la que acabará con el indulto. En la pantalla aparecen los nombres de los cinco finalistas.

En esta ocasión, «Hermanos» secretos, sin brazalete ni señal identificativa alguna, se han infiltrado entre el público. Los conchabados han sido descubiertos en el momento del soborno y han sido expulsados del recinto. El duelo se presenta reñido, se van produciendo varias pujas interpuestas y el orden de los afectados va variando, sobre impresionados en la pantalla. «dos mil diez patacones a la una, dos mil diez patacones a las dos, ¿nadie da más?, ¡adjudicado! El indultado de este mayo es Nicolás Barandalla López. Pásese por aquí el rematante y se le hará entrega de la jaula con todo lo que contiene. Los secretos de los cuatro restantes saldrán a la luz». El alcalde abandona la escena en silencio. La muchedumbre le abre pasillo.

 

Cuando el objeto se extrae de la jaula, el hecho inmoral o censurable se proyecta sobre la pantalla como si de una escena de película de cine se tratase. La apertura de las tres primeras ha supuesto una ligera decepción. Secretos veniales, consistentes en pequeños fraudes monetarios: cuentas interpuestas, dinero en B para pagar a los trabajadores. Uno de ellos, el que ha producido más morbo, una infidelidad, pero era casi de dominio público, así que poca chicha. Todos esperan impacientes a que se abra la jaula del alcalde. Guardan silencio. La voz del locutor lo rompe: «Atención, damas y caballeros. Debido al bochorno reinante, se están produciendo algunos mareos por golpes de calor que están siendo atendidos por el personal sanitario contratado al efecto. Me comunica la comisión organizadora que, debido a este imponderable, sólo se extraerán de la última jaula tres objetos. Los de más valor, que el jurado ha considerado que son el reloj, el catalejo y la Santa Biblia». Empiezan a oírse abucheos y silbidos. «Las piezas elegidas no son precisamente archiperres. Son efectos de gran importancia y ese factor coincide con los secretos más punibles, la carnaza que tanto placer os produce. Escarnio y fisgoneo a partes iguales». Esa frase sosiega un poco a la masa.

«Procedamos, pues con el catalejo». Cuando lo saca de la jaula aparece un pequeño círculo en la pantalla, que va abriéndose poco a poco hasta ocuparla casi por completo. Se distingue a un grupo de encapuchados dando una sarta de palos a un vecino. Se trata de Nicolás, el rematante de la subasta. Fue comentado, tiempo atrás, que había interpuesto una denuncia por prevaricación contra el alcalde y la había retirado de un día para otro. Se decretó la expropiación de unos terrenos de su propiedad por una indemnización irrisoria. En la imagen se oye al cabecilla de los encapuchados amenazarlo: «Y esto no va a ser nada con la que te va a caer como no la quites. Y la boquita bien cerrada». En una escena posterior se observa al señor alcalde pagando a los matones por el encargo. No son conocidos del pueblo. Los murmullos van creciendo, pero son acallados con bisbiseos. El conductor del acto extrae el reloj. Aparece una pareja en la cama haciendo el amor. Se oyen jadeos y gemidos, amplificados por los bafles, en toda la plaza. Se distingue el brillo en sus cuerpos sudorosos. Al fin se detienen. Les falta el aliento. La cámara ofrece un primer plano de sus caras. Se trata de Genoveva, la pescadera y Manolo, el alcalde. Ambos felizmente casados, pero no entre sí. ¡Oooooh! Una exclamación espontánea de la multitud invade el lugar. La imagen se funde a negro. Sólo queda extraer la Santa Biblia, el último objeto del año. La siguiente escena transcurre en la habitación de un hospital. Genoveva está en la cama amamantando a María, su hija, que nació dos meses atrás. El alcalde permanece de pie, junto a las dos. No hay más personas en el cuarto.

—Cariño, nunca debe saberse que esta criatura es hija mía. Hazte cargo. No le faltará de nada. Toma cien patacones para que afrontes los primeros gastos, ya quedaremos en cómo te hago llegar las entregas mensuales.

—No es tan fácil. Mi marido va a sospechar.

—Confío en ti. Eres habilidosa. Sabrás vendérselo. Le hará ilusión tener descendencia.

—Qué cara tienes. Ya hablaremos más despacio. Mi silencio te saldrá caro.

—No te preocupes por eso. Hay mucho terreno sin recalificar. No dejaremos de llegar a un acuerdo.

Durante dos minutos, un silencio sepulcral invade el recinto. Después, empieza el movimiento en el escenario. El personal inicia el desmontaje del tinglado. Las guardesas bajan las jaulas del árbol y las vacían dentro de un círculo vallado. Las cargan en el camión. El «Hermano Mayor» enciende una tea y la lanza sobre los objetos que arden con facilidad. Mientras esto ocurre, el locutor toma de nuevo la palabra. Ahora su voz se nota más apagada. «Terminamos como todos los años con el fuego purificador, quemando los exvotos que no han salido a la palestra, aunque, como sabéis, los secretos que contienen siguen latentes y pueden aparecer en pujas posteriores. Nos despedimos con los espacios de propaganda electoral, recordándoles que el domingo tienen una cita con las urnas».

  El camión abandona lentamente la plaza que se encuentra ya semivacía. En la pantalla aparece la imagen de Manolo, el alcalde, trajeado y repeinado. «Todas las encuestas nos son favorables. Llevamos muchos años gobernando sin hurtar un patacón del bolsillo del contribuyente. Con honradez, seriedad, sin escándalos. Trabajando día y noche por y para la prosperidad de Villa Ecuánime. Así continuaremos si ustedes nos otorgan su confianza».

jueves, 3 de abril de 2025

Sincericidio

 

Despierto sudoroso, envuelto en oscuridad. Tribulaciones me acometen. Todos no pueden estar equivocados. Toco las sábanas, hacia mi izquierda. Palpo con cuidado, con las yemas de los dedos, hacia arriba y hacia abajo. No hay bulto. Están lisas y frías. Ahora recuerdo. Se ha ido. Qué desagradecida. No, quizá tenía razón. Tengo que analizarlo. Era la última bala. Joder.

En el trabajo me dan de lado y sólo conversan conmigo en asuntos estrictamente laborales. En cuanto me salgo de ese ámbito se muestran remisos. No encuentro compañeros para salir a desayunar. No sé si podré aguantar tanta hostilidad durante mucho tiempo. Su cambio de actitud me ha descuadrado. Ha sido paulatino, analizándolo en retrospectiva. Aun así, me parece desproporcionado. El último en desdeñarme ha sido Manuel.

—¿Te pasa algo, Manuel? Te noto raro.

—Pues sí, Pedro. Estoy jodido. A ti no te voy a engañar.

—¿Te apetece que desayunemos juntos y me lo cuentas?

—No sé —dudó, mostrando una mirada recelosa.

—Sabes que puedes contar conmigo para lo que quieras.

—Está bien, aunque te temo. Puede resultar un arma de doble filo.

—Tonterías. Te diré lo que pienso desde el cariño. ¿O no nos conocemos?

—Pues porque te conozco, precisamente, es por lo que estoy escamado, pero lo necesito. Vamos para allá.

Un rato después, en la cafetería, Manuel se confesaba. Por el camino fue cabizbajo y no soltó prenda. Se le notaba afectado. Me contó que Marisa, su chica, había cortado con él. Se había enamorado de un compañero de la oficina. Se tomó su tiempo para decírselo porque tenía que estar absolutamente convencida. Lo apreciaba, pero lo que era pasión, o sencillamente amor, hacía tiempo que había desaparecido. Él también notó que los encuentros impetuosos y los revolcones improvisados se habían ido espaciando. Ni siquiera seguían una rutina en el sexo, pero seguía enamorado y se le había caído el suelo bajo los pies después de esa última confidencia. Marisa deseaba que quedasen como amigos. No quería escenas. No haber tenido hijos facilitaría el papeleo.

—¿Y se ha quedado tan fresca? Pues escúchame lo que te digo: Lo tuyo con Marisa no tenía futuro. No pegabais ni con cola. Aunque te haya pillado en frío, te digo que te tienes que valorar, Manuel. Era una prepotente. Te lo podía suavizar, pero por la amistad que nos une te tengo que decir las cosas claras. La semana que viene se te habrá pasado el berrinche y la siguiente habrás recuperado el ánimo y andarás buscando nuevas aventuras. ¿Qué te parece lo que te auguro?

Que con menos comprensión también se apaña uno. Me dejas chafado.

 

Las amistades, después de la ruptura con Cristina, son inexistentes. No me devuelven las llamadas ni me contestan a los Wasap. Es cierto que me habían venido de su parte y se habían estrechado durante los años de nuestra relación. Pensaba que su afecto era sincero y que, al menos, alguna se mantendría. Pero no. Han pegado la espantada en su totalidad dejándome como un perro sin amo.

Las pocas que tenía, antes de que Cristina entrase en mi vida, se habían diluido con el paso de los años por distintas circunstancias. Se fueron alejando. Bueno, a fuer de ser sincero, se trató de un distanciamiento recíproco. Cuando conocí a Cristina, espacié mis encuentros con ellos. Me negué a compartirla. Algunos se extrañaron, los menos. Aunque eso influyera, el motivo fue otro. Me dijeron que mi sinceridad les exasperaba. Parece mentira. Siempre he sido de dar consejos a los cercanos, con los que tengo confianza, es la sal de la vida, aunque la gente no lo agradece y salta con algún desaire a las primeras de cambio.


—Fabián, te voy a ser franco.

—Pues cuidado con esas tonterías porque si me chivo te pueden enchironar.

—No te entiendo.

—Por la ley de Memoria Democrática. Nunca emplearás el nombre del dictador en vano so pena de presidio.

—Qué jocoso te veo. Compruebo que es verdad la despreocupación que destiláis las personas como tú.

—¿Y que tipo de persona soy yo según tu opinión, científicamente testada?

—No me lo tomes a mal, la cachaza te delata y estás feo de lo gordo.

—¿Cómo?

—Que te estás abandonando. Hace meses que no coincido contigo. Seguro que comes y bebes sin tasa ni medida y no vas al gimnasio ni haces ningún tipo de ejercicio. ¿Me equivoco? —al tiempo que se lo decía, le di un pellizco retorcido en la lorza izquierda, lo que le hizo dar un respingo.

—¿Cómo puedes ser tan burdo?, Pedro.

—Es lo que ven mis ojos y tenemos la amistad y confianza suficiente para no andarme con circunloquios.

—¿Y ahora me dirás que lo haces porque me quieres bien?

—Exacto.

—Pues nadie te ha pedido opinión, boca chancla.

—Hazme caso. Ese cuerpazo tira para atrás a cualquiera.

—Déjame en paz.

Por estos y otros sincericidios me veo hoy en la más absoluta soledad. En cuanto desembuchaba la primera exhortación, apuraban su consumición precipitadamente, inventaban cualquier excusa sobre la marcha y abandonaban el local sin girar la cabeza y a paso ligero. Qué lejos han quedado aquellas ocasiones en que me escuchaban sin hacer aspavientos y solían hacer caso a mis recomendaciones. De un tiempo a esta parte, todo el mundo parece tener la piel muy fina.

Es superior a mí. No puedo sujetarme cuando observo algo que me parece reprochable. Bien es cierto, que otras veces he patinado por adelantarme a la hora de mostrar interés o curiosidad.

—Enhorabuena, Belén.

—¿Por qué me la das?

—Por qué va a ser. ¿De cuantos meses estás?

—De ninguno, Pedro. Como te pasas.

—¡Ahí va! Serán gases.

—A ti sí que te voy a rociar de gas pimienta por impresentable.

—Oye, chica, no te pases, que se puede dialogar sin emplear exabruptos.

Y es que otro de los defectos que me achacaban los que se llamaban mis amigos es que carecía de empatía y que era un orgulloso, porque nunca pedía perdón. Es verdad que no me disculpaba, aunque el error fuese grueso, pero no era por orgullo ni por soberbia, era porque me daba corte y entendía que no era para tanto escándalo. En fin, que, si no les gustaba mi carácter, para que los quería tener como amigos. Que se fuesen a la mierda. Y así, poco a poco, el que se ha ido a la mierda he sido yo.

No lo vi venir. Cuando la que se hartó de mí y de mis recomendaciones fue Cristina, era demasiado tarde. La hostia ha sido tremenda.

—No me gusta ese jersey de cuello alto que te has comprado. Con ese cuerpo serrano pareces una morcilla de Burgos. Cuando te conocí tenías hechuras de violín, pero ahora las tienes de violonchelo. Ese tipo de prendas no es para ti.

—Te quería mucho, Pedro, pero cada día estoy más harta de tus groserías.

—Vamos a ver. ¿Después de diez años de convivencia me dices que los consejos que te doy son groserías? Pues te ha venido de perlas seguirlos algunas veces. Hasta tú misma me lo has dicho.

—¡Una vez! dos a lo sumo. Cuando te he pedido opinión veo razonable que me la des. Ya veré yo si te hago caso o no. Pero han sido casos puntuales. ¿Meto yo las narices en tus cosas? Pues eso.

—Pues, si en la vida de pareja hay que andarse con evasivas y eufemismos, apaga y vámonos.

—Me sacas de mis casillas. Qué eufemismos ni que hostias. Que me dejes en paz, que no me sueltes insolencias disfrazándolas de condescendencia

—Sabes que no me gusta que digas tacos.

—¡Vete a tomar por culo!

—Te voy a ser sincero. No te reconozco.

—Y menos que me vas a reconocer.

—¿Por qué dices eso?

—Porque voy a coger el portante.

—Relaja, mujer. ¿Es que no me vas a aguantar una broma?


—No quieras arreglarlo así, ya no cuela. No es una broma o una insolencia más.  Es la gota que ha colmado el vaso. Hace tiempo que dejamos de tener connivencias, pero ahora lo que se me hace cuesta arriba es mantener la convivencia.

 

Ayer se fue, recogió sus cosas cuando estaba en el trabajo y me envió un wasap. Que frío ha resultado todo. Qué prisa se ha dado. Pensaba que iba a recapacitar. Me ha sorprendido su determinación. Estoy aislado. ¿A quién alecciono ahora?

martes, 18 de marzo de 2025

DÓNDE ESCONDER UN TESORO

 

No es fácil esconder un tesoro, ni siquiera distinguirlo, porque lo que para ti lo es puede no serlo para otra persona. Por eso mismo, a veces, puedes dejarlo a la vista de todo el mundo y pasará de largo, no le hará ningún aprecio. En otras ocasiones, la pátina del tiempo modifica tu percepción y la estima que lo profesabas disminuye. Lo erosiona, le resta brillo, lo transforma, modifica su aspecto y su valor. 

Un tesoro puede ser un beso robado a tu hija cuando está dormida porque cuando está despierta no hay quien se los propine ni se los arrebate. Alguno suelto tirando de oficio y de manera subrepticia. Cuando era pequeña se dejaba besuquear y te comía a besos de manera natural. Su cotización ha aumentado de una forma exponencial, porque se convirtió en anhelo, en rara avis. Dejaste de hacer gracia. Te apeó del podio. Tiempo después abandonó el hogar y desapareció junto con sus besos. Esa alhaja se camufló muy bien y permanece fuera de tu alcance. Tras infructuosos intentos no has sido capaz de hallarla.

Me dijiste que era tu tesoro, no una, infinidad de veces.  Me cuidaste como tal. Con mimo, con delicadeza para que no me ajara. Fuiste detallista hasta extremos increíbles. Los días se sucedieron y dejaste de obsequiarme, de prestarme atención, poco a poco, en principio de modo imperceptible. Quité importancia a esa dejadez, estabas pasando una mala racha laboral repleta de preocupaciones. Me engañaba a sabiendas y me quedaba tan pancha.

Tu desatención desembocó en aspereza. Tu genio se agrió. El tesoro se fue deteriorando a base de desafectos y exabruptos hasta que modificaste su apariencia exterior, tan nefando.

Hace mucho que dejaste de considerarme tesoro, aun así, me ocultabas en un lugar arcano, en el que nadie podía verme, ni comprobar mi estado de conservación, que se ha ido avejentando con el monótono paso de las jornadas, los miedos y el silencio cómplice de los vecinos. Sin llaves, sin móvil.

Las ganas de vivir menguaron, alcanzaron mínimos. Me asaltaban las dudas a la hora de elegir entre la cocina y el botiquín. Tenía que resolverlas y ser capaz de acabar de una vez. Por fin, me armé de valor. Vi pasar a un policía por la calle, dominé los temblores, abrí la ventana y le pedí ayuda.

Ahora estoy en un piso de acogida. Me he acordado de ti porque mis compañeras me hacen halagos, me consideran un tesoro. Me vienen bien sus ánimos para que, de forma paulatina, con su ayuda, pero por mí misma, aflore al brocal. La trabajadora social quiere que permanezca oculta. Yo me resisto, no puedo estar así mucho más tiempo. Le pregunto por qué. Me coge las manos, me mira a los ojos, esboza una sonrisa y me dice con voz suave, envolvente, dulce, que ser una joya de incalculable valor tiene ese inconveniente.

lunes, 3 de marzo de 2025

SEPELIO

 

Esta vez tenía que volver. Eran muchos años fuera del pueblo. Le había llamado su hermana Elisa, con la que no se hablaba desde hacía tiempo y le había comunicado la muerte de su padre. Había decidido ir, aunque ni sus hermanos ni el difunto se lo merecían. Iría al sepelio y punto, ni siquiera haría noche. Se lo había prometido a su madre. Cuando falleció se encontraba en Nueva York y no pudo acudir a despedirla. Este hecho lo seguía atormentando. Ella sí que lo merecía, pero sus desvelos por mantener a la familia unida habían resultado estériles. Era el último servicio que le rendiría.

 

Aparcó el coche al lado del cementerio con la idea de largarse en cuanto acabasen las exequias y los pésames. Cuanto antes mejor. Se acercó a la iglesia dando un paseo. Entró en el bar de enfrente a tomarse un café. Todavía faltaba media hora y prefería observar a través de las cristaleras la llegada de vecinos y allegados.

—Te acompaño en el sentimiento, Alejandro —le dijo el camarero cuando se acercó a la barra.

—Gracias, Esteban. Ponme un cortado y tómate lo que quieras.

—Acabo de desayunar, te lo agradezco. Dichosos los ojos. ¿Tiene que morirse tu padre para dejarte ver por Jadraque? Joder, còmo eres, sabes que aquí somos muchos los que te apreciamos.

—Prefiero no hablar de eso, tengo mis razones para no haber vuelto ¿Qué tal tú? ¿Te casaste? ¿Tienes familia?

—Ah, de eso tampoco sabes nada. No creía que hiciese tanto —sonríe cuando lo mira—. Con Pamela, ya ves, me la dejaste a huevo cuando diste la espantá.

—¿Pamela? Cuánto me alegro, mejor tío no podía encontrar.

—Está dentro, en la cocina, la voy a llamar, se alegrará de saludarte.

—Déjalo, Esteban, que debe estar el cortejo a punto de llegar.

—Sólo será un momento y a ella le va a hacer mucha ilusión —se da la vuelta y desaparece tras unas puertas batientes que hay al fondo a la derecha, dentro del mostrador. Alejandro resopla con fastidio.

Al momento las puertas se abren y tras ellas aparece Esteban de nuevo.

—¿No estaba?

—Ha salido.

—¿No estará en el funeral?

—No me has entendido, amigo —dice soltando una carcajada—. Ha salido por detrás en cuanto se lo he dicho. Ahí la tienes.

Pamela aparece tras la barra con paso decidido buscándolo con la mirada. Cuando va a doblar el esquinazo los ojos de ambos se encuentran. Eso le hace refrenarse un poco, apenas un instante, porque al momento levanta ambos brazos, retoma el ritmo y exclama en voz alta:

—Alejandro, ¡cabronazo! Cuánto te he echado de menos. Ni una carta, ni una llamada, pero ya ves, te sigo queriendo. ¡Ven a mis brazos! —lo come a besos.

—Hola Pamelita ¡Qué efusiva! Ahora no es momento oportuno de dar explicaciones con mi padre de cuerpo presente. Ya vendré sin prisa y charlaremos tranquilamente de todo un poco.

—Ay, Jerbo ¿Te acuerdas de que te llamaba así? Sé de sobra que vendrás a dar explicaciones cuando las ranas críen pelo. Pero, tranquilo, machote. Ahora eso me da igual. Esteban es un tío a carta cabal, apasionado y detallista. Se me pasó aquella alferecía.  Te habrá contado que tenemos una parejita de niños preciosos. Bueno, no tan niños, diecisiete años recién cumplidos, son mellizos.

—Me alegro un montón, de verdad Pamela, por ambos. Siento dejaros, pero acaba de llegar el coche fúnebre.

—Vente después, te invitamos a comer y hacemos sobremesa.

—No sé si podré. Me tengo que ir rápido para Madrid. He pedido permiso en el trabajo.

—Me hago cargo —dice Pamela poniendo los brazos en jarras y moviendo la cabeza arriba y abajo, con tonillo.

 

Sale del bar, cruza la calle. El empleado de la funeraria está abriendo el portón trasero. Sus hermanos, Elisa, Juanjo y Elena están alineados observando la operación. Se pone al lado de Elena, la pequeña, a la que sonríe y saluda con la mirada. Los otros dos amusgan los ojos y tensan el rictus ante su presencia. Cuando la caja ya está en el exterior, sujeta sobre unas borriquetas doradas, el sacerdote reza un responso. Juanjo, sus cuñados Pepe y Alfredo y Venancio, un amigo de la familia, se disponen a introducir el féretro en el templo. Alejandro coge a Venancio del brazo, lo aparta con suavidad y ocupa su lugar.

Durante el trayecto que los llevará a depositar el ataúd frente al altar, se fija en que hay algún hueco libre, pero la iglesia está prácticamente llena. Se sitúa en el primer banco, entre Elisa y Juanjo. Por orden de edad, es la costumbre. A continuación, queda Elena y los cuñados. Escuchan el sermón, muy sentido. Aunque su padre ya no cumplía los ochenta e iba a la iglesia ocasionalmente, su madre era de misa diaria y amiga del cura. En tiempos fue catequista y había organizado más de una colecta para socorrer a los más desfavorecidos. Se trata de una familia muy querida en el lugar.

Cuando termina el funeral, les cuesta un poco salir a la calle por las interrupciones de algunos vecinos que se acercan a dar el pésame sobre la marcha. Ya fuera, se colocan detrás del coche fúnebre por orden de parentesco. Los hermanos, los primeros, después los deudos más cercanos y detrás el resto del personal. Comienza a andar la comitiva en dirección al camposanto procesionando detrás del muerto. Una vez allí, nuevo responso del sacerdote al pie de la tumba. Lo bendice salpicando la caja con el hisopo. Los albañiles proceden entonces a depositarla en el fondo por medio de unas maromas. Tapan el hueco con rasillones provisionales mientras el gentío se encamina hacia la salida.

Durante todo este tiempo, Alejandro no ha cruzado ninguna palabra con sus hermanos. Bueno, con Elena algunas vaguedades, porque es con la única que se lleva y siempre han tenido más afinidad. Con los otros dos nada más que miradas esquivas y recelosas. Se colocan en fila a lo largo del muro que está junto a la entrada siguiendo orden de edad. De sus cuñados sólo se pone Silvia a recibir el pésame, los otros dos pasan del ritual. No se sienten obligados. En los últimos tiempos se han relajado las estrictas costumbres de antaño.

Cuando desfila el último paisano, los parientes cercanos forman un corro. Se miran con semblante serio. Alejandro se acerca y se despide. Se tiene que ir a Madrid. Elena le pide, por favor, que vaya con ellos. Se van a acercar a un bar a comer algo. Sólo será un momento. Duda un poco, pero claudica. Aunque el resto le da cien patadas, siente debilidad por su hermana pequeña y hace demasiado tiempo que no se ven.

Le comenta que no tiene necesidad de mover el coche, que el sitio está cerca y luego puede volver andando a por él. Durante el recorrido se colocan los últimos, cogidos del brazo y comienzan a ponerse al día. Alejandro ha tenido varias relaciones, pero ninguna ha cuajado del todo. Vive sólo en la actualidad. Elena sigue casada con Pepe, tienen una hija de veinte años que está estudiando marketing. No se queja, los dos tienen empleo estable y la niña se defiende con los estudios.

Entran en la cafetería. Piden varias raciones y unas bebidas. Permanecen de pie, en círculo, alrededor de un par de barriles que hacen de mesa. Comienzan divagando, hablando de temas asépticos y socorridos; que ya empieza a hacer frío, que este otoño no ha llovido y las siembras amarillean…hasta que su cuñado Alfredo, que es un boca chancla pregunta a bote pronto:

—Y tú Alex, ¿qué te cuentas? La visita del médico y a salir corriendo como siempre, ¿no?

—Tengo que volver al trabajo —contesta sin meterse en honduras.

Entonces Juanjo que le había estado dedicando miradas sombrías durante toda la mañana se anima a intervenir:

—La legítima y porque no nos queda otra, ¿Te enteras, jetón? No sé cómo tienes el cuajo de aparecer por aquí.

—Juanjo, tengamos la fiesta en paz, sabes que paso de herencia, no he venido por eso, he venido porque se lo prometí a mamá, afortunadamente no me hace falta dinero.

—¿A quién quieres engañar? A nadie le amarga un dulce, aunque tenga otro en la boca y menos a un ansioso como tú. ¿Te acuerdas de madre precisamente ahora? Eras su preferido y ni siquiera apareciste cuando se puso enferma. Le partiste el corazón y hoy vienes a por lo tuyo. Nos conocemos, Alejandrito.

—Sabes que me fue imposible y ella también. Se lo pude explicar a tiempo, a pesar de todo. No quieras buscarme las vueltas que yo también te conozco. Estaba en Nueva York.

—Estamos en el siglo XXI. Nueva York está a diez horas. Pasaste de ella como pasas de todos nosotros, pijillo.

—Juanjo, no quería caer en la provocación, pero tienes el don de sacarme de mis casillas. No vine porque eres un cabronazo. Me avisasteis cuando estaba terminal, ya no tenía sentido. Por eso y por no partirte la cara, al pasarte por el forro una de las últimas voluntades de mamá. Me quedé allí terminando el proyecto más importante de mi vida.

Juanjo tira el vaso contra el suelo, que se hace mil pedazos. Vocea: «¡Te mato, payaso!» y se abalanza sobre Alejandro, hecho una furia. Este lo esquiva. Juanjo no puede frenar a tiempo y va a darse contra uno de los barriles lleno de platos semivacíos. Lo tumba con la inercia produciéndose un gran estrépito al romperse la vajilla contra el suelo. Se levanta de un salto tras el revolcón inesperado. Tiene la camisa chorreando, le brillan las perneras de la grasa de los calamares. Dos cabezas de gambas emergen entre los entre los pelos. La vena de la sien le va a estallar. Se dirige a Alejandro fuera de sí, profiriendo insultos y buscándolo de nuevo. Lo logran sujetar a duras penas, entre familiares, clientes y camareros, que conminan a Alejandro a abandonar el local. Este lo hace sin prisa, pero sin pausa mientras oye a sus espaldas gritar a Juanjo: «Esto te va a pesar. Voy a ir a por ti, ¡chulo de mierda!».

 

Días más tarde, Alejandro está en Madrid trabajando con el ordenador cuando suena el telefonillo.

   Soy Silvia —dice la voz.

   ¿Qué Silvia? —pregunta extrañado.

   La mujer de Juanjo.

   No me jodas, lo que faltaba. No quiero nada con vosotros. ¿A qué has venido? ¿Cómo sabes mi dirección?

   Se la pedí a Elena. Quiero pedirte perdón.

   Perdonada.

   No seas así. Tengo que contarte algo importante. Déjame subir, por favor.

 

No sabe si achacarlo a un momento de debilidad o a haber intuido algo implícito en el ruego. El caso es que se ablanda y pulsa el botón para abrir la puerta.

        Cuando se encuentran, ella le da dos besos como saludo. Se siente violento, esperaba más frialdad tal y como están los ánimos.

        —Silvia, si te ha enviado Juanjo con algún tipo de mensaje es mejor que lo confieses de entrada.

—Él no sabe que estoy aquí.

—Te seré sincero. Me ha sorprendido mucho tu visita y no sé a qué responde. Mi perdón ya lo tienes, dudo mucho que tu marido hiciera ese mismo acto de contrición. Es un gañán, nunca nos hemos tragado. Cuéntame lo que sea y lárgate.

—De acuerdo, así lo haré, pero me va a llevar un tiempo. Aquí de pie y con la puerta abierta nos vamos a quedar pasmados.

—Pasa y siéntate —concede Alejandro entre tenso y mosqueado. Silvia se acomoda en el sofá— ¿Puedes contarme lo que sea, ahora?

—Por supuesto. Luego, si te apetece, abundo en los detalles, pero el resumen es que ese odio cerval que Juanjo siente hacia ti es debido a que nunca te perdonará que se tuviera que quedar en el pueblo trabajando de sol a sol, por tu culpa, mientras te aprovechabas de ello y te ibas a Madrid a vivir la vida loca. Por eso encenaga cualquier conato de reconciliación familiar.  Y después de la bronca del otro día te la tiene jurada, ándate con ojo.

—¿La vida loca? Esa si que es buena. Él no daba más de sí, además de que siempre dijo que no quería libros. Don Manuel fue a hablar con nuestros padres para decirles que me auguraba un futuro prometedor si me iba a estudiar fuera, que merecería la pena el sacrificio. Se encargaría de todo el papeleo incluida la solicitud de la beca. En cuanto a Elisa y Elena, ya sabes, son mujeres. En esa época ni se planteaba esa posibilidad. Pero tuve que trabajar duro, tanto o más que él. Claro que, clavar codos durante noches enteras y vivir con la incertidumbre de los resultados que te podían joder las ayudas, teniendo que volver a los orígenes con el tiempo y el dinero perdidos, dejando a mis padres decepcionados y en la estacada, para tu marido son unas vacaciones pagadas.

—Toma aire. Yo no soy el enemigo Alejandro, es más, me he desplazado hasta aquí para hablar contigo poniendo una burda excusa. No pienso lo mismo que mi marido, es más, empiezo a estar una poco hastiada de lo nuestro.

—Me parece cojonudo lo que me cuentas Silvia, pero ahora sí que me descolocas del todo ¿Por qué me revelas esto si casi no me conoces? Y añades intimidades de vuestra relación ¿Por qué no buscas mejor a una buena amiga que te haga de oreja?

—La verdad es que ni yo lo sé. Amigas, amigas, no tengo. Te haré otra confesión. Nos hemos visto pocas veces, pero siempre me has inspirado confianza, me pareces el más centrado de todos los hermanos.

—¿El friki? ¿El caprichoso? ¿El que pasó olímpicamente de su familia? Me vas a perdonar, pero las pocas veces que hemos coincidido han resultado accidentadas, no me dio tiempo a casi nada, así que sé muy poco de ti y tus circunstancias.

 

Lejos de despachar a Silvia, Alejandro empieza a sentirse cómodo en la conversación que fluye de manera espontánea y deriva hacia lo difícil que resultan las relaciones humanas. La pareja, las amistades, la familia. Silvia le cuenta que piensa muchas veces en cortar por lo sano y tirar todo por la borda.  Está cansada de tanta monotonía y los enganchones son cada vez más frecuentes. En varias ocasiones ha estado a punto de decirle a Juanjo que ya no siente nada por él, de pedirle el divorcio, pero a última hora no da el paso. Por cobardía, por no perder la comodidad en la que está asentada y de la que piensa que va a ser difícil desprenderse. Alejandro le aconseja que, si están las cosas así, le eche valor y se lo diga claramente, pero que vaya con cuidado, que tenga preparada la retirada. Su hermano puede sentirse humillado y salir con cualquier barbaridad. Se ofrece a darle alojamiento mientras encuentra algo. Es en el último sitio en que buscaría Juanjo.

Están sentados sobre el sofá. Le ofrece un café, ella lo rechaza, no le apetece. Tomó un té verde en el bar de la esquina antes de subir. En ese momento se quedan mirando y Alejandro percibe cierto brillo en los ojos de Silvia. Se acerca a ella. Le mira la cara despacio. Tiene los ojos azules y ligeras patas de gallo. Los labios firmes y carnosos. Cómo si un imán le atrajese hacia ellos, se ve impulsado a posar allí los suyos. Los nota húmedos y cálidos. Se dejan caer sobre el sofá comiéndose a besos, caricias y abrazos. Se buscan la piel bajo la ropa. No son capaces de parar. Se van desnudando uno a otro casi sin darse cuenta, pero con una prisa inusitada, entre jadeos y gemidos.

Se despiden dos horas después. Silvia asegura que después de esta tarde intensa ha terminado de decidirse. Se lo dirá mañana y, sin darle tiempo de reacción, se vendrá al piso de Alejandro. Así lo han acordado.

 

Las cosas no salen como estaban previstas porque Juanjo sospechaba desde hacía tiempo y no se para en barras. Cuando Silvia le dice, con gesto serio, que tienen que hablar, está de acuerdo, pero le responde que va un momento a la cocina a beber agua, que tiene la boca seca y aprovecha para meterse un cuchillo bajo la manga.

 

        Cuatro horas más tarde suena el móvil de Alejandro:

        —¿Qué te cuentas Elena?

        —No sabía si decírtelo porque las cosas de la familia te resbalan bastante, pero al final me he decidido.

        —Efectivamente, pero ya que has llamado cuéntame lo que sea. ¿Tan grave es?

        —Juanjo está en el cuartel de la guardia civil, ha dado de cuchilladas a su mujer.

        —¡Valiente hijo de Satanás! —y añade con un hilo de voz— ¿Qué se sabe de Silvia?

        —Los médicos creen que se salvará, pero depende de cómo reaccione en las próximas veinticuatro horas. Está en La Paz. La llevaron a Guadalajara, pero, ante la gravedad de las heridas, han decidido ingresarla allí.

        —¡Mira que se lo advertí! le dije que tuviese mucho cuidado —su voz se va diluyendo, ahogada por sollozos entrecortados.

        —Alex, ¿estás bien? No comprendo lo que dices. Pero si tú a Silvia apenas la conocías. ¿O me equivoco?

        —No, pero sí. Es decir, sí, pero no —Es todo lo que atina a decir.

        —Hermanito, no me vengas con juegos de palabras, sabes que conmigo puedes sincerarte.

        —¿Dónde estás, Elena?

        —Voy para La Paz, Elisa se ha quedado en el pueblo esperando la llegada del abogado de Juanjo.

        —Allí nos vemos. Te pondré al día.

        —Pide un taxi, te noto muy nervioso para conducir.

 

        Quince días después, Alex está hablando con Silvia en la habitación del hospital, se le nota preocupado. Le comenta que Juanjo ya está en la calle. No va a ingresar en prisión hasta que salga el juicio porque, al no haber fallecido la víctima, le han impuesto una fianza hasta que el juez dicte sentencia.

        —Me parece muy fuerte. Luego se les llena la boca con tanta violencia de género.

        —No te preocupes, te entregarán un brazalete precioso. Me alegro mucho de que te estés recuperando, princesa. Pronto te darán el alta y sólo tendrás que volver para rehabilitación y controles rutinarios.

        —La sombra de Juanjo es alargada. Estaré en continua tensión a pesar de la pulsera.

        —Vamos a hacer una cosa. Te vendrás a vivir a mi piso como teníamos hablado. Te acompañaré a todos lados. No te dejaré ni a sol ni a sombra. Pegado a ti como una lapa, con las orejas tiesas y los ojos alerta, igual que un sabueso. Aunque, te advierto que tanta cercanía puede producir comportamientos inapropiados, que mi mente no pueda sujetar a mi cuerpo y este se despache con caricias reiterativas y besos ávidos de correspondencia —dice Alejandro engolando la voz y casi del tirón.

        —No empieces con tus bromas otra vez —le dice Silvia sonriendo con ternura—. En el fondo te lo agradezco. Estos ratos me vienen muy bien para evadirme de la dura realidad que estoy viviendo.

        —Pues lo dicho. Céntrate en ponerte bien, que lo estás haciendo fenomenal y cuanto antes salgas mejor. El ambiente de hospital es agobiante.

 

        Alejandro es un enfermero excelente. Ha hecho una agenda con avisos en el móvil. Ha incluido todos los medicamentos y productos que tiene que tomar Silvia. También las próximas citas. Además, se encuentra muy animado en su compañía. ¿Enamorado? Pues sí. Esa palabra de la que se ha burlado durante toda su vida. Al final se ha apoderado de él un sentimiento desconocido, le ha llegado el amor con mayúsculas. De su cuñada. La vida es una caja de sorpresas.

Se han acostado en la misma cama desde el primer día, aunque, debido a las secuelas todavía recientes de Silvia, han pasado las noches entre curas, confidencias y carantoñas. Esta vez ha surgido el tema de los hijos. Los dos están de acuerdo en que, a pesar del horror, no haberlos tenido va a facilitar los trámites para zanjar la relación sin tener que verse las caras para nada. Hablarán los abogados.

Al mes de estar conviviendo, en otra de las veladas, Alex sorprende a Silvia proponiéndole matrimonio. Ella le contesta que nada le gustaría más, pero le parece precipitado. Se encuentra en trámites de divorcio, pero está casada todavía.

—Puedo esperar. Las gestiones no creo que se alarguen, vistos los antecedentes. ¿Y cuando esté todo ventilado? ¿Accederías entonces?

— Sabes que sí, pero quiero un acto sencillo. Ya tuve un bodorrio como Dios manda y mira cómo ha terminado.

—Sencillísimo. Por el juzgado. Tú, yo, tus padres como testigos y el juez. Para qué más.

—Si viene Elena y un grupo reducido de amigos tampoco me importa. Se lo explicas tú a mis padres. No van a entender una boda justo ahora.

—Estoy deseando. Sabes que les he caído bien, sobre todo a tu madre. Después del mazazo les noto bastante más tranquilos.

—Porque eres un zalamero y los sabes llevar muy bien.

—Bueno, a dormir signorina, que mañana toca revisión.

 

Cómo siempre acuden los dos juntos hasta el hospital. Van dando un paseo. Esta cerca, a tres manzanas. Agarrados del brazo, a un ritmo suave. Silvia está mejor cada día, pero todavía le tiran las cicatrices. De pronto le cambia la cara.

—¿Qué te pasa?

—Me ha parecido que la pulsera vibraba, pero ha sido sólo un momento —Alarga la muñeca hacia Alejandro.

—No percibo nada raro. No luce, ni suena, pero podemos llamar a la policía para curarnos en salud.

—Déjalo, será la maldita obsesión que me hace sentir cosas raras.

 

Se sientan en la sala de espera. Pasan por varias consultas. Por último, se dirigen a la unidad de rayos para que le hagan un TAG. Deben chequear si continúa la evolución favorable de los órganos dañados. Media hora, más o menos, es lo que viene tardando esta prueba. Revisarán desde la cabeza hasta el abdomen. Alejandro lo sabe, así que se despide y baja a tomar un café mientras ella permanece dentro. No lleva ni cinco minutos en la cafetería cuando empiezan a sonar timbres y se anuncia por megafonía que nadie se mueva de donde está. Ha ocurrido un accidente en la tercera planta. Alejandro da un bote. No hace ni caso. Abandona el bar a paso vivo y comienza a subir las escaleras a toda prisa. Al llegar al tercer piso, dos vigilantes de seguridad están delante de la puerta de acceso y le cortan el paso.

—¿Qué ha pasado?

        —Todavía no lo sabemos, pero nos dicen los compañeros que se han oído disparos.

Le entran sudoraciones. Finge darse la vuelta para bajar. Cuenta hasta tres y arremete con todas sus fuerzas empleando la cabeza como ariete contra los vigilantes, que salen despedidos hacia los lados y caen de culo, debido a ese ímpetu inesperado. Accede al interior de la planta. Al fondo distingue a varios policías. Sin pensar en el peligro, de cinco zancadas, se planta ante ellos. Están esposando a un individuo. Lo tienen boca abajo contra el suelo. Parece que no ofrece mucha resistencia. El sujeto gira la cabeza. Al verlo entra en pánico y comienza a sudar a chorros. Siente como le baja agüilla hasta el coxis ¡Es Juanjo!

        En ese momento se abre la puerta, sale por ella el radiólogo, el doctor Sempere. Le acompaña otro médico que tiene el fonendo colgando. Se le nota totalmente ido. Se acerca y le pregunta por Silvia. Casi no le sale la voz. «Ha muerto», susurra con la mirada perdida. Rompe a llorar y entre hipidos añade: «Los compañeros han hecho lo imposible por reanimarla, pero no la han podido salvar. Irrumpió dentro con la escopeta y la disparó varias veces sobre puntos vitales». «¿Cómo es posible? —pregunta Alejandro—. ¿Y la pulsera? Nos dijeron que era fiable al cien por cien». «Los agentes le han encontrado encima un inhibidor potentísimo. No saben cómo lo ha podido conseguir». Alejandro se deja caer de rodillas y se pone a gritar como una fiera herida. Mientras, a su espalda, oye reír a Juanjo: «Se lo advertí y soy un hombre de palabra. De la cárcel se sale, pero del cementerio no, y en cuanto pueda iré a por ti, pijo de mierda, por arruinarme la vida».